miércoles, 20 de junio de 2007

Internet y el futuro de la narrativa

Se ha abierto un interesante debate en varios blogs sobre la "autopublicación" sin intermediarios. No entraré en sus pormenores. Atenderé sólo a los argumentos que, por su pertinencia o su desorientación, clarifican el tema [1].

Dejo aparte controversias semánticas sobre conceptos como calidad, masa o individualización masiva. La cuestión más relevante del debate es, a mi entender, la de los filtros.

Nonwriter: Mi problema es más bien el exceso (unos 150.000 libros en español al año) y el desenfoque que este exceso procura. A medida que la marea de libros crece uno va necesitando afinar más sus métodos de selección y descarte. (...) Por eso encuentro que cada vez son más necesarios los filtros, y el montaje de la industria editorial, con sus profesionales del examen de manuscritos y sus asesores de marketing cumple, queramos que no, un papel de primer dique que no se debe desdeñar (...) Un catálogo editorial infinito (Lulu saca 15.000 libros al mes, y subiendo) desalentará al lector de novedades antes que estimularlo. Exagerando un poco la nota se puede decir que caminamos hacia un panorama donde todos seremos autores y lectores únicos de nuestras obras.

Berlin Smith: Es irrelevante para cada uno de nosotros que se publiquen ciento cincuenta mil o dos millones quinientos mil títulos al año. (...) Es bien cierto que la abundancia requiere filtros. Pero no porque unas cosas merezcan la pena y otras no, sino porque no podría encontrarse con facilidad lo a que a uno le merece la pena.

En este caso, los argumentos de Berlin cuentan con mi aprobación. Apoyo modesto cuando a Nonwriter lo secunda un Harold Bloom:


El horror que en mí provoca Internet se funda, por cómico que parezca, en algo que es una carga perpetua en mi vida: cada nuevo día trae su pila de obras maestras que yo no he pedido: poemas, cuentos, obras de teatro, novelas, ya en manuscrito, ya en galeradas o encuadernadas. No puedo responder, y a estas alturas es probable que no lo hiciera aunque pudiera. Millones de nuevos escritores, en todas las lenguas, publicarán en la red: ¿quién distinguirá entre ellos? ¿Quién los diferenciará? ¿Cómo podemos hablar del futuro de las formas literarias cuando flotarán en el enorme y amorfo océano de Internet? Nadie tendrá fuerza necesaria para afirmar que una mente, un talento individual sobresale de ese océano de muerte, el mar universal de un caos que regresa. (...) En Internet, todo el conocimiento está a nuestro alcance; sólo falta la sabiduría. Entonces, ¿tenemos que ver allí una nueva especie de libro de caballerías en el que todo se sabe y nadie es sabio?


Bloom habla (y yo seguiré hablando) de la publicación en Internet; pero es seguro que no dudaría en extender sus aprensiones a esta nueva y cuestionada forma de autopublicación en papel. Sin embargo, Bloom -pese a su alarma ante el "mar universal del caos que regresa"- ofrece una tabla de salvación a los lectores y autores náufragos en ese "océano de muerte".

No creo que la era de la información y de la realidad virtual marque el inicio de una nueva conciencia o de una nueva perspectiva en lo que en Occidente queda de cultura digna de ese nombre. Algo todavía queda, sin duda, y quedará; una vez que hemos aprendido a leer a fondo, leer es algo que difícilmente muere. Los lectores solitarios surgen por todas partes. Como escribió Emerson: "la Musa, atónita, descubre que tiene miles de su lado".

Tabla esta del buen lector a la que unos se aferran con inquieta esperanza:

Rafael Herrera: Debe haber una mediación que, con criterios de calidad, consiga filtrar la decisión personal de publicar.

Nonwriter: Al final la única manera de orientarse en la selva es fiarse de otros. (...) Pero se me ocurre que no estaría nada mal irnos posicionando como conferidores de importancia en nuestras redes.

Y que otros convierten en bajel de guerra pertrechado con cañones de futuro:

Berlin Smith: Sí es bien cierto que “tenemos trabajos que las editoriales no quieren y que, con todo, seguramente consideramos lo mejor de nuestra producción”, pero es mejor todavía que, estando en la red, siempre hay alguien (¡alguien!), que querrá acceder a él y que lo hará, por muy grande que sea la masa de libros: ya no es una masa, es la suma de miles y miles de pequeños nichos que siempre tienen personas detrás de ellos. Con la individualización masiva, los nichos y lo popular tienen sitio simultáneo siendo el lector el verdadero juez, pues elige él sus filtros de confianza para encontrar esa aguja en el pajar que encaja con sus intereses y deseos. Un filtro son ustedes mismos si les da por recomendar una lectura en sus estimados blogs [2].

Y, sin embargo, la alarma que la inflacionaria política de publicación provoca en Nonwriter, en Herrera, en Bloom está perfectamente justificada. Los tres aciertan en el diagnóstico; pero los dos primeros se equivocan en la etiología y el tercero sólo nos pone en el camino recto.

La cuestión no es que necesitemos filtros que garanticen la calidad de lo publicado (en libro o en Internet); ese argumento lo desmonta Berlin Smith cuando sostiene -acertadamente- que sólo necesitamos filtros que nos guíen (sea en inestable pecio o en insumergible bajel) hasta la literatura que amamos. Pero Berlin no repara en un problema primario y esencial: sólo puede haber faros mientras sigan existiendo esos lectores del lado de la Musa que, por la fuerza de su autoridad lectora, se constituyen en filtros y brújulas. Y que la existencia de esos lectores depende, necesariamente, de la existencia de escritores a través de los que la Musa habla. El sistema de filtros deja de tener sentido cuando no hay mensaje de la Musa que escuchar ni oídos capacitados para escucharlo.

El mismo Bloom parece dejarse vencer a veces por el escepticismo:

A veces le doy vueltas a la idea de convertirme en nigromante, a la manera de Próspero, y despertar a mi ídolo, el doctor Samuel Johnson, el más grande de todos los críticos literarios, del sueño de la muerte. Johnson, horrorizado ya en sus días por la muchedumbre que se apiñaba en Grub Street, daría la espalda al caos que se nos viene encima, se encogería expresivamente de hombros y volvería a Homero y a Shakespeare [3].


Sin embargo, apelando a su fe en el genio, Bloom consigue vencer su johnsoniano escepticismo y extiende hacia los grandes escritores la confianza otorgada antes a los grandes lectores:

Nadie puede profetizar el advenimiento de otro escritor de la altura que con toda razón otorgamos a Kafka, Proust, Joyce y Beckett. Hasta que vuelvan a aparecer entre nosotros autores de esa fecundidad y originalidad, seremos incapaces de decir si las nuevas formas literarias engendrarán titanes o si la inquietante e intensa energía de un gran espíritu creará una forma nueva, una manera de narrar que tal vez ahora no reconocemos como tal. (...) Sugiero aquí que, hoy más que nunca, necesitamos regresar a la idea de genio individual, a la forma del escritor más que al escritor en la forma. La imaginación literaria y las formas narrativas no existirán fuera de sus encarnaciones en posibles escritores y posibles obras. El futuro de la narrativa es, por fuerza, el futuro de los escritores que, en sus cruciales combates con el pasado, repetirán la lucha de Homero.
En contra de McLuhan, declara: Sin embargo, no debemos sobrestimar la influencia de la tecnología en el genio literario, que sigue sus propias leyes, desafiando a menudo las sobre- determinaciones del historicismo.

El medio no es el mensaje. No obstante, aunque el imperio tecnológico no acabará con el genio literario, las presiones que éste ejercen sobre la actividad de la escritura son tan poderosas que han condenado a la narrativa "tradicional". Las nuevas tecnologías influirán decisivamente en el genio futuro, ya que -para confirmarse como tal- deberá escribir contra el mundo que éstas habilitan. Los nuevos narradores de genio serán aquellos que obtengan sus fuerzas de las limitaciones que les imponga el medio tecnológico. El arte del futuro será elíptico o no será. Merece la pena reproducir por extenso la reflexión de Bloom:

¿Dónde encontrar la sabiduría si hemos de desterrarla de la literatura? En narrativa, las discontinuidades casi siempre han marcado esa forma que llamamos romance; tal vez los del siglo XXI tomen la discontinuidad como punto de partida y de llegada. Pero si la discontinuidad absoluta puede seguir siendo narrativa es una cuestión ya zanjada por el fracaso de todos esos métodos, desde Dadá a Burroughs, que nos han dejado un par de aforismos y poco más. ¿Dónde, entonces, encontrará sus modelos la futura forma? (...) Tal como insiste Alistair Fowles en Kinds of Literature (1982), el término narrativa es dudoso como distinción de género. En el sentido en que ahora lo empleamos, tiende a ser un término literario engañoso, pues con él abarcamos toda la novela occidental, desde Henry Fielding y Laurence Sterne hasta Marcel Proust y el primer Samuel Beckett. Y esta forma, aunque no muerta, está muriéndose; se ahogará en el oceánico Internet. (...)

Sin embargo, Homero, que sigue siendo el mayor contador de historias -junto con el escritor Y, el Yahvista-, funda su arte precisamente en no contar todo lo que ha oído. Allí, en la transición entre memoria oral y escrita, nos cautiva la autoridad de historias contadas sólo en parte. Para mí, ésta es una pista sobre el futuro de la narrativa en el momento en que entramos en la era de la información total. Si aparecen entre nosotros nuevos talentos en el arte de contar historias, evitarán lo enciclopédico, algo que todavía es un mérito peligroso en Thomas Pynchon. El arte narrativo será una elipsis. (...)

La literatura sapiencial es casi siempre elíptica; los buenos proverbios evitan declarar sus valores. ¿Dónde encontrar la sabiduría? En las narraciones elípticas del futuro que se parecerán más a Lewis Carrol que a Flaubert y Joyce, espero ver el consejo indirecto y sabio que sólo la literatura puede brindar. Thoreau dijo que no era ni un ápice mejor que sus vecinos; sólo leía libros mejores. Las dificultades de lo enciclopédico -de Finnegans Wake y En busca del tiempo perdido- no convienen a la era de la información. (...)

En mi opinión, el futuro pertenece, en parte, a una especie de literatura sapiencial elíptica, tal vez un verdadero regreso a Lewis Carrol y a visionarios afines de un mundo especular. Al mirar en un espejo, no vemos la realidad virtual. Vemos, en cambio, nuestra realidad, aunque muchas cosas queden fuera. La sabiduría determinará cuánto hay que omitir en esos torsos caros y elitistas que constituirán nuestra mejor narrativa en el futuro próximo.


Siguiendo su costumbre, el apocalipsis sólo ha sido alimento para los profesores y un desahogo para los resentidos:

El cielo no se vino abajo en la época de T.S. Eliot, ni con la moda de los profetas postmodernistas de París, y tampoco ha caído el cielo sobre nosotros durante lo que he llamado los días del resentimiento, de esa corrección política que ya decae.

Las trompetas que, con la llegada de las nuevas tecnologías, anunciaban el apocalipsis han resultado tocar, una vez más, fanfarrias por un nuevo comienzo. Y, sin embargo, un oído atento puede escuchar las notas desafinadas.

El peligro de la autopublicación es el mismo que el la publicación en Internet: caer en la red (metáfora doblemente pertinente) de la cultura de la prisa y la facilidad. Se dirá que el escritor de artículos en bitácoras y foros no pretende pasar por autor de obras "serias" o de largo aliento, que su labor es más parecida a la del articulista de prensa. Puede que sea cierto. Pero, contra Bloom, yo no menospreciaría los condicionamientos del medio. Escribir en Internet nos acostumbra a la instantaneidad, nos confiere la satisfacción de sabernos leídos casi sin necesidad de trabajar los textos. Tras cada publicación en Internet, uno puede oír el consejo de Berlin Smith:

Escribid y publicad malditos (...), sed dueños de vuestro trabajo, divulgadlo, vendedlo o regalarlo si queréis, regodearos con vuestro nombre oliendo a tinta. Que no os importe que os lean tres o cuato o cinco. Basta que os lean. Sed libres, haceros artistas. "Regodearos con vuestro nombre oliendo a tinta".
Uno no publica tanto porque sienta que tiene algo relevante que decir, como por el propio placer onfaloscópico de verse publicado. Millones de blogs inundan la red con vulgares o sofisticadas banalidades. Escribimos artículos propios, comentamos los ajenos, respondemos a los comentarios que recibimos... Acabamos convirtiendo nuestras páginas de Internet en espejos que nos confirman a diario como los escritores que queremos o creemos ser. Es el "kikirikí autoafirmativo del yo" contra el que nos alerta Rafael Sánchez Ferlosio.

El problema, pues, no es encontrar la aguja del texto deslumbrante en el gigantesco y oscuro pajar, sino evitar la tentación de la facilidad. Lo dice el propio Bloom:

Sin embargo, para el lector, la búsqueda de lo Sublime siempre exigirá abandonar los placeres fáciles por otros más difíciles.


La cuestión es si la costumbre de escribir en Internet no nos hace aun más difícil lo difícil. Nunca, desde la extensión de la alfabetización, la "alta cultura" había sido tan menospreciada. Desde el mismo centro del mundo letrado, nuestros sistemas educativos han precipitado un ataque inequívoco contra el elitismo cultural: la aristocracia del mérito y del talento ha sido sustituida por la demagogia de la mediocridad. Cierto: la alta cultura siempre ha sido materia viva para unos pocos. Dante, Milton, Proust nunca fueron lecturas comunes; pero sí eran el modelo (aunque se tratara de mera retórica) de los sistemas educativos oficiales y de las clases letradas. Hoy, ni siquiera sobreviven en los (ensimismadamente nacionales) manuales de literatura. En buena parte del mundo occidental, especialmente en los Estados Unidos -país del que se ha importado la ideología del actual sistema educativo español-, incluso se los denigra:

Philip Roth: Leer a los clásicos es demasiado difícil, por lo que la culpa la tienen los clásicos. Hoy el alumno hace valer su incapacidad como un privilegio. Si no puedo aprender una cosa es porque hay algo erróneo en ella, y especialmente en el mal profesor que quiere enseñarla. Ya no hay criterios, señor Zuckerman, sino sólo opiniones.

Aunque no hay profesor que ignore esta realidad, no soy apocalíptico: la gran literatura, qué duda cabe, sobrevivirá a esta y a otras zozobras futuras; pero tampoco soy integrado. Las docilidades de internet y de la autopublicación crearán la ficción de que hay más escritores; pero no favorecerá la aparición de nuevos talentos. Es incluso presumible que los hará más infrecuentes. ¿Descubrirá la Musa, atónita, que cada vez tiene menos de su lado?

Fatal y quizá irreversiblemente, nos hemos acostumbrado a las comodidades de la facilidad. Nos hemos entregado a la neurótica dependencia de los teléfonos móviles, los foros, las bitácoras, los chats, el correo electrónico. Incluso la televisión y la radio -temerosas de perder su puesto en la "feria" de la comunicación- se han vuelto interactivas. Hoy, nuestro lema es el consejo de Marshall McLuhan:

Lo que sucede es que debemos vivir con los vivos.

Esto es: conectados permanentemente con los demás; demandando atención y respondiendo a las demandas de atención inmediata; entregándonos a ese simulacro de comunicación que las nuevas tecnologías nos procuran [4].

Acaso, la cuestión de nuestro tiempo sea, en palabras de Jonathan Franzen: el problema de preservar la individualidad y la complejidad en una cultura de masas ruidosa y que distrae. El verdadero lector y el verdadero escritor deben aprender, por encima de cualquier otra cosa, a estar solos [5].

Quevedo, incurriendo en un anacronismo que ha sido descubierto a la larga, contesta a McLuhan desde el pozo del pasado:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas, que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadoras,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la emprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudios nos mejora.


La supervivencia de la gran literatura depende hoy (ha dependido siempre) de esas minuciosas, sosegadas y fecundas conversaciones entre los vivos y los muertos.

En el Libro del Bushido podemos leer:

La soledad del samurái sólo es comparable a la de un tigre en la jungla.

El lector y el escritor serios serán merecedores, hoy más que nunca, de ese destino ejemplar.



[1] Estos son los artículos a los que hago referencia:

http://www.generacionred.net/2007/06/13/libros-masa-sea-vulgar-publique-un-libro/
http://nonwriter.blogspot.com/2007/06/morir-de-exceso.html
http://www.generacionred.net/2007/06/15/autores-rebeldes-en-contra-de-berlin-smith/

[2] Claro que las esperanzas de Bloom son tan inestables como sus profecías apocalípticas: Es posible que no vuelva a haber monstruos de la lectura. Tal vez represente yo una especie extinta [uno quiere suponer verdadera autoironía a lo que precede y a lo que sigue], y éste es precisamente el temor en que se inspiran mis bromas esporádicas, como cuando digo que soy un Bloom Brontosaurus Bardolator.

[3] Nonwriter apostilla, acaso sin saberlo: Tengo un amigo que se niega a leer nada que no tenga doscientos años como mínimo; sin darle la razón del todo, tiendo cada vez más a ese escepticismo ante las novedades. [Nihil novum sub sole].

[4] Cito un trabajo universitario sobre el pensamiento de McLuhan: El medio eléctrico ha roto las barreras comunicacionales de tiempo y espacio. Lo que antes se llamaba público (entes aislados, con puntos de vista diferentes), el medio eléctrico lo constituyó como masa (entes relacionados entre sí, obligados al compromiso y a la participación). Ahora, por más que algunos quieran conservar el pensamiento lineal y no participativo, no existen individuos aislados: todos vivimos en una aldea global en la que continuamente estamos siendo bombardeados con información nueva, una tras otra. (...) Actualmente, el medio más atractivo para analizar este punto de vista es Internet. McLuhan tuvo la facultad de visualizar un medio donde no existe el espacio, una especie de “feria mundial” donde se maneja la información a la velocidad de la luz y sin restricción alguna. Con esta nueva tecnología se rompe definitivamente el patrón aislado y limitativo; todas las personas tienen acceso a la información actualizada y a la comunicación masiva en tiempo real. El individuo se torna dinámico y participativo y la respuesta es inmediata.

[5] Tema que trataré con mayor profundidad en otro artículo (uno más).

3 comentarios:

Rafael Herrera Guillen dijo...

Celebro tu contribución a este asunto- que es apasionante. Sin embargo, creo que mi posición queda más clara en el post Autores-masa (http://blogs.periodistadigital.com/crisishoy.php/2007/06/18/autores_masa_el_sr_berlin_contradice_al_) más que en el de Lector-masa, que es el que tú te basas en tu labor de integración plural. Yo no defiendo los filtros, digo que surgirán filtros por propia necesidad.

Saludos.

Ignacio dijo...

Yo tampoco defiendo los filtros sino como mal menor, que conste.

Mi postura se podría resumir en la frase de Groucho sobre el club: dudo mucho que yo comprase un libro mío publicado en Lulu. A ver si un día de estos estoy menos vago o más enfocado y desarrollo esa idea.

(Tengo además que buscar un párrafo de A. J. A. Symons sobre la cuestión, aunque sólo sea para que Sartine me diga que de dónde los saco).

Saludos, y muchas gracias por el aporte largo y denso.

Berlin Smith dijo...

"El verdadero lector y el verdadero escritor deben aprender, por encima de cualquier otra cosa, a estar solos"

Esta es la única verdad inmutable. Da igual internet que imprenta. Lo que ha cambiado es que la tecnología elimina al intermediario. ¿Para qué sufrir con el rechazo editor si tu trabajo puede estar ahí?

Que otros se apañen con el marlketing y tu soledad está ahí para encontrar y para ser encontrado.

Mi amigo Rafa se equivoca: no es que los filtros surjan por necesidad, es que siempre ha habifo filtros: una bibliografía sobre su tesis doctoral ya es un filtro y yo le haré más o menos caso. El cambio es que está disponible haciendo clic desde mi oficina y mi casa de la playa: soy más libre de hacer lo que quierea y de aprovechar mi tiempo.

Sólo el ruido lo altera. Hay que estar sólo.