Mostrando entradas con la etiqueta Autobiografía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Autobiografía. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de junio de 2012

Besugo

Comer besugo era para él un acto de autofagia.

lunes, 30 de abril de 2012

Recién nacido

Sobre la cama de nuestros abuelos,
mi madre acuna a un niño que es mi hermano;
en torno, la familia; y yo entre ellos.
Es mi primer recuerdo, a los dos años.

Brillan mi madre y el recién nacido
tan lejos y tan cerca, entre las mantas.
"Qué guapa estás, mamá...", es lo que digo
y desanudo el mundo en mi garganta.

"Hijo, ¿quieres meterte aquí, conmigo?"
El mundo, hospitalario, me responde.
Quiero y ese querer es mi principio.
La vida es la belleza que me acoge.

jueves, 9 de septiembre de 2010

¡Temazo!

Noches en vela

Mis noches de soltero intelectual: poner notas a pie de página y alimentarme con galletas caducadas.

sábado, 31 de octubre de 2009

Petite mort

El amor, ese acto demasiado grande para nosotros.

lunes, 27 de abril de 2009

La biblioteca está en llamas (12)

Como no renunciaba a la esperanza de volver alguna vez a la universidad, me dedidí a preparar mi tesis pese a la enorme pereza que me daba. Escogí como tema el pensamiento de Cioran, que yo conocía bastante bien y el resto de la academia española nada en absoluto. Además podía leerle en su idioma original (en aquel entonces Cioran no quería saber nada de sus libros en rumano) y la bibliografía a consultar era bastante corta, porque casi nadie le había estudiado todavía. De modo que podía ser exhaustivo sin quedarme eshausto. Como director de tesis opté por José Luis Pinillos, catedrático de Psicología con quien siempre me había llevado razonablemente bien. Pinillos fue un director de tesis nada entrometido, cooperativo y tolerante, pero creo que tuvo ocasión de maldecir más de una vez la hora en que se le ocurrió aceptar mi encargo. Y es que enseguida empezaron los problemas. No en vano yo tenía ya una fama bien asentada de perturbador levemente perturbado (mi último tropiezo fue verme expulsado de un curso de doctorado algo aburrido por haberme dedicado sin recato a meter mano a una exuberante compañera, tan aburrida o más que yo). La primera alarma fue el rumor, no menos disparatado que halagador, de que Cioran era un invento mío, un heterónimo para publicar mis chifladuras y que la pretendida tesis sobre tal fantasma no pretendía ser sino una sofisticada burla a la academia. Yo me lo tomé a broma, pero Pinillos pareció algo preocupado y me aconsejó que recabase del autor una carta respaldando mi trabajo, que serviría además como prueba de su existencia. De modo que le escribí: "Cioran, dicen que usted no existe". Me contestó a vuelta de correo: "Por favor, no les desmienta". Pero me envió una especie de carta-prólogo para la tesis, en la que aseguraba que él de ningún modo era un filósofo y que el único miembro de este gremio que conocía actualmente era un clochard parisino que solía pedirle de vez en cuando dinero mientras abominaba de los sinsabores de la vida. Francamente, no sé si la misiva contribuyó a mejorar las cosas: ya nadie dudó de que Cioran existiese, pero todos pensaron que éramos desdichadamente tal para cual.

La biblioteca está en llamas (11)

El júbilo no puede ser excesivo, sino que es siempre bueno; la melancolía, en cambio, es siempre mala.

lunes, 20 de abril de 2009

La biblioteca está en llamas (10)

Había en otros tiempos... ¿ha observado cómo aromatizan e invaden el cuarto las glicinas bañadas por el sol de esta pared? Lo hacen como si (liberadas por luz) se movieran con avance secreto, rozando y pasando de uno a otro átomo los mil ingredientes de esta penumbra. Ésa es la esencia del recuerdo: sensación, gusto, olfato. No se trata del entendimiento, del pensar. La memoria no existe; el cerebro recuerda lo que los músculos se esfuerzan por hablar, ni más ni menos, y la resultante es por lo general falsa, merecedora apenas del nombre de sueño... ¡Ah sí, el dolor se aleja, se desvanece, lo sabemos muy bien..., pero pregunte usted a los lagrimales que han olvidado llorar! Hubo en otros tiempos un estío de glicinas. Todo estaba impregnado de glicinas (y yo tenía catorce años entonces), como si todas las primaveras futuras se hubieran condensado en una sola en un verano: la primavera y el verano que pertenecen a toda mujer que ha respirado en este mundo, deudora de todas las primaveras traicionadas que, desde tiempos irrevocables, quedaron detenidas para volver un día a reflorecer. Era una vendimia de glicinas, pues el año de vendimia consiste en esa dulce conjunción de raíces, flores y ansias, horas y tiempo; yo (que tenía catorce años) no insistiré en la floración, puesto que ningún hombre podía mirarme aún (ni lo haría jamás) con algún detenimiento, no como a una niña, sino como a algo menos que una niña; no sólo más niña que mujer, sino menos que cualquier especie de carne femenina. Tampoco hablaré de hojas... yo, hoja amargamente pálida, raquítica y frustrada, temerosa de cualquier derecho al verde luminoso que podía haber iniciado los tiernos juegos infantiles de novios de un día, o detenido el vuelo de las voraces avispas masculinas de una pasión futura. Pero insisto y reclamo la raíz y las ansias, ¿no he heredado acaso de todas las Evas solitarias que han nacido después de la Serpiente? Sí, lo afirmo, yo crisálida frustrada de una ciega simiente perfecta: pues ¿quién podrá decir que una raíz nudosa y olvidada no florecerá un día en un capullo redondo y concentrado, más pleno y concentrado y embriagador porque esa misma raíz abandonada no estaba muerta sino dormida?

martes, 17 de marzo de 2009

La biblioteca está en llamas (9)

La habitación del suicida

Seguramente crees que la habitación estaba vacía.
Pues no. Había tres sillas bien firmes.
Una lámpara buena contra la oscuridad.
Un escritorio, en el escritorio una cartera, periódicos.
Un buda despreocupado. Un cristo pensativo.
Siete elefantes para la buena suerte y en el cajón una agenda.
¿Crees que no estaban en ella nuestras direcciones?

Seguramente crees que no había libros, cuadros ni discos.
Pues sí. Había una reanimante trompeta en unas manos negras.
Saskia con una flor cordial.
Alegría, divina chispa.
Odiseo sobre el estante durmiendo un sueño reparador
tras las fatigas del canto quinto.
Moralistas,
apellidos estampados con sílabas doradas
sobre lomos bellamente curtidos.
Los políticos justo al lado se mantenían erguidos.

No parecía que de esta habitación no hubiera salida,
al menos por la puerta,
o que no tuviera alguna perspectiva, al menos desde la ventana.

Las gafas para ver a lo lejos estaban en el alféizar.
Zumbaba una mosca, o sea que aún vivía.

Seguramente crees que cuando menos la carta algo aclaraba.
Y si yo te dijera que no había ninguna carta.
Tantos de nosotros, amigos, y todos cupimos
en un sobre vacío apoyado en un vaso.

jueves, 12 de marzo de 2009

La biblioteca está en llamas (8)

En la Apertura, el trovador. Villon no anda lejos; Dante, sensual señor feudal, empareja al ciprés con la carne del arce; D'Aubigné es el más devastado; Petrarca dibuja con Giotto el doble crisantemo; Shakespeare es la posteridad de Shakespeare; Louise Labé ganó sus espuelas en la tregua de lis, ella es amante; Scéve vitrifica; aunque cuadrada, la vela de Ronsard tiene rizos de serpentina; Teresa de Ávila y Sade, los más audaces, son los más expuestos; Racine nos incendia en claroscuro; Chénier tiene la entereza del desastre; el capitán de loberos Pushkin; el regüeldo profético de Blake; Keats, semejante a Endimión, no ha cumplido su tiempo, no ha tocado muro alguno, luminoso nudo corredizo; Leopardi poetiza su miedo adivino en la noche de la naturaleza; la mano de Hugo venda el pecho de Ruth, un canto perfecto se alza; Chateaubriand llena con sus voluntades la urna de la palabra; la inspiración de Vigny perdura en un ángulo insigne; Nerval posee la gracia que provoca hambre; Baudelaire funde las heridas de la inteligencia en un dolor que rivaliza con el alma; las alas de Hölderlin son espaciosas, sabe tanto como los mudos; Mallarmé es a la vez único y condicional; Nietzsche destruye la galera cósmica antes de que cobre forma; Melville es digno de confianza; Poe, de frente o de espaldas, sirve de testigo; en la extenuación Emily Brontë alienta; Rimbaud no humilla al País que revela; en la obscenidad Verlaine se desenvuelve con la máxima elegancia; Lautréamont, blasfemo, hombre de bien, pone fin; el timbre de la bicicleta de Jarry no provoca aluciones más que en la periferia de París capital; Apollinaire empalma el canto hondo con la facundia; Claudel es irresponsable; Sygne nos sonríe desde su verde otero; Kafka es nuestra pirámide; Rilke nos tiende el trébol de cuatro hojas de la muerte; Proust de repente es Píndaro; Reverdy se hunde y desdeña el beneficio; veo de nuevo a Éluard; aquel a quien olvido fue feliz.

lunes, 23 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (7)

Observé a la niña y encontré al fin a mi madre. La claridad de su rostro, la ingenua posición de sus manos, el sitio que había tomado dócilmente, sin mostrarse ni esconderse y, por último, su expresión, que la diferenciaba como el Bien del Mal de la niña histérica, de la muñeca melindrosa que juega a papás y mamás; todo esto conformaba la imagen de una inocencia soberana (si se quiere tomar esta palabra, según su etimología, que es "no sé hacer daño"), todo esto había convertido la pose fotográfica en aquella paradoja insostenible que toda su vida había sostenido: la afirmación de una dulzura.
(...)
Me importa poco saber si Dios existe o no; pero lo que sí sé y sabré hasta el final es que no debería haber inventado al mismo tiempo el amor y la muerte.

La biblioteca está en llamas (6)

El hombre está sometido a dos debilidades que forman parte de su existencia, que la caracterizan. Es preciso que ruegue por todas partes, es preciso que ame por todas partes; y ésa es la base de todas las novelas. Las hizo para pintar a los seres que imploraba, las hizo para celebrar a los seres que amaba.

martes, 17 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (5)

Algunos cuadros de la guardia, inmóviles en el torrente de la derrota, como rocas en un curso de agua, se mantuvieron hasta la noche. Llegada la noche, acompañada de la muerte, esperaron esta soble sombra e, impertérritos, se dejaron envolver por ella. Cada regimiento, aislado de los demás, y no teniendo lazo alguno con el ejército deshecho por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado posiciones para llevar a cabo esta última acción, unos sobre las alturas de Rossomme, otros en la llanura de Mont-Saint-Jean. Allí, abandonados, vencidos, terribles, estos cuadros sombríos agonizaban formidablemente. Ulm, Wagram, Iena, Friedland, morían en ellos.

A la hora del crepúsculo, hacia las nueve de la noche, sólo quedaba uno en la parte baja de la meseta de Mont-Saint-Jean. En este valle funesto, al pie de aquella pendiente que habían subido los coraceros, inundada ahora por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes de proyectiles, este cuadro seguía luchando. Estaba mandado por un oscuro oficial, llamado Cambronne. A cada descarga, el cuadro disminuía, y respondía. Repicaba a la metralleta con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro muros. A lo lejos, los fugitivos, al detenerse para tomar aliento, escuchaban en las tinieblas aquel trueno sombrío que iba decreciendo por instantes.

Cuando esta legión no era ya más que un puñado de hombres, cuando su bandera no era más que un harapo, cuando sus fusiles agotados de balas no fueron más que bastones, cuando el montón de cadáveres fue mayor que el grupo vivo, hubo entre los vencedores una especie de terror sagrado en derredor de aquellos sublimes moribundos, y la artillería inglesa, tomando aliento, guardó silencio. Fue una especie de tregua. Aquellos combatientes tenían a su alrededor, como un hormiguero de espectros, siluetas de hombres a caballo, el perfil negro de los cañones, el cielo blanco, visto a través de las ruedas y de las cureñas; la colosal calavera que los héroes entreven siempre entre el humo en el fondo de la batalla, avanzaba hacia ellos y los miraba. Pudieron oír, en la sombra crepuscular, que se cargaban las piezas; las mechas encendidas, semejantes a ojos de tigre en la oscuridad, formaron un círculo en torno a sus cabezas; todos los botafuegos de las baterías inglesas se acercaron a los cañones, y entonces, conmovido, teniendo el instante supremo suspendido encima de aquellos hombres, un general inglés, Colville según unos, Maitland según otros, les gritó:

- ¡Rendíos, valerosos franceses!

Cambronne respondió:

-Merde!

sábado, 14 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (4)

De igual manera que los niños alargan a tientas las manos hacia las cosas cuando desde el interior de sus ojos la luz se vuelve hacia fuera, así buscaba yo palabras e imágenes capaces de aprehender aquel brillo nuevo de las cosas, que me cegaba. Nunca antes había sospechado yo que hablar pudiera causar tales tormentos; y, sin embargo, no deseaba volver a la vida de antes, más despreocupada. Si nos hacemos la ilusión de que un día podremos llegar a volar, a partir de ese instante preferimos el torpe salto a la seguridad del andar por caminos ya recorridos. Eso es sin duda lo que explica la sensación de vértigo que con frecuencia me sobrecogía en tales actos.

Fácilmente ocurre que la mesura nos abandona cuando recorremos caminos desconocidos. Fue una suerte que en ellos me acompañase mi hermano Otón y que adelantase con prudencia el pie a mi lado. Muchas veces, cuando yo había llegado al fondo de una palabra, corría con la pluma en la mano al piso de abajo para comunicarle mi hallazgo, y otras veces era él, a la inversa, quien subía al herbario portando igual mensaje. Nos gustaba realizar construcciones que llamábamos "módulos". En una papeletita escribíamos en versos sencillos tres o cuatro frases, en las cuales tratábamos de engastar un pequeño fragmento del mosaico del mundo, a la manera como se engastan piedras en metales. También al construir aquellos módulos empezamos por las plantas, y siguiendo aquel camino llegamos cada vez más lejos. Describíamos de ese modo las cosas y sus metamorfosis, desde el grano de arena hasta los acantilados de mármol y desde el segundo fugaz hasta las estaciones del año. Al atardecer nos pasábamos el uno al otro las papeletas y,una vez leídas, las arrojábamos al fuego que ardía en la chimenea.

Pronto notamos que la vida nos era propicia y que una seguridad nueva iba apoderándose de nosotros. Reina y maga es al mismo tiempo la palabra. Nosotros partíamos del excelso ejemplo dado por Linneo, quien penetró en el caos del reino animal y vegetal llevando en su mano el bastón de mariscal que es la palabra. El dominio de Linneo, un dominio más duradero y maravilloso que todos los imperios conquistados con la espada, perdura sobre los prados de flores y sobre las legiones de gusanos.

miércoles, 4 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (3)

Veintidós concubinas reconocidas y una biblioteca de 62.000 volúmenes daban fe de la diversidad de sus inclinaciones; y, por los frutos que dejó tras él, se diría que tanto las primeras como la segunda estaban destinadas al uso y no a la mera ostentación.

La biblioteca está en llamas (2)

Porvenir,
recuerdo matices
tan leves.
En el fuego de lo que fue
arde lo que será.

La biblioteca está en llamas (1)

Hay un misterioso placer en la destrucción; las llamaradas crepitaron resplandecientes y los hombres nos agolpamos contra los muros o en las habitaciones. Noche, ceniza y olor a quemado quedaron en el patio. Me acuerdo de unas hojas perdidas que se salvaron, blancas sobre la tierra. Nora Erfjord, que profesaba por don Alejandro ese amor que las mujeres jóvenes suelen profesar por los hombres viejos, dijo sin entender:

- Don Alejandro sabe lo que hace.

Irala, fiel a la literatura, intentó una frase:

- Cada tantos siglos hay que quemar la biblioteca de Alejandría.

La biblioteca está en llamas

A los treinta años, Albert Camus aseguraba que había conocido suficientes cosas como para poder renunciar a casi todas. Se trata de una prematura sabiduría que no envidio; supuesta su sinceridad, el desengaño sentencioso se gana siempre al precio de la alegría.

Es paradójico: nadie se siente ridículo confesando un rencor, una afrenta, un desengaño; pero todos nos sentimos vulnerables confesando un candor, una entrega, un entusiasmo. A lo largo de estos años, la pasión más firme y más fácilmente confesable que he conservado es la literatura. Desde hoy hasta que alcance los treinta, quiero compartir con vosotros, día a día, mis lecturas; unos y otras sois y habéis sido -quiero permitirme la cursilería- una salvaguarda contra el aprendizaje de la decepción.

Sabio o necio, a los treinta años uno comienza a ser merecedor de su autobiografía. Además de una encrucijada de cicatrices, somos todo lo que hemos amado y lo que aún amamos. Ofrezco estos recuerdos para vuestra memoria. Rescato estas palabras para el viento.