miércoles, 1 de abril de 2009

La luz de la mañana los disipa

Anoche volví a soñar que salía de la casa de mis abuelos paternos, que tiraba a correr hacia la casa de mis otros abuelos, allá arriba, en las afueras del pueblo. Un sueño recurrente que, desde hacía años, no tenía (¿Por qué tan a menudo corro en sueños?).

Al despertar esta mañana, pensaba que, tras la muerte de mi abuela materna, esas casas están al fin vacías y que sólo podría encontrarlas habitadas ya en mis reiterados sueños. Pensaba que debía sentirme melancólico: era ya irrecuperable mi lejana infancia, había perdido el referente vivo de mis antepasados, no volverían a repetirse las carreras solitarias por mi pueblo. Pensaba que vivir es, más que disfrutar de las conquistas, aprender a gestionar las pérdidas. Vivir es ir muriendo cada día. (Y es que lentamente engrosa el número de encuentros a los que sólo acudiremos en nuestros repetidos sueños y lentamente aumenta el número de aquellos que nos acompañan hoy tan sólo en la imaginación, en el deseo y el recuerdo -ya nunca más se posará su mano sobre nuestra mano, ni se aferrará su cuerpo vivo contra nuestro cuerpo-). Y allí, sobre la cama, miraba hacia el confín de aquella edad en que la muerte tiene aún el rostro de nuestros abuelos.

Pero amanece. Qué fácilmente damos preeminencia, me decía luego, al gesto de dolor sobre los ademanes del asombro y del agradecimiento. Con rutinaria capitulación edificamos nuestra casa sobre los arrabales del recuerdo (nuestra patria perdida es la infancia, nuestra fidelidad sólo será leal con lo que ha muerto) o en la prometida y promisoria ínsula del porvenir; raramente fundamos el hogar en el incandescente instante, en el presente manantial, bajo la luz de un sol que no se pone. Qué complacientes somos con la noche y qué sombríos bajo el mediodía. Con qué complicidad privilegiamos la despedida y el adiós sobre el hallazgo y el descubrimiento.

Porque hace años, siento ahora, cuando aún estaban habitadas esas casas que unían mis infantiles carreras, no podría haber soñado con Rocío, con los silencios de Char, con ese atardecer de Roma prolongado hasta el amanecer, ni con aquella noche levantina donde en cada palabra y cada hora ardía un mundo.

Los malos sueños son una marea negra y pegajosa que nos arroja contra la vigilia, temblando y empapados por su oscuridad impía. La luz de la mañana los disipa.

Esta mañana amanecí abrazado a la mujer que amo y que me ama. ¿Qué dice eso de la medianoche?

9 comentarios:

ana de la robla dijo...

Me quito el sombrero (sólo el sombrero, que está usted en brazos de la muer que ama)... y a usted le pongo un beso.

Francisco Sianes dijo...

Mi querida, querida Ana... :-)

David J. Calzado dijo...

Abre el cerco al temblor de la mañana,
que tu torso respire con la luz
y celebre tu boca cada día
a orillas de este río.

David J. Calzado dijo...

Señorito Sianes, me parece fatal que quiera mandar en este cortijo. Considero que no debiera filtrar los comentarios. ¡Cacique!

Francisco Sianes dijo...

Si yo no filtro nada, Davidín... Es para no dejar pasar comentarios de textos antiguos, tan "potitos" como el tuyo.

¡Zascandil!

Lady Pirata dijo...

Y es que despertar es maravilloso, ya lo dice un ex amigo, en el caso de que un amigo pueda ser "ex".

Buena pregunta -me digo a mi misma- ¿qué serán aquellos que dejaron de formar parte de algo?

Francisco Sianes dijo...

Lady Pirat(ill)a,

"dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe"

(Alejandra Pizarnik)

Yo tampoco sé. Aunque sí sé que, al lado de uno u otra, más vale despertar.

Un beso.

Cynthia dijo...

La luz de la mañana, es el ahora que disipa las pesadillas, pero el abrazo, el pecho amigo y tibio de quien uno ama y a quién uno ama, es el sueño cotidiano que construye el presente.

Gusto en leerlo Mensajero, como siempre sus palabras me dejan muda.

Francisco Sianes dijo...

Amiga Cynthia,

Y a mí me alegra que haya vuelto del pasado, haberla recuperado en el presente.

Un abrazo.