jueves, 10 de julio de 2008

Metamorfosis


En un solo trazo, con el pulso siempre firme, tu puño cerrado –especular abanderado del relámpago– asciende abriendo los dedos. La mano alcanza su cenit. Tu palma –estatua límpida del trueno– se yergue irrevocablemente abierta.

[Fotos de Susana Guillén y Rocío Calvo]

4 comentarios:

Dickinson dijo...

Conocí hace tiempo una mano como esa. Una mano distinguida, sensible, de luz reposada y etérea levedad femenina. Una mano que tenía el don de crear sortilegios encadenando grafemas y con destreza de rabdomante llegaba siempre a lo más secreto de los corazones.

Me hablaba mucho aquella mano: la pulida lisura de sus uñas, el níveo sosiego del dorso, la dulce languidez de sus dedos de alabastro. Solía recitarme caricias exquisitas, sueños remotos, flamantes anhelos... Y yo creí haber encontrado la palma mítica, perfecta, insuperable, divina. Pero pronto descubrí que la sombra de su verso exhalaba susurros infectos de indolencia, vanagloria y falacia. Qué poco duro el milagro.

Una mano hermosa la de la imagen, sin duda. Tanto como aquella que yo veneraba. Sólo espero que su discurso no se le parezca demasiado.

Francisco Sianes dijo...

Dickinson,

Lejos de mí la intención de presentarme como "coach" sentimental (al parecer, están de moda en los Estados Unidos); pero me temo que el problema está en "venerar" mano alguna. Permítame un consejo: cada vez que crea haber encontrado una mano (o cualquier otro apéndice corporal) "mítica, perfecta, insuperable, divina" tenga claro que ha sido presa del más catastrófico de los espejismos. Huya de semejantes obnubilaciones como de los préstamos hipotecarios.

No sabría yo decir si me afean la indolencia, la vanagloria y la falacia. Alguna antigua novia le diría, sin duda, que sí. Mi madre le diría, sin embargo, que también. Algún corazón generoso y miope quizá le diría que tampoco es para tanto. Y así sucesivamente. Lo que no deja de asombrarme es la cantidad (relativa) de comentarios (anónimos) que aluden a mis virtudes y defectos "extrablog".

Si nos conocemos, amiga Dickinson, sobran las especulaciones. Y si no, estimada desconocida, ¿por qué no alimentarnos con la ficción de que usted y yo somos seres sin tacha, arcangélicos?

Al fin y al cabo, las trampas de la imaginación es uno de los pocos milagros que están en nuestras humanas (demasiado humanas) manos.

Abrazos.

Dickinson dijo...

Francisco,

Soy la primera que seguiría esa advertencia, pero si uno pudiera percatarse –y, por tanto, huir- de los espejismos en cuanto se presentan, no podríamos llamarlos por este nombre. Además, qué insípida sería la vida sin ellos, por no hablar de la labor tan didáctica que sobre nosotros ejercen. Mucho más que las dichosas hipotequitas de las que, dicho sea de paso, resulta aún más difícil escapar –ay, ¿por qué me las recuerdas?-.

Y, por supuesto, no hablaba de tu mano, suspicaz amigo, sino de una casi idéntica a la que me recordó la de la fotografía. A la tuya, que no tengo el gusto de conocer pero me figuro es la que muestra la imagen, dudo que la adornen tales imperfecciones, salvo, quizá, la vanagloria. ;P

Sólo pretendía resaltar -ahora veo que torpemente: escribía medio dormida- lo que pensé al comparar las dos imágenes, y no es otra cosa que, a veces, muchas veces, la estampa mística de belleza delicada esconde más depravación y malicia que la fachada bárbara y vulgar. En resumen, era un simple: "no te fíes de las apariencias", consejo casi tan inútil como el de "huye de los espejismos".

Eso era todo. No busques dobles sentidos porque si quisiera hacerte algún reproche usaría un estilo mucho más directo.

Abrazos a ti también y bienvenido,

Dickinson (lectora arcangélica, por supuesto)


[Respecto al asunto de los enjuiciadores anónimos de tu blog, solo diré que a veces a mí también me sorprende y espero no me confundas con muchos de ellos].

Francisco Sianes dijo...

Dickinson,

Absolutamente depravada y maliciosa.

La mano, no usted -a quien no tengo el gusto (o el disgusto; aunque yo creo que sería el gusto) de conocer-.

Abrazos.