lunes, 22 de octubre de 2007

La legibilidad del mundo

El violento borbotón lírico, la sabia mezcla de austeridad sintáctica y desbordamiento semántico, el adverbio que asoma imprevisto y pertinente, el engarce de citas que ahondan el texto, la sublimidad elocutiva, el controlado abismamiento en las corrientes musicales del verbo. Recursos retóricos que hallan siempre eco en mí.

No conozco, sin embargo, ingenio literario más poderoso y movilizador que la aparición del objeto en su desnudez primigenia. Objetos que, por gracia del oficio verbal, despiertan en el lector resonancias insondables:

En sancta Gadea de Burgos do juran los hijos dalgo,
allí le toma la jura el Cid al rey castellano.
Las juras eran tan fuertes, que al buen rey ponen espanto;
sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo

La rotunda aliteración nos habla del objeto como espacio épico donde el orden natural y el orden humano se hermanan. Objetos artesanales que llevan impresa la mano del hombre, que se embeben de la nobleza del arte de sus forjadores y que impregnan a sus propietarios de la pureza de sus materiales nobles. El objeto es así garante de la limpieza del juramento: verter palabras falsas sobre él es atentar contra el orden del mundo.

Otro ejemplo contundente:

Y hagamos fuego y silencio y sonido
y ardamos y callemos y campanas.

El súbito repique de campanas con que culmina el dinamismo enumerativo irrumpe en el lector con la potencia ominosa de un carrillón. La campana y el lector son la misma cosa: desbordamiento y arrebato de la materia.

En una línea a un tiempo ensoñada y tangible, William Carlos Williams escribió el poema Nantucket, que traduzco así:

Flores tras la ventana
amarillo y lavanda.

Se confunden con los visillos blancos -
Olor a limpio -

Luz del poniente -
En la bandeja de vidrio

un jarro de vidrio, al lado
un vaso, junto a él

una llave - Y
la cama blanca inmaculada.

Todo brilla, se confunde y se disuelve a la luz de un sol que se pone. La intensidad en la que todo al fin se iguala y queda en nada.

El escritor inexperto -por desconfianza en su lector y en el poder evocador de la palabra, por arrogante afán de lucimiento- nos asalta con un lenguaje recargado y huero. Una hipertorfia retórica que emborrona lo que pretende perfilar. En el fragmento que sigue, encontramos a un escritor absolutamente seguro de sus recursos; no intenta imponerse a las palabras: se deja llevar por ellas; es la confianza del viejo timonel en su vetusto barco. Dice Victor Hugo:

No estudiaba las plantas, le gustaban las flores. Respetaba mucho a los sabios, respetaba aun más a los ignorantes; y, sin faltar a ninguno de estos dos respetos, regaba sus platabandas todas las noches de verano con una regadera de hojalata pintada de verde.

Quien no sienta la limpidez del personaje y el olor del verano en esa regadera artesanal ignorará por siempre la alquimia del verbo. Borges, que admiraba a Hugo, escribió: Es curiosa la suerte del escritor. Al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad.

Los procedimientos retóricos que al comienzo encarezco emparentan la literatura con la música; la epifanía del objeto la emparenta con la pintura. Como Ter Borch iluminando un vestido de raso, como Hockney al colorear una piscina, como Van Gogh cuando presenta la integridad en las gastadas botas de un labriego, como Ribera al alumbrar la calavera entre unas manos vivas y estragadas, como las preñadas frutas de Cezanne, estos poetas hacen comparecer las fuerzas primordiales de un mundo que a través de la palabra podemos ver, oír, oler, tocar.

Es privilegio humano agradecer la legibilidad del mundo y la palabra.

jueves, 18 de octubre de 2007

miércoles, 17 de octubre de 2007

Con la majestad del sol

Elocuencia, elegancia prosódica, densidad evocativa, hondura conceptual y -don supremo del artista, que Schiller definió como belleza en movimiento- gracia. Ante textos de esta categoría, uno rehúye la minuciosa pedantería del guía de museo que quisiera ser más persuasivo que la propia obra y tiene la modestia de imitar el gesto del espectador que, admirado y silencioso, señala con el dedo el cuadro que ha fijado su mirada; y cierra el pico.

Hubo épocas y ciudades, sin embargo, en las que el tiempo se escondió ladinamente. Los funcionarios se arremangaban con lentitud o retorcían la guía de su bigote los hombres de guerra, antes de emprender una tarea despaciosa, atenta y simultáneamente ensoñada, en vastísimos territorios, en gigantescas administraciones. El artesano colocaba con escrúpulo el instrumental sobre la mesa, se recogía y meditaba antes de mojar el pincel o aguzar el buril. Las manos del funcionario chino se movían con la majestad del sol, dibujaban filigranas, tenían toda la vida por delante. Hasta hace pocos años, el último vestigio de la época señorial todavía habitaba en unos cuantos cuerpos profesionales. Algún cirujano había que extendía la palma de la mano como un oficiante bizantino, algún zapatero he visto manejando su lezna como el acuarelista japonés sus cañas cortadas; habla Baroja, no recuerdo dónde, de un pequeño armador que construía una sola embarcación cada decenio, con la paciencia, sagacidad y orgullo de un alfarero helénico; recuerdo el gesto inimitable, papal, con que un barquillero de Alicante entregaba sus mercancías a unos niños convertidos por su arte en comulgantes de catacumba.

Y, como aquí tampoco hay prisas ni queremos llevarnos la vida por delante o por detrás sino por dentro, les invito a que descubran al autor del texto. Pueden tomarse todo el tiempo del mundo.

El destino del héroe


martes, 9 de octubre de 2007

Antología del disparate (2)

En este asunto, ni los periódicos mienten: la catarata de alumnos que abandonan sin título la educación secundaria, el bachillerato y la universidad es ya incontenible. Como si la LOGSE y la flamante LOE no hubieran sido suficientes [1], los gerifaltes de la administración educativa andaluza -alarmados ante este panorama y siempre en la vanguardia de la moderna pedagorgía- rumian iniciativas tan razonables y dadivosas como subvencionar con 600 euros mensuales a los alumnos que continúen sus estudios de bachillerato (aunque vayan a clase a pintar monas) y premiar con 7.000 euros a los profesores que, durante un período sostenido, rebajen el "fracaso escolar" (esto es: que aprueben a los pintamonas). Les ahorraré mis aprensiones ante el futuro que nos espera. Si es que no se lo comen y acabamos.

Porque el DNI tampoco miente: estos chicos crecen (y votan, en universal naufragio). Y no es la burricie enfermedad que se cure con los años. Permíteme lector -lectora- que vuelva a mi talante anecdótico y te ilustre con despropósitos de los ya no niños:

(Reunión de estudiantes en una cafetería universitaria)

Fulana (no recuerdo a cuento de qué): Mi padre trabaja como capataz de obra.

Francisco Sianes: Pues cuidadito y no vayas a echarte un novio comunista.

Fulana (desconcertada; sin asomo de ironía): ¿Qué es comunista? [2]

(Autobús urbano. Un grupo de chicas mantiene una animada tertulia cultureta. Escucha, prudente y silencioso, Francisco Sianes -doy mi palabra de que no me invento lo que sigue-)

Chica 1: Pues estoy leyendo a un autor que me flipa.

Chica 2: ¿Quién, quién?

Chica 1: Se llama Alejandro Baricco, que además está buenísimo. (Y ahora con acutísimo hipío) ¡Uf!

Chica 3: ¿Y qué te estás leyendo, tía?

Chica 1: La Ilíada [Habla de Homero. Ilíada. Una traducción o reescritura de la obra clásica]

Chica 3: Pero el libro ese ¿no es antiguo?

Chica 1: Ah, yo qué sé... Va de la guerra de Troya.

Chica 2: Que sí niña, que ése es tela de antiguo: que yo lo leí en el instituto en latín.

Chica 3: Pero, ¿no hay una peli?

Chica 1: Yo creo que no.

Chica 2: Anda que no: la de Brad Pitt.

Chica 1: ¡Ah bueno, sí! Pero vamos: que tú en esa peli no te fijas más que en Brad Pitt, no me digas que no... (Nuevo hipío) ¡Uf!

Chica 3 (dirigiéndose a la más callada del grupo): Niña: ¿y tú cómo estás?

Chica 4 (empanada): Pues mejor: estoy tomando ahora unas gotas de homeopatía para la ansiedad. Me las ha recomendado mi astróloga. Ella dice que se las dio a su perro y que le fue estupendamente.

Chica 3: ¡A su perro!

Chica 4: Sí, sí: es que también valen para las personas. Aunque me dan un poco de yuyu, ¿sabes? Es que tienen cicuta.

Chica 3: ¿Cicuta? Coño: ¡ese es el veneno con el que se mató Platón!

Francisco Sianes (levantándose de su asiento, a voz en grito y apuntando con el dedo a la Chica 1): Pero vamos a ver, ¡vamos a ver! En primer lugar: el escritor "buenorro" se llama AleSSSSSSSandro Baricco. (Apuntando a la Chica 2) El idioma de la Ilíada es ¡el GRIEGO! (Apuntando a la Chica 3) Quien murió envenenado con cicuta fue Sócrates, ¡o acaso Séneca, por el amor de Dios! (Apuntando a Chica 4) !Y tú haz el favor de decirme cómo se llaman esas gotitas contra la ansiedad perruna!

(Sintiendo las miradas reprobatorias o asustadas a su espalda, Francisco Sianes -ulcerado e infeliz- baja del autobús cabeceando en silencio)

Lo advertía Bergamín: acabaremos por lamentar la decadencia del analfabetismo. Y una amable lectora de este blog nos recuerda que la aventura humana comienza huyendo del mono y terminará volviendo al mono.

Y sin embargo, ¡oh sin embargo! -pese a indocentes, desertores de la tiza, desorientadores, pedabobos, indirectivos, padrabiliarios, politicastros castrantes y comandos de la klaseborroka- uno aún mantiene la esperanza, el entusiasmo, la flexibilidad, la capacidad de autoengaño, la obstinación, la chaladura en suma de creer que esto que hacemos y que nos deshace cada día sirve para algo. Para alguien.

Se me olvidaba. Las gotitas homeopáticas se llaman L72.

No hay de qué.


[1] Para más información, pueden leer "La arquitectura del ocaso": artículo publicado en este mismo blog.

[2] La chica en cuestión estudia tercero de Empresariales (sic).

Antología del disparate (1)

Antes que discursiva, la mente de los mortales es narrativa y anecdótica. De ahí que Platón nos resulte más sabroso que Aristóteles y que asistamos con menos regocijo a una conferencia que a un cotilleo. Como mi objetivo es ilustrar -una vez más- sobre la debacle del sistema educativo público español, me aplicaré mi propio cuento: voy a relatarles una pequeña selección de disparates que, en el ejercicio de la siempre gratificante y enriquecedora labor de profesor, tuve la ocasión de padecer el pasado año.

Se me podrá objetar que convertir la anécdota en categoría es recurso inveterado del buen demagogo. A tan razonables objetores tendría yo que alertarles de que estos casos son cada vez menos anecdóticos; pero, incluso en el caso de que lo fueran, no dejaría de ser alarmante que se aceptaran con tranquilidad de ánimo. Imaginen los recelosos que se minimizara la gravedad de las imprudencias al volante por el mero hecho de que no estuvieran generalizadas en nuestras carreteras.

Añadiré que los alumnos responsables de estos disparates tenían, al menos, quince años en el momento del crimen. Recuerdo que un alumno puede abandonar el sistema educativo a los dieciséis años (antes incluso, según la -vade retro- nueva ley). Dicho de otra forma: estos alumnos (bachilleres la mayoría) podrían abandonar sus estudios con estos océanos (lagunas se queda corto) de incultura y semianalfabetismo. Algunos ya lo han hecho.

Pero vayamos a las anécdotas, que ya imagino a algún que otro lector cabeceando:

Disparate lexicosemántico

(Prueba de "preevaluación")

Pregunta: Escribe, al menos, un sinónimo de "ocaso".

Respuesta: "Compañía de seguros".

Disparate traslaticio

(Clase de guardia [1]. Una alumna traduce un texto escrito en inglés -por sorprendente que resulte el hecho de que la chica estuviera trabajando en una clase de guardia, la anécdota es verídica-)

Alumna: "Profesor: ¿cómo se traduce shakespeare?" (Pronunciado a la española, of course).

Disparate geográfico

Pregunta de examen: Localiza en el mapa de América todos los países y capitales que conozcas.

Respuesta: El alumno señala solamente Brasil -que localiza sobre Argentina-.

Disparate histórico 1

Pregunta de examen: Cuenta todo lo que sepas de Hernán Cortés.

Respuesta: "Nacio en en el 1320 y murio en 1580 d.C. Se fue a vivir a america con los indios. Luego volvio a españa y echo a los moros".

Disparate histórico 2

Pregunta de examen: Explica todo lo que sepas sobre la Armada Invencible.

Respuesta: "Eran muxos barcos que el rey mando contra los moros, cabía muxa gente. En unos barcos iban 1000, en otros 10000, en otros 10000000 de soldaos".

(Ahora entiende uno por qué se hundieron...)

Disparate histórico 3
(y aquí lo dejo; podría multiplicarlos ad infinitum)

Pregunta de examen: Escribe todo lo que sepas sobre Alejandro Magno y sus conquistas.

Respuesta: "alejandro era un xico mu wapo que ligaba muxo i le daba a todo, era el dios de los budistas y gano muxas batallas: la primera la segunda y la tercera".

Disparate global

(Clase de Lengua y literatura)

Francisco Sianes (hablando del Renacimiento): Sabéis que el Renacimiento llega a su esplendor a comienzos de la Edad Moderna...

Alumnos (28): ...

F.S.: Bueno... ¿sabéis qué es la Edad Moderna? ¿Cuándo se desarrolla?

AA.: ...

F.S.: A ver: convencionalmente, se considera que comienza con la Caída del Imperio Romano Oriental (CIRO, como el protagonista de... Nada: olvidadlo...), que sucedió más o menos el año...

AA.: ...

F.S.: O bien con la llegada a América de Colón en...

Alumno voluntarioso: ¿1920?

F.S.: (...) Casi; te falló el 0. En 1492. En fin... Y la Edad Moderna acaba...

AA.: ...

F.S.: ¿Nadie?

Alumna voluntariosa (y temeraria): ¿En el Paleolítico?

Disparate (?) político

Pregunta de examen: ¿Cómo se denomina el derecho al voto de los ciudadanos de una nación?

Respuesta: Naufragio universal.

(Y sí, amigo lector: al naufragio universal vamos en este navío)


[1] Cuando un profesor se ausenta del instituto, los profesores de guardia deben sustituirlo y, en teoría, impartir clase. Son las llamadas "clases de guardia". Los alumnos las llaman -ajustándose escrupulosamente a los hechos- "hora libre".

martes, 2 de octubre de 2007

San Mateo y el ángel

A finales del s. XVI, Caravaggio recibió el encargo de realizar varios trabajos para decorar la capilla Contarelli en la Iglesia de San Luis de los Franceses, en Roma. Uno de ellos, San Mateo y el ángel (cuyo motivo es la redacción del Evangelio, inspirada por el Espíritu) fue rechazado. Caravaggio pintó entonces una segunda obra con el mismo motivo, pero de ejecución radicalmente distinta. Éstas son las dos versiones:





En la obra original, Caravaggio presenta a Mateo como un anciano vestido con ropa ligera, basta, oscura; remangado como un campesino, su mano izquierda sujeta el evangelio sin delicadeza, con el gesto incómodo y culpable del analfabeto que nunca ha sostenido un libro entre sus manos. En el segundo cuadro, su atuendo es más sofisticado: viste una delicada túnica naranja y una manta del mismo tono; su mano izquierda está sobre el evangelio: apoya sólo el canto, con la autoridad de quien domina el texto y como quien ha aprendido a cuidar los libros tras un prolongado trato. La incomodidad del Mateo original está acentuada por la postura que adopta al escribir: apoya el libro sobre las piernas, que cruza con la rigidez y la necesidad de protección con que lo hacemos en la silla de una sala de espera: todo en él transmite provisionalidad. En el otro cuadro, el libro descansa sobre la mesa; Mateo está de pie y apoya una rodilla resueltamente sobre un banco: transmite la seguridad de quien defiende una costumbre. En el original, el ángel (con gesto de sensual capricho y entrelazado con Mateo) sostiene y guía la mano del evangelista que, pasivo y obediente, escribe lo que traza el ángel. En el segundo, el ángel (serio y minucioso, separado del evangelista) dicta instrucciones precisas, a las que Mateo atiende esquivo. La ausencia de aureola sobre la cabeza del primero manifiesta lo que ya se nos había hecho evidente: estamos ante un hombre. Mateo, un judío. El segundo se nos presenta con su aureola: estamos ante un santo. San Mateo, evangelista.

¿Por qué fue rechazado el cuadro original de Caravaggio?

Sus compradores se negaron a exhibir la desmitificada imagen de san Mateo. Consideraron irreverente mostrar al evangelista desmañado, inhábil, asistido, un pobre hombre sobrepasado por misterios que no entiende: humano demasiado humano, en suma. Pero hay algo más.

El primer cuadro fue rechazado por la pertinencia con que representa la sumisión del hombre a su destino: algo que niega el libre albedrío de los católicos y la convicción de libertad del ser humano. La mano del ángel guía a Mateo, que no entiende lo que escribe ni por qué lo escribe, como nosotros ignoramos la razón de lo que pasa y no podemos controlar lo que nos pasa. No somos como el san Mateo que escucha al ángel con prevención y dándole la espalda, celoso de la libertad de lo que escribe; somos el Mateo que se deja llevar por lo que no controla.

Así como la imagen estudiada y tensa que mostramos en las fotos en las que posamos es contradicha por la imagen vulnerable que mostramos en las fotos que nos han robado (fotos que nos incomodan porque exhiben nuestra desnudez y dejan adivinar lo que ocultamos), el cuadro original refleja lo que somos y desnuda al tiempo la hipocresía del segundo cuadro, que nos muestra en el enaltacedor espejo de lo que deseamos ser. La inspiración, la pasión, las fuerzas creadoras y destructoras de la vida son (como el ángel del cuadro primero) jovenes, irresponsables, caprichosas: no las entendemos ni las controlamos, nos manejan como a niños desvalidos e inermes y -como Mateo y el propio Caravaggio- nos dejamos arrastrar por ellas. Y sin embargo, contamos el relato de lo que la vida ha sido como si fuéramos guionistas y no actores.

Esclavos de un destino que creemos escribir mientras somos escritos, los hombres somos instrumentos en manos del misterio. Es ese descontrol lo que tememos. Pero sin entrega a lo desconocido y al peligro ya no hay vida. Y pienso entristecido que puede más el miedo que el valor entre los hombres.

Como un escándalo familiar que la vergüenza oculta, el censurado cuadro original acabó destruido en el Berlín bombardeado del Tercer Reich: ceniza dispersada bajo escombros; la venganza del hombre contra lo que tememos ser y que en el fondo somos.

Miras esta noche el cuadro que hoy es polvo y sientes como quienes lo dieron al olvido.

No elegiste aquella tarde de agosto de 1979 para venir entre los vivos, ni elegirás la fecha ignota y ya preescrita para volver entre los muertos; no elegiste tu lengua ni tu nombre: Francisco de Asís, que loaba a Dios por nuestra hermana muerte; no elegiste tu rostro que, cambiante y uno, en el tiempo fluye como el río de Heráclito; no elegiste la muerte de tu abuelo entre acero, asfalto y sangre ni, con la suya, la presentida muerte propia aún siendo niño; no elegiste el amor, que conociste y perdiste como se pierde el rocío, ni elegiste no amar a las mujeres que no eligieron amarte; no has elegido la emoción de un Gloria en las catedrales de cristal y luz de Monteverdi, ni la pasión del mar, que descubriste en el ocaso azul de Portugal, donde termina Europa; no elegiste tus miedos, que te educaron y te educarán en los rigores del valor, ni elegirás las afrentas y los dones del tiempo, que te harán sentir, al cabo del camino, que has vivido. No has elegido las dudas, los deseos, la esperanza, los recuerdos que son hoy tu vida y que mañana marcharán contigo a no ser más que un eco de tu polvo.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Msn (y 2)

Pero hay algunos casos que se merecen un trato aparte. Como entre los tifosi del mundo de la cultura, entre los usuarios del Messenger podemos distinguir apocalípticos e integrados: los primeros participan de su mundo de referencia denigrándolo; los segundos se abrazan a él con el espíritu acrítico y el fanatismo del converso.


Entre los que conozco, el ejemplo más representativo de esto último es una chica que dedica el espacio del lema a informar a sus contactos de todo lo que a lo largo de los días hace:

En la ducha

Paseando a Tono (es de suponer que se trata de su mascota)

Trabajando

Me voy al cine

¡En el otorrino! (un misterio el sentido de los signos de admiración)

Con Nacho (presumiblemente, su novio: en este caso siempre añade un corazón e inverosímiles cantidades de rosas)

En los últimos tiempos, he asistido a su boda y su embarazo. Todo comenzó con una cuenta atrás:

321 días para la boda

No relataré mi aprensión ante esa serie que encontraba diariamente decrecida. Como el preso que traza en la pared de su celda los días que le restan para volver a la luz, quien así descuenta vive la espera como tiempo inútil, como trámite: fastidioso paréntesis a cuyo cierre volveremos al épico relato de la vida que cuenta. Cuesta creerlo; pero, en un momento de estupefacción, pude llegar a leer:

Noche de boda

No mucho después (hay que reconocerle a Nacho su puntería):

¡Ya somos tres!

A lo que siguió una vertiginosa y pormenorizada relación de pataditas en el vientre, varices y antojos; por no hablar de un book de ecografías del feto y una serie de impúdicas especificaciones prenatales que me revolvían el estómago. Ante el inminente nacimiento del bebé, me he visto obligado a eliminarla de mi lista de contactos.

Asombra la naturalidad con que esta chica ha convertido su vida en escaparate o ready-made de su propia intimidad, la soltura con que ha hecho real el viejo sueño surrealista de los hogares de cristal, donde lo público y lo privado se confunden y se disuelven.

Frente a esto: la conmoción de los apocalípticos.

Algunos agitan proclamas que han sido escritas en el agua desde el principio de los tiempos:

Vales por lo que eres, no por lo que representas

Otros rumian un minucioso rencor que inspira a un tiempo conmiseración y suspicacia:

¡Entra en www.blocko.com para saber quién te tiene bloqueado!

Candor y rabia que no son sino muecas desesperadas ante lo inevitable: pintadas desleídas y autocompasivas en los muros de la inexpugnable fortaleza de lo fáctico.

Pero quiero acabar hablándoles de Mario Torres. Ése será su nombre y ése será su nick. Lo conocí en un foro de música clásica donde compartía sus enciclopédicos conocimientos operísticos y lucía -la frase es de Walpole- un sentido común que llegaba a lo genial. Pese a nuestra considerable diferencia de edad y temperamento, simpatizamos e intercambiamos nuestras direcciones de correo; y, durante varios meses, mantuvimos una frecuente correspondencia sobre asuntos musicales donde toda confesión personal fue tácitamente excluida.

Una tarde, recibí una invitación de contacto en el Messenger. Para mi sorpresa, se trataba de Mario. Había descubierto el programa y le había parecido oportuno agregarme a su cuenta. Nada me resultaba más incongruente que imaginar a mi amigo chateando. Su ventana mostraba la foto predefinida e inquietante de un amarillo patito de goma con el pico intensamente rojo (en suma: un patito psicópata y bujarrón) que, por contraste, arrojaba una sombra involuntariamente cómica a su escrupulosidad ortográfica: Mario escribía comenzando todas sus frases con mayúsculas y rematándolas sistemáticamente con un punto final.

Más chocante aun me resultó constatar que, casi cada vez que abría mi Messenger, encontraba conectado a mi amigo. A veces hablaba con él; aunque no mucho tiempo: lo notaba ocupado, apresurado y nervioso (sus mayúsculas iniciales, sus puntos finales y el pato de goma habían desaparecido) y no deseaba incomodarlo. Esta desconcertante situación se alargó un par de meses, durante los que dejé de recibir su habitual correspondencia.

Un sábado, ya de madrugada, volví a casa de la fiesta de cumpleaños de una amiga. En esos días esperaba con impaciencia un correo y abrí el Messenger. El correo no había llegado; pero ahí estaba Mario. La sorpresa pudo más que la discreción:

"Pero, ¿qué hace usted aquí a estas horas?"

Tardó unos minutos en responderme. Durante la hora siguiente, me contó su historia. Jamás habíamos hablado -lo he dicho- de temas personales. Quizá por eso, o quizá por la olímpica imagen que de él tenía, su confesión me impactó tanto. Antes del verano, había conocido en un blog a una chica chilena, fotógrafa y casi treinta años más joven que él. Los pormenores de su relación (el desconcierto y deslumbramiento inicial, las interminables conversaciones nocturnas frente a la pantalla, los intercambios de fotos, la nota desafinada de las primeras excusas, las laberínticas justificaciones de la ausencia y el silencio ajeno) son -estoy seguro- conocidos por todos.

"Al principio, hablábamos a diario durante horas. Últimamente, apenas una o dos veces a la semana y siempre con prisas. Ahora parece estar siempre agobiada por asuntos impostergables. Paso horas ante el ordenador esperando que aparezca. No sé qué hacer. No le he pedido su número de teléfono por temor a una negativa. He pensado en borrarla de mi cuenta o bloquearla, por si mi ausencia la mueve a ponerse en contacto conmigo. Pero no me atrevo. Me he enamorado, Francisco."

Después de esa noche y durante semanas, como si yo mismo me sintiera responsable de la suerte de mi amigo, entraba siempre con el temor de verlo conectado. No fue así. Como un vencejo velocísimo que hubiera emigrado al reino de las sombras, su cuenta aparecía desconectada con la irrevocabilidad de un epitafio.

Hace una semana, mientras preparaba las primeras clases del curso, apareció un aviso en la pantalla de mi ordenador. Acababa de recibir un correo de Mario Torres. En él me hablaba, con su antigua sensatez y sensibilidad, de la riqueza estructural de El arte de la fuga y de la desgarradora garganta con que Kathleen Ferrier interpretó La canción de la tierra poco antes de morir.

Nunca le confesaré la emoción con la que he vuelto a leer sus palabras.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Msn (1)

Soy profesor de instituto. Aunque me llevo trabajo a casa y procuro preparar las clases con decencia, tengo tiempo libre. Cuando no viajo, leo, estudio, escribo, escucho música, paseo, dibujo (esto último cada vez menos, también las manos tienen su fatiga). No me gusta la tele; ante ella me siento incómodamente pasivo: como con una amante que se afanara en hacerlo todo por mí con escasa pericia. A veces, me tumbo en el sofá o en la cama o salgo a mi patio y dejo sencillamente pasar el tiempo. En estas cosas consumo mis días. Y aun así, sigo teniendo tiempo.

Vivo en un lugar apartado: fuera de mi trabajo, no trato con nadie. Pueden pasar semanas hasta volver a encontrarme con la gente que quiero. Así que, en los momentos en que no me apetece otra cosa y el tiempo parece avanzar con fofa lentitud, me preparo un café y abro Internet. Hace unos años, descubrí el programa Messenger. Como tantos, tengo una cuenta formal y otra frívola. Al principio, daba mi dirección frívola casi indiscriminadamente: hombres o mujeres, jóvenes, viejos, compatriotas, extranjeros. Me daba igual. Soy muy curioso y me intriga saber de qué y cómo habla la gente. A lo largo de estos años, he conversado con cientos de personas. A menudo, las conversaciones no han durado más de un par de minutos; en algunos (muy pocos) casos, las conversaciones empezaron hace años y aún no han cesado.

El Messenger ha hecho posible algunos de los más viejos sueños del hombre. Uno de ellos: ser invisible cuando lo deseamos. Podemos elegir quién puede vernos conectados y quién no. Otro: deshacernos de los demás cuando molestan. Basta presionar un botón para eliminar a un contacto que se ha vuelto indeseable, como si su presencia en nuestras vidas no hubiera sido más que un lejano repique de campanas que no estamos seguros de haber oído o imaginado.

Como toda invención humana, el Messenger es un espejo que refleja nuestros deseos y nuestras carencias. En él tenemos a nuestra disposición -o así nos engañamos- una cantidad ilimitada de contactos (en el mundo virtual, ya no se habla de relaciones sino de contactos: como cuando tropiezas con un desconocido por la acera o en el supermercado). Y sin embargo, en virtud de ese mecanismo que nos hace desviar fatalmente la mirada desde cualquier punto del horizonte hasta nuestro propio ombligo, hemos convertido un espacio creado para hablar con los otros en un medio para hablar a los otros y exhibirnos ante ellos. En él, uno tiene la sensación de entrar en una plaza llena de "artistas del hambre": muchedumbres hambrientas de atención donde unos se ensordecen a otros con sus ansiosos y excluyentes kikirikís. Ante este panorama, algunos han emigrado de los chats y los foros a los blogs personales: un aplazamiento del problema; pero no una solución, porque solución no tiene (a nadie se le escapa que una comunidad conformada por individuos obsesionados por recibir atención y desinteresados por ofrecerla tiene un problemático pasado, un conflictivo presente y ningún futuro).

Ajeno a las contradicciones de sus usuarios, los programadores de Messenger nos han ofrecido un recurso más para captar miradas y robar unos segundos ajenos: no hablo de la posibilidad de mostrar fotos personales o de mostrarnos por la webcam (en el mundo de la dictadura de la imagen, el Messenger es el único espacio de comunicación no diferida donde la palabra aún es más importante que la imagen; al menos hasta que la imagen hace por primera vez su aparición con el deslumbramiento de una Venus que se yergue desnuda y desdeñosa sobre la espuma), sino de ese espacio junto a nuestro nick que nos permite dejar una firma, una huella: un lema con el que presentarnos ante los demás y que nos permita -o eso deseamos- vendimiar sus ojos.

He estado leyendo los lemas de mis contactos. "Entiende tu barrio y entenderás el mundo", decía mi abuelo. Así que voy a contarles lo que en mi barrio se dice.

Hay quienes te comunican algún acontecimiento cotidiano y (más o menos) relevante:

Al fin he encontrado piso (el problema es, advertiría yo, poder pagarlo...).

A un mes de la gran boda (ignoro si acabó celebrándose el feliz acontecimiento; la firmante lleva meses con el mismo lema. Hubo plantón o me tiene bloqueado).

Comienzan mis vacaciones en un par de horas (que deja traslucir una inconcebible cantidad de ansiedad y estrés)

Fina, me han llamado la atención los toalleros, pero no los necesito (confidencia sin duda interesante para Fina, pero irrelevante para el resto: bastaba una llamada).

Pero este último comentario me da pie a trascribir aquellos lemas que podríamos incluir en la categoría de "Lemas con destinatario falsamente particular" (algo así como cuando alguien procura -raro- alabarte o -más común- injuriarte en público por un asunto privado).

Enérgicos e individualistas: No quiero ser como tú ni como nadie

Despechados: Tú te lo pierdes...

Tanáticos: Santi, me muero por ti

Pintorescos y desordenados: Me das más miedo tú que las tormentas... ay mamita... yo a ti te como

Ambiguos: Te quiero, chiqui (imposible determinar si el destinatario es hombre o mujer; firma además, andróginamente, un o una tal Gordi. Espeluzna imaginar sus conversaciones...)

Apodícticos: Marta, eres una PUTA

Los hay que se cuidan de transmitir su adhesión o animadversión visceral y casi siempre sangrienta por entidades más o menos abstractas y metafísicas:

Sevillista hasta la muerte.

Chicharrera hasta la muerte

(Constato una inquietante querencia por la muerte entre mis "contactos")

Ole mi Betis bueno (de reconfortante ingenuidad; firma mi joven primo)

ZP traidor. Viva España ("La verdad de la patria la cantan los himnos: todos son canciones de guerra", dice Ferlosio)

Rajoy, confiamos en ti (animoso y electoralista: mi Messenger convertido en mitin)

Otros manifiestan sus tribulaciones y delirios eludiendo toda referencia externa, ensimismados en su yoidad dolorida y superfetatoria:

Toy muy triste.

Vaya mierda...

Soy el amo

Qué malita estoy y qué poco me quejo.

Miau

Para hacerme feliz, hay que estar muy loco... por mí (de un escandaloso solipsismo)

Tengo abiertos todos mis chakras (sin comentarios)

Muy apreciados son los lemas líricos y aforísticos. Verbigracia:

No estoy dormida: sólo sueño despierta.

Con el paso de los años, nada es como yo soñé.

Si tienes un sueño... haz de tu vida un sueño, y de tu sueño una vida

Me dormí para olvidarte, pero olvidé que tú eras mi sueño

(Como se ve, el topos del sueño es una variante calderoniana y conceptista que arrasa. Uno podría concluir que los españoles se debaten ininterrumpidamente entre las tentaciones de dormir y matar o morir. No obstante, hay quien se toma la cuestión con espíritu falsamente aprensivo, prosaico y siestero, tal como se puede apreciar en lo que sigue)

Imagina la vida sin tu cama

En esta variante sentenciosa, cabe destacar también:

Si revelas tus secretos al viento, no le eches la culpa al viento por revelárselos a los árboles

La felicidad es un espejo que no tiene nada que reflejar (¿banal o iluminado?)

Ser fiel a uno mismo no implica pensar sólo en sí mismo (me aplico el cuento)

Si estás triste sonríe, llorar es demasiado fácil (voluntarista y estoico)

Antes de la vejez, procuré vivir bien; en la vejez, procuro morir bien (de un pragmatismo que asusta)

La hembra es hembra en virtud de cierta falta de cualidades. Aristóteles (384 AC-322 AC) Filósofo griego (lo espeluznante no es tanto la frase en sí, como el hecho de que sea necesario aclarar quién es Aristóteles)

Claro que hay quien se toma el asunto con guasa:

Cuando sientas que el mundo se te viene encima, ábrete de piernas

Tonto el que lo lea (que uno creía extingido tras la generalización del alfabetismo)

Espacio para comentarios pedantes que hagan parecer al que firma más listo de lo que en realidad es (autorrefencial y concluyente)

Hasta aquí el inventario.

martes, 11 de septiembre de 2007

Arder un instante en el viento

Fui un niño y un joven impaciente. La infancia y la juventud son edades en las que todo se quiere aquí y ahora: épocas encarceladas en el presente. Para bien. Para mal. Recuerdo algo que repetía mi abuela (las mujeres, mucho más que los hombres, conocen la modestia de la sabiduría): "Hijo: nunca tengas prisa para lo importante, sólo para lo urgente". Pero ya sabía Wilde que no puede enseñarse nada que merezca la pena ser aprendido. Y esta urgencia es algo que sólo he aprendido a superar con ayuda de los escarmientos del tiempo.

Enumerativamente, confesaré que no me acostumbro a los ritmos de hoy: en los restaurantes, tengo la sensación (acertada) de que mastico más lento que nadie; leo siempre subrayando, anotando, copiando o memorizando los pasajes que me incumben; en la cama, las mujeres se me antojan casi siempre ansiosas, desalentadoramente imperativas; en el cine, atornillado en mi butaca, me he acostumbrado a recibir la mirada impaciente de aquellos a los que obstaculizo el paso cuando salen disparados ya antes del fundido en negro; de viaje, me gusta parar cada pocos minutos a contemplar el paisaje desde improvisados miradores o a tomar un café en pueblos atravesados al azar; nunca me impaciento cuando las mujeres "se arreglan"; al contrario: siento un placer tan lánguido y embelesador observándolas que me molestaría que dejaran sin repasar la más recóndita parte de su anatomía, vestuario o complementos. Sintéticamente, confesaré que a veces me siento como un reloj de arena en un mundo de relojes digitales.

Pero si hay un ámbito en que este apresuramiento me irrita es el de las relaciones personales. Hace unas semanas entré en un chat de contactos. Sentía curiosidad por conocer los nuevos códigos con los que hoy se corteja. Nada más entrar, el desconcierto: conversaciones erráticas, descoyuntadas; iconos de caritas con muecas amarillentas; apodos semipornográficos; onomatopeyas por doquier; ventanitas emergentes de lo que sólo al cabo del tiempo descubrí que eran mensajes privados. Quizá los que conversan en chats manejan un complejo código que yo no he aprendido a decodificar; pero todo aquello me transmitía una impresión de desgarradora trivialidad: la angustia de necesitar comunicarse y no poseer recursos para hacerlo [1].

Ya he explicado en otro artículo mis aprensiones ante los riesgos de la escritura en foros y en blogs (sintomáticamente, la primera variante está siendo fagocitada por la segunda: de lo orgiástico a lo masturbatorio). En uno de sus ensayos, William Hazlitt hace referencia a la correspondencia del Barón von Grimm, donde el prologuista incluye esta reflexión sobre los salones del siglo XVIII:

Allí donde hay una amplia comunidad de personas cuya única ocupación consiste en hallar entretenimiento, brotará inevitablemente la agudeza del intelecto, el refinamiento en los modos y el buen gusto en la conversación; y, con la misma seguridad, se descartarán el pensamiento profundo y la pasión seria.

La multitud de personas y cosas que, en tal caso, fuerzan sobre ellas la atención, así como la rapidez con que se suceden unas a otras antes de desaparecer, impiden que ninguna de ellas deje una impresión profunda ni duradera. Y la mente, que nunca ha tenido que emplearse en un método aplicado, y que desde hace mucho tiempo se ha habituado a esa vivaracha sucesión de objetos, al final termina por exigir la excitación que provoca el cambio permanente; de tal modo que encontrar una multiplicidad de amigos le parece tan indispensable como tener una multiplicidad de diversiones. Así, las características de esta amplia sociedad se reducen casi forzosamente al ingenio y la crueldad, a la agudeza y la mofa perpetuas.

La misma impaciencia hacia la uniformidad y la misma pasión por la variedad que tanta gracia confieren a sus conversaciones -aquellas que evitan el tedio y las disputas pertinaces- les hacen incapaces de detenerse siquiera durante unos minutos en los sentimientos y las preocupaciones de un individuo; al mismo tiempo, su búsqueda constante de gratificaciones insignificantes y su débil miedo hacia las sensaciones molestas les convierten en enemigos de la comprensión exacta y el pensamiento profundo.

Estas palabras, escritas casi dos siglos antes de la aparición de Internet, resuenan hoy con una extraña pertinencia. Vivimos en una especie de consumismo, de "zapeo" espiritual por el que procuramos experimentarlo todo y a todos para acabar por no centrarnos en nada ni en nadie. Kafka -judío, virtuoso de la postergación- escribió: "Sólo hay tres pecados: la impaciencia, la impaciencia, la impaciencia". Pienso en el amor, que nos alecciona en los rigores de la paciencia, y recuerdo "The broken tower", el poema de Hart Crane:

Al mundo roto entré, tras las huellas fantasmas
del amor, y su voz -¿dónde sonó, terrible?-
ardió en desesperadas, elegidas imágenes
un instante en el viento sin que pudiese asirlas.
¿Seremos capaces de mantener el atrevimiento, la imprudencia, el valor, la candidez de arder en el viento el tiempo necesario para poder asirnos? ¿Creemos que merece la pena? ¿Estamos dispuestos a reconocer que merece la pena?


[1] Mi límite lo marcó una breve conversación (privada y -doy mi palabra- real) que intentaré reproducir fielmente, conservando la idiosincrasia ortográfica de mi interlocutora:

wapa_sevilla: ola
Francisco Sianes: Hola.
w_s: de donde eres
F.S.: Soy sevillano.
w_s: yo tb
F.S.: Sí: lo había deducido por tu apodo.
w_s: ajjajajajj eres mu gracioso [?]
w_s: quieres sexo?
F.S.: Mujer: no sé qué decirte... Así, en frío, en plena digestión...
w_s: yo vivo en nervion y tu? puedo ir a tu casa, si kieres
F.S.: Oye: ¿no te parece un poco precipitado?
w_s: no te gusta follar? eres marikita?
F.S.: Pero ¿esto qué es? ¿Una encuesta de Durex? Bueno... No sé bien qué decirte. Estoy algo desconcertado. ¿Qué te gusta hacer?
w_s: me gusta chupar, el sexo anal y el spanking
F.S.: Lo primero y lo segundo me suenan; pero, ¿qué es el spanking?
w_s: azotes en el culo
F.S.: Ah... Y aparte del sputnik ese: ¿qué más te gusta?
w_s: k m agarren del pelo, k m den fuerte y una propina de 200 euros
w_s: jejeje

miércoles, 5 de septiembre de 2007

París, 2 de abril

En la mítica librería Shakespeare no conocen a George Steiner. Pregunto al dependiente por uno de sus libros. Desconcertado, consulta a una compañera que se vuelve hacia mí para decirme: "¿Es autor de ficción?" La ficción, pienso, son las humanidades.

Quizá para resarcirlo mentalmente, compro la edición francesa de Presencias reales en la plaza de la Sorbona. Pero la realidad nos desaconseja ser enfáticos en nuestras desilusiones y, a veces, nos ofrece compensaciones secretas: encuentro el tributo a las humanidades en los Jardines de Luxemburgo. Jóvenes, adultos y ancianos leen, estudian, escriben en sus cuadernos y portátiles mientras toman el sol. Muchos de ellos leen con un lápiz en la mano -me acuerdo, sonriendo, del ignorado Steiner: un intelectual es, sencillamente, alguien que lee con lápiz-. El ocio sereno y silencioso de estos jardines me hace sentir una modesta alegría.



Me siento en un banco al pie del Sagrado Corazón, en Montmartre, para observar a los visitantes que ascienden penosamente la escalinata, resoplando con las manos en la cintura como morsas enloquecidas y exhaustas.

A mi lado, dos jóvenes norteamericanas pijas (vestidas con un estilo estudiado y vaquero -minifaldas y camisas repujadas, botas de piel-, maquilladas y peinadas de forma convencionalmente esmerada) comen pizza, beben cerveza y fuman Marlboro con voraz promiscuidad. Me parece estar asistiendo a la puesta en escena de un telefilme estudiantil. ¿Son sus vidas tan previsibles como aparentan? ¿Cómo es el relato que se cuentan a sí mismas mientras visitan la ciudad? ¿Qué historias contarán cuando vuelvan a casa? Me recuerdan algo: allá donde viajamos, llevamos nuestra cultura a cuestas. ¿Es más rico, más pertinente, más enriquecedor el propio relato que yo me cuento mientras escribo estas notas?

Se levantan y una de ellas se acerca a dos parisinos de mediana edad para que les tomen una foto. El más orondo coge la cámara con una sonrisita coqueta y las acecha hasta que se colocan al pie de la escalinata. Una de ellas le pide que espere: lleva un jersey en la cintura y no quiere que aparezca en la foto. Con pocos escrúpulos, lo lanza al suelo; luego anima a su compañera (que precisa de pocos estímulos) a adoptar una postura de pin-up; y finalmente, con un gracioso gesto de la mano que abarca la escalinata, la iglesia, el cielo, la propia espesura y la tonalidad de la tarde, le indica a su fotógrafo: "Every". Luego se acerca sonriendo para que le devuelva su cámara y se agacha para recoger el jersey, momento que el avispado fotógrafo aprovecha para buscar la perspectiva más abarcadora de su entrepierna; vuelve con su amiga, le dedica al encantado fotógrafo un "Thank you!" agudo y, como quien emprende una gesta imposible con generosidad de ánimo, comienza a subir la blanca escalinata. Los dos parisinos intercambian miraditas procaces y se quedan un rato mirándoles el culo. Ellas, previsiblemente, llegarán arriba agotadas.

Ya en la iglesia, un joven en camiseta de mangas cortas escucha la misa. Sus gestos, mezcla de misticismo y desvarío, contrastan con la quieta desesperación de una anciana que reza de rodillas a su espalda. Un sacerdote negro oficia, mientras el coro de monjas entona cantos de liturgia. Contemplo las estatuas iluminadas por la luz de las vidrieras: monjas inertes que transmiten una devoción no menos profunda que las que ahora cantan durante el oficio y que, para la medida del tiempo de la piedra, habrán muerto en un instante. Sólo quedará de ellas el símbolo petrificado de estas monjas que me miran, con sus ojos ciegos, desde un tiempo en el que ya no hay tiempo: el mismo del que me hablan las gargantas vivas que se apagan con el fin del canto. Todo es, a la vez, elocuente e inútil en este solemne templo. La monumentalidad intenta honrar y convocar una espiritualidad para la que basta un solo ser humano traspasado por la fe. Pienso en el joven y en la anciana que ahora -distintos, angustiados, repentinamente unidos al estrecharse la mano- se dan la paz.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Una vida de fregona

Salgo poco de noche. O debería decir mejor que frecuento poco "la noche". No es que sienta el ambiente especialmente frívolo o vacuo, tampoco es que no sepa manejar el código nocturno de gestos, silencios y miradas; pero, en el fondo, toda va a trasmano para mí. Demasiada ansiedad, demasiadas expectativas insatisfechas (quizá imposibles de satisfacer); una alegría y una vivacidad demasiado ruidosas, demasiado teatrales para ser auténticas; demasiada premeditación. No es mi mundo.

Pero, hace unos días, me dejé arrastrar por una amiga a un local de moda. Acababan las vacaciones y ella insistía en que había que apurarlas. Supongo que mi amiga adivinaba en mis ojos entrecerrados y poco alentadores que mi idea de apurar las vacaciones tenía poco que ver con la suya; pero a veces me cuesta decir "No". Así que tomé aire, me levanté de mi cómodo sillón, miré con aprensión el libro que acababa de dejar sobre la mesita y la acompañé sin protestas.

No quiero parecer pusilánime; pero me sentí inquieto desde que entré en el local. Intentaba disimular para no aguarle la fiesta a mi amiga, hasta que descubrí que mi inquietud no era más que una reacción física: la música estaba tan alta que me hacía retumbar (literalmente) la caja torácica. Pensé en rogarle a alguna de las camareras que bajara un poco el volumen; pero reflexioné que lo tomaría por una gracieta, un capricho de lunático o un coqueteo a la desesperada. Así que me aseguré visualmente de que mi amiga estaba ya rodeada por una bandada de buitres y busqué (inverosímilmente) un lugar tranquilo. Para ello tuve que rozarme sin decoro contra varios chicos y chicas, que recibieron mis magreos (lo juro) involuntarios con absoluta desafección o con miradas invitadoras que me aseguré de no secundar.

Al fin encontré un asiento libre; pero entonces me di cuenta de que no tenía nada para beber. Así que di media vuelta y me lancé a la pista de baile. Esta nueva tanda de roces y magreos (lo juro) involuntarios sí que despertó la suspicacia de alguna que otra bailarina y de sus admiradores, que me observaban con una mezcla de condescendencia y envidia por mi (supuesto) atrevimiento. Consciente de la facilidad con que se incendian los ánimos en estas circunstancias, me escabullí lo más rápido que pude hacia la barra, en la que permanecí durante interminables minutos hasta que comprendí que allí nadie respetaba el turno de llegada. Esta situación candorosa y desconcertante la disculpa quizá el hecho de que llevo años viviendo solo: eventualidad que obliga a hacer visitas periódicas a la pescadería, la frutería y otros locales no tan de moda, donde el respeto a tales normas civilizadas (excepción hecha de alguna ama de casa impaciente, descarada y talludita) es ley. El caso es que cuando una camarera reparó en mi aspecto desorientado, se acercó con esa desgarradora sonrisa de barra que está presente en los labios pero no en los ojos y me preguntó (o así lo interpreté yo, porque no podía oírla):

- ¿Qué vas a tomar?
- Un café con leche, por favor.
- ¿Cómo?
- ¡UN CAFÉ CON LECHE! (Tuvo que entenderme: tengo un buen torrente de voz; de hecho, una chica a mi lado -concienzudamente estrábica- dio un respingo y me miró con un ojo asustado y otro enloquecido)
- ¿¡QUÉ!? (Ella tampoco era muda...)
- ¿Servís cafés? Allí veo una máquina...
- Ah... ¡que quieres tomar un café!
- Sí, con leche.
- ¿A estás horas?
- Sí, mami: ¿me lo llevas a la cama?
- Ahora te lo traigo. (Risita ambigua)

Trajinó un buen rato, rezongando ante la máquina, mientras las otras compañeras observaban sus torpes movimientos (presumiblemente, no hacía el turno de tarde) con estupefacción y rencor (debían de pensar que se escaqueaba).

- Tu café... con leche. (Más risitas)

Consideré que no merecía la pena seguirle el vacile a aquella chica: mis juegos de palabras lácteos no son precisamente sutiles y no quería arriesgarme a recibir una respuesta airada (o incluso una bofetada). Así que me largué. Para llegar de nuevo a mi asiento, tuve que volver a atravesar, con la taza entre las manos, la masa de cuerpos que se contorsionaban apretada y espasmódicamente frente a mí; con la dificultad añadida de que el café salpicaba ligeramente cada vez que los altavoces expulsaban una nota singularmente potente (casi todas). Lo más angustioso del asunto es que hacía un calor de espanto y que todo el mundo parecía sudar de forma descontrolada y atroz. Yo intentaba llevar la taza en alto para evitar que las gotas de sudor cayeran dentro, al tiempo que hacía virtuosos equilibrismos para no volcar el café sobre los bailarines. Felizmente, no hubo que lamentar contratiempos (si por tal cosa descartamos la mirada ya decididamente inquieta de ellas, ya declaradamente amenazante de ellos). Llegué a mi asiento, que seguía libre, y (sofocado y exhausto) me senté con mi café.

Cuento todo esto porque, mientras estaba allí (hundiéndome inadvertida pero irremisiblemente en un sillón verde pistacho de última generación) pude observar con cierta calma a la gente que bailaba o conversaba (o hacía que conversaba. Imposible que oyeran nada). Puede que yo estuviera predispuesto a ver así las cosas; pero se hablaban no como lo harían dos personas que se gustan, sino como dos actores que interpretaran a personajes que se gustan. Más que una verdadera pasión, aquello parecía un rito o simulacro ineludible para alcanzar la presa. Incluso cuando se miraban a los ojos o se besaban o se metían mano parecían extrañamente ausentes. Parecían estar revisando mentalmente qué pasos debían dar. No había duda: muchas de estas parejas repentinas acabarían follando esa noche; pero daba la impresión de que, mentalmente, lo habían hecho ya: lo que seguía era sólo la confirmación de algo que ya se daba por pasado. Tal vez por olvidado.

Entonces recordé una escena de un libro (Ampliación del campo de batalla) que había leído no hacía mucho. El narrador (en una situación muy parecida a la que yo estaba viviendo en las verdosas arenas movedizas del sillón) observa a una chica en una discoteca. Y se dice:

Esa niña era una maravilla, estaba íntimamente convencido; pero no era grave, ya me había masturbado. Desde el punto de vista amoroso Véronique pertenecía, como todos nosotros, a una generación sacrificada. Había sido, desde luego, capaz de amar; le habría gustado seguir siéndolo, se lo concedo; pero ya no era posible. Fenómeno raro, el amor sólo puede nacer en condiciones mentales especiales, que pocas veces se reúnen y que son de todo punto opuestas a la libertad de costumbres que caracteriza la época moderna. Véronique había conocido demasiadas discotecas y demasiados amantes; semejante modo de vida empobrece al ser humano, infligiéndole daños a veces graves y siempre irreversibles. El amor como inocencia y como capacidad de ilusión, como aptitud para resumir el conjunto del otro sexo en un solo ser amado, rara vez resiste un año de vagabundeo sexual, y nunca dos. En realidad, las sucesivas experiencias sexuales acumuladas en el curso de la adolescencia minan y destruyen con toda rapidez cualquier posibilidad de proyección novelesca; poco a poco, y de hecho bastante deprisa, se vuelve uno tan capaz de amar como una fregona vieja. Y desde ese momento uno lleva, claro, una vida de fregona; al envejecer se vuelve menos seductor, y por tanto amargado. Uno envidia a los jóvenes, y por tanto los odia. Este odio, condenado a ser inconfesable, se envenena y se vuelve cada vez más ardiente; luego se mitiga y se extingue, como se extingue todo. Y sólo quedan la amargura y el asco, la enfermedad y esperar la muerte.

Pensando en todo esto, no me percaté de que la pareja que yo estaba observando había desaparecido de mi campo de visión. Un poco desubicado, sin duda incómodo, me llevé la taza a los labios; pero el café ya estaba frío y (mis escrúpulos no me permitían reconocérmelo) algo salado. En estas circunstancias me encontró mi amiga: zozobrando en el sillón de diseño y aferrado a una taza de café con leche y sudor. Debía de transmitir yo una absoluta impresión de desamparo, porque se acercó a mí y me dijo piadosamente:

- Fran... pero ¿qué haces aquí sentado solo, hombre?
- (Largo silencio. Mirada suplicante) Deseo salir de aquí.
- Anda, sí: vámonos a casa...

La novela de Houellebecq cuenta, precisamente, lo que nos sucede durante esos largos silencios

en los que tu absoluta soledad, la sensación de vacuidad universal, el presentimiento de que tu vida se acerca a un desastre doloroso y definitivo, se conjugan para hundirte en un estado de verdadero sufrimiento. Y, sin embargo, todavía no tienes ganas de morir.

Salí de allí acompañado por mi amiga; pero esta vez no me rocé con nadie ni a nadie magreé. El local empezaba a quedarse vacío y la música arreciaba con más fuerza que nunca. Ya fuera, durante el camino a casa, en la ducha, incluso acostado en la oscuridad y el silencio de la cama, imaginaba a esas parejas en camas menos oscuras y menos silenciosas que la mía, cumpliendo un trámite que certificaría hasta qué extremo, con qué naturalidad y entereza, han aprendido a ser incapaces de amar.

sábado, 1 de septiembre de 2007

La escuela de la esperanza

Dedicado a mis compañeros de trabajo.


Los profesores sabemos conjugar los verbos del desaliento.

Ahora que comienza un nuevo curso, quiero recordar las palabras, la consoladora lucidez de uno de los grandes maestros vivos. Reproduzco algunas reflexiones de George Steiner sobre la educación y la labor del profesor. Son parte de una conversación que mantuvo con Antoine Spire en radio France-Culture (los franceses y su amor por la palabra), publicada en España por el Taller de Mario Muchnik.

La primera -como advierte el alarmado entrevistador- sería anatemizada por los ideólogos y turiferarios de nuestros sistema educativo. Contraponer estas palabras a la jerga psicopédagógica que infesta los institutos españoles es como asistir, tras la tormenta, al rompimiento de gloria.

ANTOINE SPIRE: Dice usted que nació minusválido de la mano y del brazo derechos, y que cierta dosis de voluntarismo de sus padres... porque hay un voluntarismo cultural (del que acabamos de hablar) y se necesita un asombroso voluntarismo para forzarlo a escribir con la mano derecha minusválida. Creo que le ataban la mano izquierda a la espalda, para obligarlo a escribir con la derecha. ¡Sería incomprensible hoy día!

GEORGE STEINER: Pues verá: ¡lo siento por hoy! Una vez que aprendido el hecho de que un pequeño hándicap es, al contrario, un gran privilegio, es decir una escuela de esperanza, una escuela de voluntad donde se califica cada progreso, el hecho de que para atarse los lazos de los zapatos uno necesite un año de ejercicio (cuando ya existían los cierres de cremallera)... es de eso precisamente de lo que estamos hablando: o sea, en lugar de decirle al niño "Pobrecito te facilitaremos las cosas", se le dice: "¡Qué suerte tienes, te las haremos más difíciles!" Sin caer en la más mínima presunción, créame, comprendí muy muy pronto una de las máximas preferidas de mi padre (es de Spinoza), que dice que "la cosa excelente ha de ser muy difícil" ¡Que sí, es exacto! Para nada se trata de castigar. Hoy, cuando todas son terapias de facilidad, creo que es mucho más difícil crecer con alegría -y subrayo alegría. La lucha por resolver los problemas cotidianos: tuve la suerte inmensa de tener padres que lo habían comprendido. No había nada sádico ni de siniestro: cuando llega el éxito es una risotada de alegría.
Pero la cultura no es un don, es una conquista. Y hemos decidido que la alegría del saber es una conquista demasiado costosa: siempre una victoria pírrica contra la barbarie. ¿Para qué esforzarse?

Freud creyó que (...) jamás la cultura, la civilización podrían resistir a las pulsiones profundas de destrucción y sadismo. Me doy cuenta otra vez, a mi edad, al cabo de cuarenta y cinco años de enseñanza, que también en la enseñanza hay una parte, a veces, de sadismo, de dominación. La palabra inglesa es muy bella, viene del latín praepotens: intentar imponer el propio conocimiento. La cultura es algo de elite, y dice Goethe: "La verdad pertenece a muy pocos". Sucede que en este planeta el noventa y nueve por ciento de los seres humanos prefiere, y están en su derecho, la televisión más idiota, la lotería, el Tour de Francia, el fútbol, el bingo antes que Esquilo o Platón. Durante toda la vida uno espera equivocarse y cambiar el porcentaje mediante la enseñanza, la diseminación de museos, el sueño de Malraux, las casas de la cultura. ¡Pero no! El animal humano es muy perezoso, probablemente de gustos muy primitivos, mientras que la cultura es exigente, cruel por el trabajo que exige. Aprender una lengua, aprender a resolver una función elíptica no es nada divertido. Es con el sudor del alma como se aprenden estas cosas. La mayoría dice: "Pero por qué? ¿Qué gano con ello?" Las luces decían: "Poco a poco, gracias a la escolarización, el porcentaje cambiará". Ya no lo creo o, al menos, ya no estoy convencido de ello.
Nos lo reconozcamos o no, es algo que todos sabemos. Pero, ante este conocimiento, podemos tomar dos caminos: la lucha o la rendición. Conocemos la respuesta de la mayoría de los políticos, padres y pedagogos y (lo más estremecedor) de buena parte de los profesores. Ante las dificultades de la auténtica formación, la anestesia de la voluntad y del raciocinio. Los valores del esfuerzo y la disciplina han sido devorados por lo lúdico: hemos convertido nuestros hogares en guarderías; nuestros centros educativos, en clubes sociales; nuestra sociedad, en un gigantesco parque de atracciones para cuyo acceso sólo es necesario el pago de la costosa entrada.

Y sin embargo, los profesores:

Debemos enseñar -no, eso es demasiado arrogante: debemos dar el ejemplo. Lo dije en la Sorbona, en París: somos invitados de la vida. ¡En este pequeño planeta en peligro debemos ser huéspedes! El francés tienes un término milagroso casi intraducible: la palabra huésped denota tanto a quien acoge como a quien es acogido. Es un término milagroso. ¡Es ambas cosas! Aprender a ser el invitado de los demás y a dejar la casa a la que uno ha sido invitado un poco más rica, más humana, más justa, más bella de lo que uno la encontró. Creo que es nuestra misión, nuestra tarea. Sé que es pomposo hablar de misión -no encuentro la palabra adecuada-, es nuestra vocación, nuestra llamada al viaje con los seres humanos, a ser siempre los peregrinos de lo posible. Y eso excita a los demás a la vez admiración y odio, simpatía y miedo.
La admiración y la simpatía de los menos. El odio y el miedo de los más. Es de justicia decirlo.

Y sin embargo:

Hay una bellísima costumbre talmúdica (...): al final de un largo diálogo sobre problemas demasiado difíciles uno puede permitirse la anécdota. Y espero que usted me lo permita, porque contando historias es como uno intenta comprender. Bajo Brezhnev -que no era lo peor, era grave pero no era Stalin- había una joven rusa en una universidad, especialista en literatura romántica inglesa. La metieron en un calabozo, sin luz, sin papel, sin lápiz, a causa de una delación idiota y completamente falsa, ni falta hace aclararlo. Conocía de memoria el Don Juan de Byron (treinta mil versos, o más). En la oscuridad lo traducía mentalmente en rimas rusas. Sale de la prisión habiendo perdido la vista, dicta la traducción a una amiga y ésa es ahora la gran traducción rusa de Byron. Ante ello, me digo varias cosas. En primer lugar, que la mente humana es totalmente indestructible. En segundo lugar, que la poesía puede salvar al hombre. Hasta en lo imposible. En tercer lugar, que una traducción, incluso con la imperfección humana, traduce lo que traduce, lo cual es otra manera de decir que hay una relación entre lenguaje y realidad. Y en cuarto lugar, me digo que debemos ser muy felices.
Los profesores sabemos también conjugar los verbos de la esperanza de esa lengua al norte del futuro en la que Steiner nos habla desde hace años. Para ser buenos maestros debemos ser también buenos alumnos. Quiero escuchar a uno de mis maestros: "La poesía puede salvar al hombre". Así que cedo la palabra a los poetas. Paul Valéry escribió: La esperanza es la resistencia del ser ante las previsiones de su mente. Y, aun cuando esa resistencia acaba en derrota, Claudio Rodríguez, otro poeta, responde: Estamos en derrota, nunca en doma.

Los verdaderos maestros, peregrinos de lo posible, saben que es una batalla que merece la pena librar. Una batalla que merece la pena ganar. Que incluso merece la pena perder.

viernes, 31 de agosto de 2007

Tú y yo

Ardiendo en el hogar de la presencia,
al pie del blanco almendro iluminado,
se abre entre temblor y transparencia
la flor entre los cuerpos anudados
el sol entre el ramaje entrelazado.

miércoles, 29 de agosto de 2007

París, 1 de abril

"Abril es el mes más cruel"; pero a París llega con una mañana clara y luminosa y el Allegro assai del Cuarteto op. 130 de Beethoven.

Recorro el Louvre, donde cuatro vigilantes controlan y dispersan sin miramientos las manadas de turistas que -reconociéndola, pero sin verla- se abalanzan sobre la Monna Lisa y donde las paredes multiplican las miradas de modelos retratados hace ya siglos; y, ante la ansiedad de los turistas y la calma de los lienzos, siento una vez más lo que en tantos museos he sentido; sólo que hoy tengo en la memoria palabras para ese sentimiento: "Los dormidos y los muertos no son sino como pinturas", dijo nuestro Shakespeare, y yo a veces pienso que las personas todas son sólo eso, como pinturas, dormidos presentes y futuros muertos.

Fuera, sin embargo, unos jóvenes negros patinan en la Plaza del Palais Royal. Sus cuerpos elásticos y poderosos, sus movimientos dinámicos, aparentemente despreocupados y velocísimos transmiten la paralizante intensidad de vida de las panteras. Con aprensión, comparo su potencia física con la mía: su acuerdo con el propio cuerpo, su vida sexual que presumo salvaje, imperativa. Y he de reconocerme que pertenezco más a la vida en suspenso de los retratados del Louvre que a la de estos jóvenes que juegan a perseguirse ante espectadores silenciosos. No pesa el corazón de los veloces; pero el mío sí.

En el metro, observo a la muchacha que está sentada frente a mí. Es guapa y displicente; sus gestos -incluso su sonrisa- son económicos y severos. Parece haber comprendido que no es necesario malgastar más energía para representar cabalmente el papel de sí misma que se ha acostumbrado a asumir. Un poco más allá, otra chica llora en su asiento; enfrente, una tercera chica la mira con timidez. Puedo imaginar lo que piensa: ¿debe decicarle alguna palabra, algún gesto de preocupación o consuelo? ¿Lo recibirá con agradecimiento o con la incomodidad y el recelo que provoca una intromisión no deseada? La veo dudar durante un tiempo; pero acaba levantándose con el gesto triste y aliviado de quien sabe que no está en sus manos acertar. En las ciudades, todos hemos aprendido a ser extraños bajo nuestras miradas huidizas, nuestros walkmans encendidos y nuestros libros abiertos. Y siento que no son menos distantes que los cuadros del Louvre ni menos ajenas que los negros del Palais Royal estas tres chicas parisinas tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida.

Camino por las Tullerías a través de la tarde y veo a lo lejos un pequeño estanque rodeado de sillas vacías que miran al atardecer. Me acerco en silencio y, con parsimonia, me siento en una de ellas y contemplo París. La ciudad que ha sobrevivido a las invasiones de los bárbaros y al exhibicionismo de las guías turísticas, que se muestra luminosa e impasible, airosa, indestructible en su serena grandeza. Aquí conviven, bajo la difuminada luz de la tarde, la iglesia de Saint Eustache, que ofrece sus dorados arbotantes con la discreta seguridad de una modesta y hermosa muchacha segura de deslumbrar; la Madelaine, con su ominosa y tensa geometría al acecho; el museo del Louvre, en cuyo interior el hombre del guante esconde su esquiva mirada a la espalda del misterio desalojado de la Gioconda; el obelisco, en torno al que se extiende la infinita plaza de las Tullerías, que la mirada no puede abarcar; la Torre Eiffel, que trenza sus miembros oscuros frente al ocaso en lontananza; el Sena que acogió, a flor de agua, el cadáver tranquilo de Paul Celan; los jóvenes que patinan como animales veloces; las muchachas hermosas que sonríen con arrogancia y las no tan hermosas que lloran con pudor; y el viajero que, sentado en una de las sillas del crepúsculo, traza en su cuaderno el mapa sentimental de la ciudad que contempla hasta la noche, cuando al fin se levanta para volver a casa y ser, en la oscuridad del sueño, uno más de los dormidos presentes y futuros muertos.

jueves, 9 de agosto de 2007

Confirmación

Mateo XXV:30

El primer puente de Constitución y a mis pies
Fragor de trenes que tejían laberintos de hierro.
Humo y silbatos escalaban la noche,
Que de golpe fue el Juicio Universal.
Desde el invisible horizonte
Y desde el centro de mi ser, una voz infinita
Dijo estas cosas (estas cosas, no estas palabras,
Que son mi pobre traducción temporal de una sola palabra):
- Estrellas, pan, bibliotecas orientales y occidentales,
Naipes, tableros de ajedrez, galerías, claraboyas y sótanos,
Un cuerpo humano para andar por la tierra,
Uñas que crecen en la noche, en la muerte,
Sombra que olvida, atareados espejos que multiplican,
Declives de la música, la más dócil de las formas del tiempo,
Fronteras del Brasil y del Uruguay, caballos y mañanas,
Una pesa de bronce y un ejemplar de la Saga de Grettir,
Álgebra y fuego, la carga de Junín en tu sangre,
Días más populosos que Balzac, el olor de la madreselva,
Amor y víspera de amor y recuerdos intolerables,
El sueño como un tesoro enterrado, el dadivoso azar
Y la memoria, que el hombre no mira sin vértigo,
Todo eso te fue dado, y también
El antiguo alimento de los héroes:
La falsía, la derrota, la humillación.
En vano te hemos prodigado el océano,
En vano el sol, que vieron los maravillados ojos de Whitman;
Has gastado los años y te han gastado,
Y todavía no has escrito el poema.

(J.L. Borges)

Advertencia

Nunca se criticará demasiado al siglo XIX por haber favorecido a esa ralea de glosadores, esas máquinas de leer, esa malformación del espíritu que encarna el Profesor -símbolo de la decadencia de una civilización, de la degradación del gusto, de la supremacía del trabajo sobre el capricho.

Ver todo desde el exterior, sistematizar lo inefable, no mirar nada de frente, hacer el inventario de los proyectos de los demás... Todo comentario a una obra es ramplón e inútil, pues todo lo que no es directo es nulo.

En el pasado, los profesores se consagraban con preferencia a la teología; al menos tenían la excusa de enseñar lo absoluto, de limitarse a Dios, mientras que ahora nada escapa a su competencia asesina.

(E.M. Cioran)

miércoles, 27 de junio de 2007

Brancusi y Paz

Quieto
No en la rama
En el aire
No en el aire
En el instante
El colibrí


miércoles, 20 de junio de 2007

Internet y el futuro de la narrativa

Se ha abierto un interesante debate en varios blogs sobre la "autopublicación" sin intermediarios. No entraré en sus pormenores. Atenderé sólo a los argumentos que, por su pertinencia o su desorientación, clarifican el tema [1].

Dejo aparte controversias semánticas sobre conceptos como calidad, masa o individualización masiva. La cuestión más relevante del debate es, a mi entender, la de los filtros.

Nonwriter: Mi problema es más bien el exceso (unos 150.000 libros en español al año) y el desenfoque que este exceso procura. A medida que la marea de libros crece uno va necesitando afinar más sus métodos de selección y descarte. (...) Por eso encuentro que cada vez son más necesarios los filtros, y el montaje de la industria editorial, con sus profesionales del examen de manuscritos y sus asesores de marketing cumple, queramos que no, un papel de primer dique que no se debe desdeñar (...) Un catálogo editorial infinito (Lulu saca 15.000 libros al mes, y subiendo) desalentará al lector de novedades antes que estimularlo. Exagerando un poco la nota se puede decir que caminamos hacia un panorama donde todos seremos autores y lectores únicos de nuestras obras.

Berlin Smith: Es irrelevante para cada uno de nosotros que se publiquen ciento cincuenta mil o dos millones quinientos mil títulos al año. (...) Es bien cierto que la abundancia requiere filtros. Pero no porque unas cosas merezcan la pena y otras no, sino porque no podría encontrarse con facilidad lo a que a uno le merece la pena.

En este caso, los argumentos de Berlin cuentan con mi aprobación. Apoyo modesto cuando a Nonwriter lo secunda un Harold Bloom:


El horror que en mí provoca Internet se funda, por cómico que parezca, en algo que es una carga perpetua en mi vida: cada nuevo día trae su pila de obras maestras que yo no he pedido: poemas, cuentos, obras de teatro, novelas, ya en manuscrito, ya en galeradas o encuadernadas. No puedo responder, y a estas alturas es probable que no lo hiciera aunque pudiera. Millones de nuevos escritores, en todas las lenguas, publicarán en la red: ¿quién distinguirá entre ellos? ¿Quién los diferenciará? ¿Cómo podemos hablar del futuro de las formas literarias cuando flotarán en el enorme y amorfo océano de Internet? Nadie tendrá fuerza necesaria para afirmar que una mente, un talento individual sobresale de ese océano de muerte, el mar universal de un caos que regresa. (...) En Internet, todo el conocimiento está a nuestro alcance; sólo falta la sabiduría. Entonces, ¿tenemos que ver allí una nueva especie de libro de caballerías en el que todo se sabe y nadie es sabio?


Bloom habla (y yo seguiré hablando) de la publicación en Internet; pero es seguro que no dudaría en extender sus aprensiones a esta nueva y cuestionada forma de autopublicación en papel. Sin embargo, Bloom -pese a su alarma ante el "mar universal del caos que regresa"- ofrece una tabla de salvación a los lectores y autores náufragos en ese "océano de muerte".

No creo que la era de la información y de la realidad virtual marque el inicio de una nueva conciencia o de una nueva perspectiva en lo que en Occidente queda de cultura digna de ese nombre. Algo todavía queda, sin duda, y quedará; una vez que hemos aprendido a leer a fondo, leer es algo que difícilmente muere. Los lectores solitarios surgen por todas partes. Como escribió Emerson: "la Musa, atónita, descubre que tiene miles de su lado".

Tabla esta del buen lector a la que unos se aferran con inquieta esperanza:

Rafael Herrera: Debe haber una mediación que, con criterios de calidad, consiga filtrar la decisión personal de publicar.

Nonwriter: Al final la única manera de orientarse en la selva es fiarse de otros. (...) Pero se me ocurre que no estaría nada mal irnos posicionando como conferidores de importancia en nuestras redes.

Y que otros convierten en bajel de guerra pertrechado con cañones de futuro:

Berlin Smith: Sí es bien cierto que “tenemos trabajos que las editoriales no quieren y que, con todo, seguramente consideramos lo mejor de nuestra producción”, pero es mejor todavía que, estando en la red, siempre hay alguien (¡alguien!), que querrá acceder a él y que lo hará, por muy grande que sea la masa de libros: ya no es una masa, es la suma de miles y miles de pequeños nichos que siempre tienen personas detrás de ellos. Con la individualización masiva, los nichos y lo popular tienen sitio simultáneo siendo el lector el verdadero juez, pues elige él sus filtros de confianza para encontrar esa aguja en el pajar que encaja con sus intereses y deseos. Un filtro son ustedes mismos si les da por recomendar una lectura en sus estimados blogs [2].

Y, sin embargo, la alarma que la inflacionaria política de publicación provoca en Nonwriter, en Herrera, en Bloom está perfectamente justificada. Los tres aciertan en el diagnóstico; pero los dos primeros se equivocan en la etiología y el tercero sólo nos pone en el camino recto.

La cuestión no es que necesitemos filtros que garanticen la calidad de lo publicado (en libro o en Internet); ese argumento lo desmonta Berlin Smith cuando sostiene -acertadamente- que sólo necesitamos filtros que nos guíen (sea en inestable pecio o en insumergible bajel) hasta la literatura que amamos. Pero Berlin no repara en un problema primario y esencial: sólo puede haber faros mientras sigan existiendo esos lectores del lado de la Musa que, por la fuerza de su autoridad lectora, se constituyen en filtros y brújulas. Y que la existencia de esos lectores depende, necesariamente, de la existencia de escritores a través de los que la Musa habla. El sistema de filtros deja de tener sentido cuando no hay mensaje de la Musa que escuchar ni oídos capacitados para escucharlo.

El mismo Bloom parece dejarse vencer a veces por el escepticismo:

A veces le doy vueltas a la idea de convertirme en nigromante, a la manera de Próspero, y despertar a mi ídolo, el doctor Samuel Johnson, el más grande de todos los críticos literarios, del sueño de la muerte. Johnson, horrorizado ya en sus días por la muchedumbre que se apiñaba en Grub Street, daría la espalda al caos que se nos viene encima, se encogería expresivamente de hombros y volvería a Homero y a Shakespeare [3].


Sin embargo, apelando a su fe en el genio, Bloom consigue vencer su johnsoniano escepticismo y extiende hacia los grandes escritores la confianza otorgada antes a los grandes lectores:

Nadie puede profetizar el advenimiento de otro escritor de la altura que con toda razón otorgamos a Kafka, Proust, Joyce y Beckett. Hasta que vuelvan a aparecer entre nosotros autores de esa fecundidad y originalidad, seremos incapaces de decir si las nuevas formas literarias engendrarán titanes o si la inquietante e intensa energía de un gran espíritu creará una forma nueva, una manera de narrar que tal vez ahora no reconocemos como tal. (...) Sugiero aquí que, hoy más que nunca, necesitamos regresar a la idea de genio individual, a la forma del escritor más que al escritor en la forma. La imaginación literaria y las formas narrativas no existirán fuera de sus encarnaciones en posibles escritores y posibles obras. El futuro de la narrativa es, por fuerza, el futuro de los escritores que, en sus cruciales combates con el pasado, repetirán la lucha de Homero.
En contra de McLuhan, declara: Sin embargo, no debemos sobrestimar la influencia de la tecnología en el genio literario, que sigue sus propias leyes, desafiando a menudo las sobre- determinaciones del historicismo.

El medio no es el mensaje. No obstante, aunque el imperio tecnológico no acabará con el genio literario, las presiones que éste ejercen sobre la actividad de la escritura son tan poderosas que han condenado a la narrativa "tradicional". Las nuevas tecnologías influirán decisivamente en el genio futuro, ya que -para confirmarse como tal- deberá escribir contra el mundo que éstas habilitan. Los nuevos narradores de genio serán aquellos que obtengan sus fuerzas de las limitaciones que les imponga el medio tecnológico. El arte del futuro será elíptico o no será. Merece la pena reproducir por extenso la reflexión de Bloom:

¿Dónde encontrar la sabiduría si hemos de desterrarla de la literatura? En narrativa, las discontinuidades casi siempre han marcado esa forma que llamamos romance; tal vez los del siglo XXI tomen la discontinuidad como punto de partida y de llegada. Pero si la discontinuidad absoluta puede seguir siendo narrativa es una cuestión ya zanjada por el fracaso de todos esos métodos, desde Dadá a Burroughs, que nos han dejado un par de aforismos y poco más. ¿Dónde, entonces, encontrará sus modelos la futura forma? (...) Tal como insiste Alistair Fowles en Kinds of Literature (1982), el término narrativa es dudoso como distinción de género. En el sentido en que ahora lo empleamos, tiende a ser un término literario engañoso, pues con él abarcamos toda la novela occidental, desde Henry Fielding y Laurence Sterne hasta Marcel Proust y el primer Samuel Beckett. Y esta forma, aunque no muerta, está muriéndose; se ahogará en el oceánico Internet. (...)

Sin embargo, Homero, que sigue siendo el mayor contador de historias -junto con el escritor Y, el Yahvista-, funda su arte precisamente en no contar todo lo que ha oído. Allí, en la transición entre memoria oral y escrita, nos cautiva la autoridad de historias contadas sólo en parte. Para mí, ésta es una pista sobre el futuro de la narrativa en el momento en que entramos en la era de la información total. Si aparecen entre nosotros nuevos talentos en el arte de contar historias, evitarán lo enciclopédico, algo que todavía es un mérito peligroso en Thomas Pynchon. El arte narrativo será una elipsis. (...)

La literatura sapiencial es casi siempre elíptica; los buenos proverbios evitan declarar sus valores. ¿Dónde encontrar la sabiduría? En las narraciones elípticas del futuro que se parecerán más a Lewis Carrol que a Flaubert y Joyce, espero ver el consejo indirecto y sabio que sólo la literatura puede brindar. Thoreau dijo que no era ni un ápice mejor que sus vecinos; sólo leía libros mejores. Las dificultades de lo enciclopédico -de Finnegans Wake y En busca del tiempo perdido- no convienen a la era de la información. (...)

En mi opinión, el futuro pertenece, en parte, a una especie de literatura sapiencial elíptica, tal vez un verdadero regreso a Lewis Carrol y a visionarios afines de un mundo especular. Al mirar en un espejo, no vemos la realidad virtual. Vemos, en cambio, nuestra realidad, aunque muchas cosas queden fuera. La sabiduría determinará cuánto hay que omitir en esos torsos caros y elitistas que constituirán nuestra mejor narrativa en el futuro próximo.


Siguiendo su costumbre, el apocalipsis sólo ha sido alimento para los profesores y un desahogo para los resentidos:

El cielo no se vino abajo en la época de T.S. Eliot, ni con la moda de los profetas postmodernistas de París, y tampoco ha caído el cielo sobre nosotros durante lo que he llamado los días del resentimiento, de esa corrección política que ya decae.

Las trompetas que, con la llegada de las nuevas tecnologías, anunciaban el apocalipsis han resultado tocar, una vez más, fanfarrias por un nuevo comienzo. Y, sin embargo, un oído atento puede escuchar las notas desafinadas.

El peligro de la autopublicación es el mismo que el la publicación en Internet: caer en la red (metáfora doblemente pertinente) de la cultura de la prisa y la facilidad. Se dirá que el escritor de artículos en bitácoras y foros no pretende pasar por autor de obras "serias" o de largo aliento, que su labor es más parecida a la del articulista de prensa. Puede que sea cierto. Pero, contra Bloom, yo no menospreciaría los condicionamientos del medio. Escribir en Internet nos acostumbra a la instantaneidad, nos confiere la satisfacción de sabernos leídos casi sin necesidad de trabajar los textos. Tras cada publicación en Internet, uno puede oír el consejo de Berlin Smith:

Escribid y publicad malditos (...), sed dueños de vuestro trabajo, divulgadlo, vendedlo o regalarlo si queréis, regodearos con vuestro nombre oliendo a tinta. Que no os importe que os lean tres o cuato o cinco. Basta que os lean. Sed libres, haceros artistas. "Regodearos con vuestro nombre oliendo a tinta".
Uno no publica tanto porque sienta que tiene algo relevante que decir, como por el propio placer onfaloscópico de verse publicado. Millones de blogs inundan la red con vulgares o sofisticadas banalidades. Escribimos artículos propios, comentamos los ajenos, respondemos a los comentarios que recibimos... Acabamos convirtiendo nuestras páginas de Internet en espejos que nos confirman a diario como los escritores que queremos o creemos ser. Es el "kikirikí autoafirmativo del yo" contra el que nos alerta Rafael Sánchez Ferlosio.

El problema, pues, no es encontrar la aguja del texto deslumbrante en el gigantesco y oscuro pajar, sino evitar la tentación de la facilidad. Lo dice el propio Bloom:

Sin embargo, para el lector, la búsqueda de lo Sublime siempre exigirá abandonar los placeres fáciles por otros más difíciles.


La cuestión es si la costumbre de escribir en Internet no nos hace aun más difícil lo difícil. Nunca, desde la extensión de la alfabetización, la "alta cultura" había sido tan menospreciada. Desde el mismo centro del mundo letrado, nuestros sistemas educativos han precipitado un ataque inequívoco contra el elitismo cultural: la aristocracia del mérito y del talento ha sido sustituida por la demagogia de la mediocridad. Cierto: la alta cultura siempre ha sido materia viva para unos pocos. Dante, Milton, Proust nunca fueron lecturas comunes; pero sí eran el modelo (aunque se tratara de mera retórica) de los sistemas educativos oficiales y de las clases letradas. Hoy, ni siquiera sobreviven en los (ensimismadamente nacionales) manuales de literatura. En buena parte del mundo occidental, especialmente en los Estados Unidos -país del que se ha importado la ideología del actual sistema educativo español-, incluso se los denigra:

Philip Roth: Leer a los clásicos es demasiado difícil, por lo que la culpa la tienen los clásicos. Hoy el alumno hace valer su incapacidad como un privilegio. Si no puedo aprender una cosa es porque hay algo erróneo en ella, y especialmente en el mal profesor que quiere enseñarla. Ya no hay criterios, señor Zuckerman, sino sólo opiniones.

Aunque no hay profesor que ignore esta realidad, no soy apocalíptico: la gran literatura, qué duda cabe, sobrevivirá a esta y a otras zozobras futuras; pero tampoco soy integrado. Las docilidades de internet y de la autopublicación crearán la ficción de que hay más escritores; pero no favorecerá la aparición de nuevos talentos. Es incluso presumible que los hará más infrecuentes. ¿Descubrirá la Musa, atónita, que cada vez tiene menos de su lado?

Fatal y quizá irreversiblemente, nos hemos acostumbrado a las comodidades de la facilidad. Nos hemos entregado a la neurótica dependencia de los teléfonos móviles, los foros, las bitácoras, los chats, el correo electrónico. Incluso la televisión y la radio -temerosas de perder su puesto en la "feria" de la comunicación- se han vuelto interactivas. Hoy, nuestro lema es el consejo de Marshall McLuhan:

Lo que sucede es que debemos vivir con los vivos.

Esto es: conectados permanentemente con los demás; demandando atención y respondiendo a las demandas de atención inmediata; entregándonos a ese simulacro de comunicación que las nuevas tecnologías nos procuran [4].

Acaso, la cuestión de nuestro tiempo sea, en palabras de Jonathan Franzen: el problema de preservar la individualidad y la complejidad en una cultura de masas ruidosa y que distrae. El verdadero lector y el verdadero escritor deben aprender, por encima de cualquier otra cosa, a estar solos [5].

Quevedo, incurriendo en un anacronismo que ha sido descubierto a la larga, contesta a McLuhan desde el pozo del pasado:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas, que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadoras,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la emprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudios nos mejora.


La supervivencia de la gran literatura depende hoy (ha dependido siempre) de esas minuciosas, sosegadas y fecundas conversaciones entre los vivos y los muertos.

En el Libro del Bushido podemos leer:

La soledad del samurái sólo es comparable a la de un tigre en la jungla.

El lector y el escritor serios serán merecedores, hoy más que nunca, de ese destino ejemplar.



[1] Estos son los artículos a los que hago referencia:

http://www.generacionred.net/2007/06/13/libros-masa-sea-vulgar-publique-un-libro/
http://nonwriter.blogspot.com/2007/06/morir-de-exceso.html
http://www.generacionred.net/2007/06/15/autores-rebeldes-en-contra-de-berlin-smith/

[2] Claro que las esperanzas de Bloom son tan inestables como sus profecías apocalípticas: Es posible que no vuelva a haber monstruos de la lectura. Tal vez represente yo una especie extinta [uno quiere suponer verdadera autoironía a lo que precede y a lo que sigue], y éste es precisamente el temor en que se inspiran mis bromas esporádicas, como cuando digo que soy un Bloom Brontosaurus Bardolator.

[3] Nonwriter apostilla, acaso sin saberlo: Tengo un amigo que se niega a leer nada que no tenga doscientos años como mínimo; sin darle la razón del todo, tiendo cada vez más a ese escepticismo ante las novedades. [Nihil novum sub sole].

[4] Cito un trabajo universitario sobre el pensamiento de McLuhan: El medio eléctrico ha roto las barreras comunicacionales de tiempo y espacio. Lo que antes se llamaba público (entes aislados, con puntos de vista diferentes), el medio eléctrico lo constituyó como masa (entes relacionados entre sí, obligados al compromiso y a la participación). Ahora, por más que algunos quieran conservar el pensamiento lineal y no participativo, no existen individuos aislados: todos vivimos en una aldea global en la que continuamente estamos siendo bombardeados con información nueva, una tras otra. (...) Actualmente, el medio más atractivo para analizar este punto de vista es Internet. McLuhan tuvo la facultad de visualizar un medio donde no existe el espacio, una especie de “feria mundial” donde se maneja la información a la velocidad de la luz y sin restricción alguna. Con esta nueva tecnología se rompe definitivamente el patrón aislado y limitativo; todas las personas tienen acceso a la información actualizada y a la comunicación masiva en tiempo real. El individuo se torna dinámico y participativo y la respuesta es inmediata.

[5] Tema que trataré con mayor profundidad en otro artículo (uno más).