lunes, 2 de marzo de 2009

Caballo que camina a nuestro paso

1898. Un oscuro párroco andaluz seduce a una joven feligresa. El sacrilegio enciende las lenguas, pero está al servicio de una causa humana. El apellido Sianes prevalece.

Setenta y cinco años después, bajo la lluvia, escoltada por las gotas que percuten contra su paraguas, Adela acoge el olor a cigarrillo que precede al hombre, aún desconocido, cuyo primogénito se llamará, como él, Francisco.

No llovía la tarde en la que Eduardo conoció a la antigua amiga de su hermano; unas asignaturas aprobadas abren la puerta del verano y de Mariele.

Un cuarto de siglo antes, en una Viena cercada por las aguas de la historia, Frederike Sylvie espera a Gonzalo, el médico sevillano que viaja a su encuentro (Ambos lo ignoran). En los atardeceres guineanos, durante siete largos años, Luis desteje una pasión que minuciosamente teje en el papel la jovencita Elena. Destinos de Penélope, hoy sólo quedan dos ancianas que se apagan lentamente. Nadie sabe de las cartas.

(Allá, en el horizonte, Adán y Eva.)

Hace apenas seis meses, tormenta de verano en Halstatt (es preciso extraviarse por las sendas de Oku para regresar a Austria). En el balcón (bajo la misma lluvia), geranios que se mecen ante el lago y los relámpagos. Más adentro, sobre el lago tibio y encrespado de las sábanas, dos cuerpos que se mecen en el lecho de los rayos, cuyo trueno son. La improbabilidad juega con cartas marcadas; pero el azar reposa y vela junto a ellos.

Mañana. Un 19 de marzo cualquiera. Nuestro amor sobrevive en un ángulo acosado cuyo vértice es inexpugnable.