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jueves, 26 de agosto de 2010

Un tigre que me destroza...

Para Elena, río que me nutre, flecha en mi diana.

Luego, liberado tanto del dios del momento como del de la eternidad, aunque sin aquel afán por quitarles la fuerza a los dos, siguió el período de un tercer poder, de un poder meramente del aquí, declaradamente mundano, y éste –qué me importa, helenos, vuestro culto al kairós, vuestra felicidad celestial, cristianos y musulmanes– apostó por algo que estaba en medio de los dos, por el logro de cada una de mis cosas de aquí, por que se lograra el tiempo único de la vida. (Peter Handke)


En 1877, cuando el pintor norteamericano Whistler expuso sus ocho “Nocturnos” en la galería Grosvenor de Londres, el crítico John Ruskin publicó una violenta diatriba acusando a Whistler de pedir, sin pudor alguno: “doscientas guineas por arrojar un cubo de pintura a la cara del público”. Temiendo por su reputación y celoso de su libertad como artista para comerciar con la belleza según sus propios criterios, Whistler demandó a Ruskin por difamación. Así lo refieren Robert Rosenblum y Horst Woldemar Janson en El arte del siglo XIX:

En 1878, tras un proceso judicial largo y, con frecuencia, grotesco (la ofensiva pintura fue mostrada al revés al jurado) y tras el testimonio de muchos artistas británicos sobre si el cuadro era una obra de arte legítima y satisfactoria, Whistler obtuvo una victoria simbólica al recibir un cuarto de penique por los daños, exigua compensación por los enormes gastos del juicio.

Fue una victoria pírrica y una baudelaireana advertencia para todos los artistas del siglo XX: Whistler salvó su honor como artista; pero quedó arruinado como burgués. Borges añade a la historia una anécdota jugosísima. Interrogado en el juicio sobre cómo podía exigir doscientas guineas por una obra que le había pintado en sólo unas horas, Whistler contestó, impertérrito: “Para pintar ese cuadro no he necesitado unas horas: he necesitado toda mi vida”. A lo que añade Borges: “En rigor, puede afirmarse que había necesitado toda la historia del Universo”. La historia de quien consuma una experiencia estética es paralela a la de Whistler. En ella, el sujeto actualiza lo que su sensibilidad ha ido incorporando a lo largo de toda su vida. Así lo explica Jonh Dewey:

Cuando un relámpago ilumina el paisaje oscuro, hay un momentáneo reconocimiento de los objetos, pero el reconocimiento no es un mero punto en el tiempo, sino que es la culminación focal de un largo y lento proceso de maduración; es la manifestación de la continuidad de una experiencia, temporalmente ordenada, en un repentino y limitado instante de clímax.

Tanto al crear como al recrear una obra artística (y sucede los mismo con cualquier experiencia) actualizamos el bagaje completo de nuestra sensibilidad, de nuestros contactos con el mundo. Eso es lo que provoca que un poema leído en la vejez no sea el mismo que leímos siendo adolescentes; que un cuadro, una catedral, un paisaje ante los que pasamos con indiferencia ayer nos deje hoy paralizados (y viceversa).

No obstante, no debemos confundir esta dinámica temporal con el mero recuerdo. El pasado, sí, se recupera; pero sólo para actualizarse: para aportar, aquí y ahora, densidad y hondura a la experiencia presente. Presente y pasado se sintetizan en un proceso en el que ambos resultan enriquecidos. De nuevo Dewey:

El organismo que responde con la producción del objeto experimentado, es aquél cuyas tendencias de observación, deseo y emoción están moldeadas por experiencias anteriores. En la experiencia estética, […] el material del pasado ni llena la atención, como en el recuerdo, ni está subordinado a un propósito especial. Hay en verdad una restricción impuesta al material admitido, cuya medida viene dada por la contribución a la materia inmediata de una experiencia que se tiene ahora. El material no se emplea como un puente para alguna experiencia posterior, sino como un incremento e individualización de la experiencia presente. El fin de la obra de arte se mide por el número y variedad de elementos que vienen de las experiencias pasadas orgánicamente absorbidos en la percepción aquí y ahora. Le dan su cuerpo y su capacidad de sugestión. Vienen a menudo de fuentes muy oscuras para ser identificadas de algún modo consciente en la memoria y, en consecuencia, crean el aura y la penumbra en que se mueve la obra de arte.

... pero yo soy el tigre

Es preciso subrayar que, en la experiencia estética, el pasado no se revive de manera nostálgica, sino siempre ligado al momento actual. Para no abortar esa experiencia, debe producirse una selección de aquellos materiales ya vividos que acentúan, en la circunstancia presente, la intensidad del contacto con el mundo. Una sobrecarga de elementos del pasado puede ser tan nociva para la experiencia actual como la ausencia de materiales acumulados en nuestra sensibilidad: en el primer caso, el material del pasado no dejaría espacio al material presente; en el segundo, el material presente no tendría dónde arraigarse: su peso tan leve que se volatilizaría, mero instante: nada.

Imaginemos esta escena. Un espectador contempla un paisaje marítimo en un museo. La obra le evoca otras obras de tema similar que, en el pasado, le han conmovido; recuerda otros cuadros del autor, con los que establece, inmediatamente, toda suerte de relaciones; recupera también sus propios contactos directos con el mar; las innumerables asociaciones (artísticas y existenciales) que, en su sensibilidad, van unidas a este tema, etc. Puede entonces suceder que el cuadro, por sí mismo, recoja una dinámica de fuerzas lo suficientemente poderosa como para mantener la atención del espectador: en ese caso, la obra artística lograda se convierte en un vórtice de energía centrípeta que atrae, filtra y redirige todo ese material del pasado para consumar, en el momento presente, la experiencia estética. Puede suceder también que (o bien porque el cuadro no sea en sí mismo suficientemente persuasivo o porque el espectador esté desconcentrado) la contemplación de la obra se convierta en un mero acicate para revivir un poema marítimo o escenas del pasado vividas junto al mar. En este último caso, el cuadro provocaría una dinámica de energía centrífuga, dispersando la atención del espectador. El material del pasado sería, sí, recuperado; pero no contribuiría a consumar una experiencia presente.

Así pues, debe producirse una verdadera incorporación del pasado en el presente. E incorporar no constituye una adición, un amontonamiento de experiencias: "incorporar" es una experiencia vital, algo más que colocar algo en la cima de la conciencia, sobre lo previamente conocido. Incorporar implica una reconstrucción que puede ser dolorosa.

No podemos recuperar el pasado como si se tratase de una reproducción objetiva de un material inmutable: cada vez que lo recuperamos lo estamos recreando (en la dinámica temporal también debe aplicarse la frase de Nietzsche: “No hay hechos, sólo interpretaciones”). Esa recreación tiene siempre un propósito: dar un sentido al pasado en nuestro presente y dar sentido al presente en relación con nuestro pasado. La incorporación no es, pues lineal (incluir el pasado en el presente), sino circular.

La mujer que recuerda para su pareja un pasado en el que “no éramos así”, en el que “todo horizonte nos parecía pequeño”, no realiza un mero ejercicio de nostalgia o de resentimiento: evoca su pasado (inventa su pasado) porque comprende su presente a la luz de aquél, porque desea transformar ese presente a la luz de aquel pasado evocado, recreado. Quiere que el presente sea (como en aquel pasado creativamente recuperado) el ámbito de la aventura y de la posibilidad. Recordarlo es inventarlo.

Se trata de una dinámica temporal en la que también está implicado el futuro. Cualquier acto que realizamos está condicionado por el porvenir. Si el presente posee un sentido es porque no se reduce a una pura instantaneidad, sino porque emprende (o continúa) una trayectoria dirigida a un cumplimiento.

Mientras escuchamos una sinfonía o vemos una película, mientras mantenemos una conversación, la experiencia no es una mera acumulación de instantes, sino una sucesión concatenada en la que el pasado fecunda y se actualiza en cada momento presente, aportándole densidad significativa. Pero pasado y presente están también condicionados por las anticipaciones del porvenir. En una película asistimos a la aparición de los personajes y los acontecimientos preguntándonos por su importancia y sus consecuencias futuras e incluso anticipándolas. En la conversación, nos percatamos de los silencios, los titubeos y el rubor de nuestro interlocutor interpretándolos como un indicio de lo que nos dirá a continuación; elegimos nuestras palabras y gestos en función de hacia dónde deseamos que, en el futuro, se mueva esa conversación, urdiendo un laberinto de propuestas y profecías. De este modo, las anticipaciones del futuro condicionan las acciones del presente y lo dotan de sentido (literalmente: de dirección y significado).

Conviene aclarar, sin embargo, que sólo podemos hacer esas anticipaciones porque ya hemos experimentado situaciones similares en el pasado; de tal manera que la vivencia de cada momento supone siempre una interacción del presente con el pasado y el futuro: sin la perspectiva de éstos, aquél sería, sencillamente, ciego. Es por eso que puede sostenerse que el tiempo es el organizador de la experiencia.

Ahora bien, para que ésta sea posible, es preciso que la interacción temporal sea equilibrada y se retroalimente. En ocasiones, experimentamos en pasado como un peso que nos hunde, una red que nos apresa, un pozo que nos abisma en la nostalgia, las antiguas heridas y las vivencias traumáticas no resueltas; también en ocasiones, el futuro es la trampa que nos acecha, la dificultad que nos paraliza, la amenaza que nos espanta. En estos casos, pasado y futuro nos hurtan la posibilidad de experimentar el presente en toda su amplitud y claridad, en su intensidad lograda. La experiencia (artística y existencial) sólo se verifica cuando el pasado es una fuente que permea y fecunda el momento que vivimos, como río que se desborda y fertiliza la tierra del ahora; cuando el futuro es presentido como el blanco adonde se dirige la trayectoria que trazamos implacablemente, el horizonte cierto de la consumación, de las promesas cumplidas. Pasado, río que nos nutre; futuro, flecha en la diana.

Heráclito sabía que “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”. No porque el río del tiempo fluya, ajeno, alejándose incesantemente de nosotros. Somos nosotros quienes conducimos el caudal de tiempo que cada uno somos para que fluya hacia el futuro y nos distancie incesantemente de lo que hemos sido. Este distanciamiento no es una quiebra: es una recreación. Nuestro quehacer con el tiempo es una constante donación de sentido a nuestra vida: una tarea siempre por hacer y deshacer y que nos hace y nos deshace cada día. Hay consumación de una experiencia cuando esta integración del tiempo concentra y afina la percepción del ahora, a la vez que amplía el horizonte vital hacia donde esta percepción puede dirigirse: cuando el ciclo temporal que cerramos –no en torno, sino en nosotros– traza un círculo más amplio que aquel en el que antes habitábamos. En el ámbito de la experiencia, esa amplitud es también fecundidad.

Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.

Borges, sabio para tantas cosas, olvida que la elocuencia no es siempre un índice de veracidad. Del tiempo puede decirse y negarse (y se ha dicho y se ha negado) casi todo; posee, sin embargo, dos atributos incuestionables: es maleable y es reversible. No hay acto que no lo modifique. De nuestro trato con el mundo depende que esa modificación inapelable nos aprisione y nos consuma o nos libere en el espacio de la incandescencia.

jueves, 24 de julio de 2008

Work in progress (2)

A la impaciencia de Elena.

La lectura es un ámbito propicio a la experiencia, un viaje vertical hacia las vetas más preciosas de la vida. Exige disciplina, atención, energía, temple y respeto al yo ajeno, valor para cuestionar nuestros clichés mentales, esa arrogante pereza de la comprensión. En la lectura, el yo se confronta con espíritus afines, más abarcadores y articulados que el propio. En ese trato sostenido, en el que la grandeza ajena nos conmina a ser humildes y a anhelar la emulación de la excelencia, el lector no sólo escucha otra voz, no sólo mira el mundo con el ojo ajeno, avizora su propio espíritu al pie de la letra; en la lectura se encuentra de improviso con las potencialidades escondidas en su yo, que gracias a la voz del escritor se han hecho acto, vida. Sólo a través de la mirada ajena conseguimos vislumbrarnos. La contemplación es una dádiva que nos ofrece nuestra propia entrega.

Por ello, el lector no busca el aislamiento sublime ni la sublimidad del aislamiento. Animal de trascendencias, persigue, sí, el engrandecimiento y la nobleza de su espíritu. Pero, como todo ser humano, busca, tras el enriquecimiento de su lectura, ofrecerse y compartirse. La soledad es un espejismo; nadie que haya sido socializado podrá sentirse ni quererse ya humanamente solo. Los seres que utilizan el lenguaje sólo pueden padecer las soledades multitudinarias (su mente está habitada inderogablemente por los otros). Las febriles muchedumbres precisan el contacto, pero el temple de sus relaciones es la tibieza. El lector anhela el calor del vínculo; y, sin embargo, el mundo en el que habita es de una indiferencia, de una hostilidad atroz ante su ansia de engrandecimiento y comunión. Con la lectura, pues, no busca aislarse -no alcanzaría la soledad aunque la persiguiera-: la soledad no es tanto su refugio como su estrategia. Busca la socialización por otros medios.

Dice Heath:
Hay el [lector] socialmente aislado, el niño que desde una temprana edad se siente muy diferente de todos los que le rodean. (...) Lo que ocurre es que trasladas a un mundo imaginario ese sentimiento de ser diferente. Pero es un mundo que no puedes compartir con los demás, precisamente porque es imaginario. Y así, el diálogo importante que mantienes en tu vida es con los autores de los libros que lees. Aunque no están presentes, se convierten en tu comunidad.
Y apostilla Franzen:
La lectura (...) es un hábito que nutre una sensación de aislamiento y a la vez la agrava. El simple hecho de sufrir "aislamiento social" de niño no te condena, sin embargo, a tener halitosis o a ser un inepto para la vida social de adulto. De hecho, puede volverte hipersocial. Sólo que en un momento dado empezarás a sentir una necesidad acuciante y contrita de estar solo para leer algo; de volver a conectar con esa comunidad. (...) Si leer era el medio de comunicación dentro de la comunidad de la infancia, tiene sentido que cuando los escritores crezcan sigan sintiendo que escribir es vital para su sentido de la conexión. Lo que se ve como la naturaleza antisocial de los escritores (...) proviene en gran medida del aislamiento social que es necesario para habitar en un mundo imaginario. (...) "Eres un individuo socialmente aislado que desesperadamente quieres comunicarte con un mundo imaginario nutritivo".
Tampoco está dicho que la comunión siempre vaya a ser posible. Dos peligros acechan al lector: el aislamiento esterilizador de lo mundano y la autorreferente y bizantina retórica del autismo.

Acostumbrado a encontrar tan sólo en la lectura la profunda comunidad que no encuentra en el trato con sus semejantes, el lector –espíritu complejo– se entrega, poseído, a la disciplina de sus silenciosos maestros; este hábito adensa de tal forma sus recursos interiores que, a su vuelta a lo mundano, el hiato entre su espíritu y el de sus semejantes resulta cada vez más insalvable. En la desalentadora superficialidad de nuestro tiempo, el hombre de espíritu sobrevive como un exiliado que no halla puentes para sortear el abismo que lo separa de los otros. Su acidia no es sino la tristeza por el conocimiento estéril, aquél al que le está vedado germinar en suelo ajeno y compartirse. En otro tiempo, podíamos conjugar los verbos y las esperanzas del mañana (A cada desmoronamiento de las pruebas, el poeta responde con una salva de futuro); en nuestra época, debo repetirlo, somos huérfanos de toda trascendencia. Sólo poseemos el ahora y los seres con quienes lo compartimos. Cada desencuentro con los otros devuelve al solitario, desterrado, entre sus libros; a cada retorno al mundo, lo encuentran y se encuentra más ajeno.

Leer es una crítica de la vida y de los otros: es enjuiciar. Proclama insuficientes la comprensión y las prioridades que gobiernan la vida ordinaria. Ante el fulgor de un dístico de Hölderlin, ¿no suena a periódico de ayer nuestra conversación con el amigo?; ¿qué son las cacareantes confesiones eróticas de las muchachas ante el sublime amor de Antígona? Las solicitaciones de la realidad mundana son, para el hombre poseído por la fiebre trascendente de las artes, ruido y furia, interpelaciones cenicientas y apagadas.

Frecuentemente se sostiene que leer no es vivir: la literatura es, según el (platónico) lugar común, un resignado y pálido reflejo de la verdadera vida. Wilde, un virtuoso del estereotipo invertido [2], hubiera replicado que es la vida la que imita al arte: vivir sin leer no es vivir. Gracias al arte habitamos en verdad el mundo; sólo aquello que experimentamos estéticamente –un lienzo, un diálogo, una melodía, un verso, un paisaje, un amor- es inteligible y verdadera vida; en la ordinaria, nos limitamos a sobrevivir (Poéticamente habitan los hombres la tierra, certera fórmula). En justicia, vida y arte no se excluyen: se retroalimentan. Las estéticas son las experiencias más poderosas que conoce el hombre (sólo el dolor se permite erigir monumentos más grandiosos al amparo de nuestra memoria). Pero el arte necesita la materia prima de la vida ordinaria. Sin ella, está condenado al bizantismo, la retórica de un cadáver que se quiere vivo. Quien –por temor, por desilusión, por amargura– se retira inapelablemente del ágora para confinarse en sus aposentos, se sustrae del corazón salvaje de la vida. El gallo oscuro ya no canta celebrando el alba; oficia ante sí su propio ocaso.

(Sigue... sólo Dios sabe cuándo.)

[2] Sea entendido sin el estereotipado equívoco.

Work in progress (1)

Cada época encuentra razones justificadas para anunciar el fin del mundo. Cada ser humano sabe –como Borges– que a diario se le ofrece el paraíso. Cambian sólo los senderos que elegimos para hallarlo; pero, sean cuales sean los que tomemos, caminamos siempre en busca de experiencias que apacigüen nuestra fiebre por el otro. El hombre tiene hambre de otredad; Saul Bellow sabía que el reto que plantea la libertad moderna, o la combinación de aislamiento y libertad a la que uno está sujeto, es completarse. Nada nuevo bajo el sol. Pero no todos los caminos nos acercan al lugar de esa experiencia. Acaso lo buscamos hoy por un sendero fatalmente errado.

El ser humano es un animal comunitario; pero nuestra época ha convertido esa necesidad en condena inapelable. Hoy la comunidad es una cárcel que no precisa de barrotes y de la que no hay escapatoria: sus dominios ya coinciden con el mundo. Nuestro tiempo será recordado como aquella época en que fueron sistemáticamente demolidas nuestras fronteras exteriores e interiores. El vacío que dejó la amparadora vigilancia de los dioses ha sido cubierto por la localización total que procuran los medios de comunicación y su invasión totalitaria de nuestra intimidad. La técnica se postula como erradicadora de soledades. Y, sin embargo, la sensación de aislamiento en medio de las multitudes se mantiene. La vida se ha convertido en ese ámbito en el que es imposible estar solo y endémico sentirse solo.

La globalización externa es un reflejo especular de nuestro desalojo interno. Hoy (casi) todo es mundano y público; el adentro es el proscenio del afuera. Los surrealistas soñaban con ciudades constituidas por hogares de cristal. Un sueño de liberación al que hemos sucumbido hasta la servidumbre. La pornografía del amarillismo y del sexo vocea nuestras fatigadas y unánimes intimidades a través de las redes de la comunicación y los medios de formación de masas. Época paradójica la nuestra, donde la reticencia -el pánico- al vínculo particular se traiciona por la entrega incondicional a las "conexiones" colectivas. El grito de Rimbaud resuena más que nunca: "¡Nada es vanidad; a la ciencia, y adelante", grita el Eclesiastés moderno, es decir, Todo el mundo. Es en ese magma de lo colectivo donde nos precipitamos. No hay, empero, sacrificio sin promesa de redención.

La realidad ha sido siempre un alimento insuficiente para la voracidad de los deseos. El deseo, la única tiranía ante la que la libertad se rinde, es un Moloch indestructible que sólo puede y quiere ser apaciguado. Es esa insatisfacción final el terreno donde germinaron el amor, la religión, la gloria, la filosofía, el arte. Antiguos y arrumbados ídolos de un mundo que aún creía en las esencias. Hoy sólo lo cuantitativo nos convoca. Niveladas la excelencia y la vulgaridad, superados el bien y el mal, asesinado Dios, deconstruidos el amor, la religión, el yo, la propia muerte; disuelto, en suma, todo lo cualitativo, el dinero –calderilla de la existencia- ha sobrevivido como el único valor, la última frontera en pie entre un orden en el que aún hay algo que distingue y jerarquiza y el nihilismo de la indiferencia. Sepultada toda trascendencia, el hombre es un desengañado cortejador de sucedáneos inmanentes.

El orden trascendente es un camino cualitativo y vertical; el orden inmanente se despliega en la horizontalidad y en cantidades. Al primero se accede adensando y distinguiendo nuestro yo; al segundo, disolviéndolo. Los media, moderno oráculo de Delfos, nos apremian con su lema Disuélvete a ti mismo (hoy se considera indeseable –o imposible- conocerse). Por miedo a sus abismos, nunca estamos en casa; el hombre del ahora ofrece, sin embargo, un consuelo al lamento de Montaigne: nuestro hogar lo hallamos siempre en un afuera. Para ello precisamos conexiones incesantes y livianas con los otros (el vínculo firme acaba fatalmente abalanzándonos sobre nosotros mismos). Sólo en este contexto se puede vislumbrar la senda que hemos escogido para completarnos. El mercado y sus metáforas son hoy el único acceso general a esa experiencia [1]. Muchedumbres de sujetos y objetos (esencialmente indistinguibles, funcionalmente intercambiables) colman el vacío. Un exégeta de McLuhan lo proclama:

El medio eléctrico ha roto las barreras comunicacionales de tiempo y espacio. Lo que antes se llamaba público (entes aislados, con puntos de vista diferentes), el medio eléctrico lo constituyó como masa (entes relacionados entre sí, obligados al compromiso y a la participación). Ahora, por más que algunos quieran conservar el pensamiento lineal y no participativo, no existen individuos aislados: todos vivimos en una aldea global.

Hoy, nuestro lema es el consejo de McLuhan: Lo que sucede es que debemos vivir con los vivos. Conectados permanentemente con los otros; demandando atención y respondiendo a las demandas de atención inmediata; entregándonos a ese simulacro de comunicación que las tecnologías nos procuran.

El solitario es, pues, un minucioso hedonista de sí mismo, hereje que abomina de la unanimidad febril. Aprender a estar solo es un arte y una rebeldía para el que uno sólo cuenta con el mecenazgo de sí mismo -hoy más que nunca, importa soberanamente que nos atrevamos a ejercerlos-. Y es un arte en el que sólo podemos ser iniciados por maestros ausentes. Sus lecciones son sus libros. Quevedo, incurriendo en un anacronismo que ha sido descubierto a la larga, contesta a McLuhan desde el pozo del pasado:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Lo dice Jonathan Franzen, citando a Bikerts: los libros son los catalizadores de la realización personal y un santuario. “La interioridad, el componente más reflexivo del yo”, exige un “espacio” donde una persona pueda meditar sobre el sentido de las cosas. Acaso, la cuestión de nuestro tiempo sea, en palabras Franzen: el problema de preservar la individualidad y la complejidad en una cultura de masas ruidosa y que distrae. El verdadero lector y el verdadero escritor deben aprender, por encima de todo, a estar solos.

Heath descubrió una "amplia unanimidad" entre lectores serios al respecto de que la literatura "me hace ser mejor persona". Se apresuró a asegurarme que, en vez de resolverles cosas, a modo de una autoayuda, "leer literatura incide en las circunstancias arraigadas de la vida de esas personas de tal modo que tienen que afrontarlas. Y al hacerlo llegan a verse como más profundas y más capaces de sobrellevar su incapacidad de vivir una vida totalmente previsible". (...) De un modo casi unánime, los entrevistados por Heath describieron las obras de ficción sustanciosas como, según ella, "los únicos sitios donde había alguna esperanza cívica y pública de abordar las dimensiones éticas, filosóficas y sociopolíticas de la vida que en otros foros se tratan de una forma muy simplista (...) Y las obra de ficción sólidas son las que se niegan a dar respuestas fáciles al conflicto, a pintar las cosas en blanco y negro, de malos contra buenos. Son todo lo que no es la Psicología popular".

El lector es (una definición plausible para el hábito de cualquier arte) un perseguidor de experiencias. Llamo experiencia a ese momento privilegiado, rompeolas de la existencia, donde la vida acontece mostrándose en su luminosa evidencia, en su verdad. A su luz, asistimos a la radical apertura del mundo y del yo (y el yo siempre es un otro). Alessandro Baricco ha atrapado ese momento, bellamente:

La experiencia es un paso fuerte de la vida cotidiana: un lugar donde la percepción de lo real cuaja en piedra miliar, en recuerdo y en relato. Es el momento en el que el ser humano toma posesión de su reino. Por un momento es dueño y no siervo. Adquirir experiencia significa salvarse. No está dicho que siempre vaya a ser posible.

(Sigue...)

[1] Si es que la experiencia, tal como la ha entendido nuestra civilización, sigue existiendo. La cancerosa proliferación de fotografías testimoniales parece refutarlo. La fotografía es hoy el último testimonio, el único testigo de que aquello que no pudo resguardar nuestra experiencia tuvo sin embargo una existencia.