jueves, 22 de mayo de 2008

Humanidades e inhumanidad (Diálogo)

Si la relación de los estudios y la conciencia literarios con el conjunto de los conocimientos y medios expresivos de nuestra sociedad se ha alterado radicalmente, otro tanto, con seguridad, le ha acontecido al confiado vínculo que unía la literatura con los valores de la civilización. Este es, me parece, el punto clave. El hecho, sencillo pero desconsolador, es que tenemos muy pocas pruebas de que los estudios literarios hagan mayor cosa por enriquecer o estabilizar las cualidades morales, de que humanicen. No hay demostración alguna de que los estudios literarios hagan, efectivamente, más humano a un hombre. Y algo peor: ciertos indicios señalan todo lo contrario.

El ídolo ha sido definitivamente profanado. No hay ya fe en las virtudes "humanizadoras" del arte. No es, de hecho, difícil encontrar pruebas históricas y psicológicas que justifican el descreimiento.

Cuando la barbarie llegó a la Europa del siglo XX, en más de una universidad la Facultad de Filosofía y Letras opuso muy poca resistencia moral, y no se trató de un incidente trivial y aislado. En un número inquietante de casos la imaginación literaria dio una bienvenida servil o extática a la animalidad política. En ocasiones, esa animalidad fue apoyada y cultivada por individuos educados en la cultura del humanismo tradicional. El conocimiento de Goethe, el fervor por la poesía de Rilke no servían para contener la crueldad personal e institucionalizada. Los valores literarios y la inhumanidad más detestable pueden coexistir dentro de la misma comunidad, dentro de la misma sensibilidad individual, y no nos salgamos por la tangente diciendo: "el hombre que hizo esas cosas decía que leía a Rilke. Pero no lo leía bien". Me temo que se trata de una evasión. Podía leerlo perfectamente.


Fiel a sus fidelidades, Steiner tiende a considerar una singularidad histórica la cultura del Tercer Reich, que culminaría en la Shoah. Esa presunta singularidad es, sin embargo, lugar común. La incapacidad “civilizatoria” del gran arte es tanto más evidente cuanto que se ha manifestado una y otra vez a lo largo de toda la historia. Pensemos precisamente en el Renacimiento, época de apoteosis del arte y del hombre, época donde el arte supremo se consideró la manifestación más elevada de la divinidad del ser humano.

En Italia, durante 30 años de dominación de los Borgia, hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad y quinientos años de democracia y paz ¿Y qué nos ofrecieron? El reloj de cuco.


Las relaciones entre la democracia, entre los ideales de libertad, igualdad y fraternidad y la eminencia estética, como sugiere Welles en El tercer hombre -y el propio Steiner en casi todas sus obras- son, de hecho, incómodamente problemáticas. Pero es un tema que analizaré en otro artículo. Quiero centrarme ahora en esta pregunta. ¿Por qué la sensibilidad artística es con tanta frecuencia ensimismada, hermética, antisocial? Incluiré dos largas citas de Steiner, tomadas de varios artículos. La clarividencia, la terrible lucidez de la argumentación disculpan la extensión y hacen superfluo cualquier comentario:

A diferencia de Matthew Arnold y del doctor Leavis, me siento incapaz de afirmar con seguridad que las humanidades humanizan. De hecho, quisiera ir más allá: se puede pensar al menos que la concentración de la conciencia en un texto escrito que constituye la sustancia de nuestros conocimientos y de nuestros esfuerzos, pueda amortiguar la brusquedad y prontitud de nuestras reacciones morales efectivas. Como estamos preparados para dar credibilidad psicológica o moral a lo imaginario, al personaje de teatro o de novela, a la condición espiritual que nos produce un poema, es posible que nos resulte más difícil identificarnos con el mundo real, tomar a pecho el mundo de la experiencia fáctica; "a pecho" es una expresión interesante.

En cualquier ser humano la capacidad de reflejo imaginativo, de riesgos morales no es ilimitada; al contrario, puede ser absorbida por las ficciones, y así el grito del poema podrá resonar con más violencia, con más urgencia que el grito que nos llega de la calle. La muerte novelística nos podrá conmover más poderosamente que la muerte en el cuarto de al lado. Así, puede existir un vínculo oculto, traicionero, entre el cultivo de la reacción estética y el potencial de inhumanidad personal.

La influencia de lo imaginario, de las "ficciones supremas", como dice Wallace Stevens, sobre la conciencia humana es hipnótica. Lo imaginario, la abstracción conceptualizada puede invadir la morada de nuestra sensibilidad hasta el punto de obsesionarla.

Después de haber pasado horas, días, semanas leyendo, aprendiendo de memoria explicando, a nosotros mismos o a otros, una oda trascendente de Horacio, un canto del Inferno, los actos tercero y cuarto del Rey Lear, las páginas sobre la muerte de Bergotte en la novela de Proust, volvemos a nuestro estrecho universo doméstico. Pero seguimos poseídos. En la calle, un grito lejano. Apenas lo oímos. Atestigua un desorden, una realidad contingente, vulgarmente transitoria, sin ninguna relación con nuestra conciencia de poseídos. ¿Qué es ese grito en la calle en comparación con el grito de Lear por Cordelia, o el que lanza un Acab a su demonio blanco?

En un mundo de monotonía aseptizada, precondicionada, miles, centenares de miles de seres humanos mueren cada día en nuestras pantallas de televisión. La destrucción de unas remotas estatuas por fanáticos afganos enfurecidos, la mutilación de una obra maestra en un museo nos llegan a lo más hondo del alma.

El sabio, el verdadero lector, el que hace libros está saturado de la terrible intensidad de la ficción, está formado para responder al más alto grado de identificación con lo textual, con lo ficticio. Esta formación, esta manera de centrarse en las antenas nerviosas y en los órganos de la empatía -cuyo alcance nunca es ilimitado-, puede mutilarlo, aislarlo de lo que Freud llamaba el "principio de la realidad".

Es en este sentido paradójico como el culto y la práctica de las humanidades, del bibliófago y del sabio pueden perfectamente deshumanizar. Debido a ellas, nos es quizá más difícil responder activamente a las intensas realidades de las circunstancias políticas y sociales, comprometernos plenamente. ¿Qué estamos haciendo entonces al estudiar y enseñar literatura?


¿Debe edificar el intelectual en torno a sí una torre de marfil impermeable a la sangre? ¿Sería esterilizado su talento al confrontarse diariamente con las miserias del mundo, semejante al hierro que se oxida al contacto con el aire? O, hipótesis aun más perturbadora: ¿necesita el intelectual -presuntamente alejado del "corazón salvaje de la vida" (Joyce)- las heridas propias (y las ajenas) para edificar sus "ficciones supremas"? Ningún artista, ningún transmisor del legado artístico debería rehuir la pregunta: el arte ¿anestesia nuestra humanidad o la multiplica? Con esta pregunta comenzamos un camino hecho de riesgo y esperanza.

Antes de seguir enseñando debemos preguntarnos: ¿son humanas las humanidades? y si lo son ¿por qué se esfumaron al caer las tinieblas? (...) Creo que la gran literatura está llena de la gracia secular que el hombre ha obtenido en su experiencia y con gran parte de la verdad comprobada de que dispone. Pero más que nunca debo atender escrupulosamente a quienes refutan, a quienes ponen en duda la pertinencia de mis palabras. En suma, a cada instante debo estar listo para contestarles, y a contestarme a mí mismo, la pregunta: ¿Qué quiero hacer? ¿En qué se ha fracasado? ¿Existe siquiera la posibilidad de triunfo?

Si no hacemos que nuestros estudios humanistas sean responsables, si no distinguimos en nuestra distribución del tiempo y el interés entre lo que tiene primordialmente una significación histórica o particular y lo que no es sino influjo de la vida cotidiana, entonces las ciencias harán valer sus demandas. La ciencia puede ser neutral. En esto consiste tanto su esplendor como su limitación, y es una limitación que en última instancia convierte a la ciencia en algo casi "trivial". La ciencia no puede ponerse a decirnos cómo se implantó la barbarie en la moderna condición humana. No puede enseñarnos a salvar las cosas que nos importan por más que haya contribuido a ponerlas en peligro. Un gran descubrimiento en física o en bioquímica puede ser neutral. Un humanismo neutral es una pedantería o un preludio de lo inhumano.

Enseñar literatura como si se tratara de un oficio superficial, un programa profesional, es peor que enseñarla mal (...) Como dijo Kierkegaard: "No vale la pena recordar un pasado que no puede convertirse en presente".

Es un asunto de seriedad y de equilibrio emocional la convicción de que la enseñanza de la literatura, en el caso de que sea posible, es un oficio sumamente complejo y peligroso, puesto que se sabe que se tiene entre las manos lo que hay de más vivo en otro ser humano.

Leer la gran literatura como si ésta no fuera un apremio, ser capaz de contemplar impertérritos el discurrir del día tras haber leído el Canto LXXXI de Pound, equivale más o menos a hacer fichas para el catálogo de una biblioteca. A los veinte años, Kafka escribía en una carta: "Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos más felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero lo que debemos tener son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro".

(Dejemos ahora que Harold Bloom concluya, bellamente)

En definitiva leemos –algo en lo que concuerdan Bacon, Johnson y Emerson- para fortalecer nuestra personalidad y averiguar cuáles son sus auténticos intereses. Este proceso de maduración y aprendizaje nos hace sentir placer, y ello es la causa de que los moralistas sociales, de Platón a nuestros actuales puritanos de campus universitario, siempre hayan reprobado los valores estéticos. Sin duda, los placeres de la lectura son más egoístas que sociales. No se puede mejorar de forma directa la vida de nadie leyendo mejor o más profundamente. No puedo por menos que sentirme escéptico ante la tradicional esperanza de la sociedad, que da por sentado que el crecimiento de la imaginación individual ha de conllevar inevitablemente una mayor preocupación por los demás, y pongo en cuarentena toda argumentación que relacione los placeres de la lectura personal con el bien común. (...) Con frecuencia, aunque no siempre nos demos cuenta, leemos en busca de una mente más original que la nuestra. (...) Hago un llamamiento a que descubramos aquello que nos es realmente cercano y podemos utilizar para sopesar y reflexionar. A leer profundamente, ni para creer, ni para contradecir, sino para aprender a participar de esa naturaleza única que escribe y lee (...), la única trascendencia que nos es posible alcanzar en esta vida, si se exceptúa la trascendencia todavía más precaria de lo que llamamos «enamorarse».

1 comentario:

Idea dijo...

Si la literatura, o la “educación” como concepto más global, nos despierta, nos permite tomar consciencia de que el hombre solo una entelequia, de que la existencia es posible en tanto lo sea para otros, entonces la educación nos hará libres y por ende más humanos.