Hay tardes enteras que ha pasado hojeando -sin apenas leer, por el entrañable placer de acariciarlos, olerlos, tenerlos cerca- los manoseados volúmenes de sus estanterías. Rara es la semana que ha dejado pasar sin escribir a mano una carta a un antiguo maestro, al que un día temió y hoy aprecia. Alguna vez, algún vecino curioso podría descubrirlo en ensimismada contemplación tras la ventana; podría acaso pensar que alguna melancolía lo aturde o acosa: él sólo escucha una música lejana o el calmado discurrir de sus ritmos interiores. Nunca un café se alargó como aquel que compartía con ella las soleadas e infinitas mañanas de domingo, a la sombra del árbol que plantara su abuelo. Nadie encontrará con más facilidad una excusa para interrumpir sus paseos por la playa en penumbra, tal como los interrumpía con ella, ahora que ella le falta. Jamás un latido ha durado tanto. Sin duda, observadores imparciales que nada saben ni quieren saber de él dictaminarían, con justicia, que ha perdido el tiempo. Él, si tuviera el valor de contestar, sin exigirles comprensión y con no menos justicia, sostendría que ha ganado una vida.
3 comentarios:
¿Acaso los miedos no son también la vida, sólo que a oscuras?
Internet para mí es un medio para ciertos fines que difícilmente se materializarían por otras vías.
Una foto provocadora de emociones, doy fe. Se agradece el solaz. Lo consideraré un regalo que nos haces.
Vida es todo, Amanda.
Ojalá fuéramos como el Falstaff de Shakespeare, pidiendo siempre más vida.
Un abrazo.
Con retraso, pero sinceramente, os deseo a todos -a cada uno- un feliz año. Y también a cada uno un cariñoso abrazo.
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