lunes, 28 de junio de 2010

Crónicas vampíricas

Montaigne certificaba que filosofar es aprender a morir. Sólo es sabio quien accede a la lucidez tras aprender a imaginarse muerto. ¿Qué es el personaje del vampiro -anémico, nocturno, decadente, ultracultivado, femenilmente atractivo y sofisticadamente cruel-, el "ya no vivo", sino la prueba de que, en el imaginario de Occidente, sólo se accede a la verdad, a la experiencia, a la lucidez al precio de la muerte de la vitalidad?

Contra Montaigne, uno diría que la sabiduría -sinónimo de la salud- es el divino olvido de sí, el éxtasis del ahora.

Criaturas de la noche, ¿seremos aún capaces de una sabiduría solar?



viernes, 25 de junio de 2010

El segundo 223

Para Alicia, el segundo 223, por las veces que hace lo mismo en su blog.

martes, 22 de junio de 2010

jueves, 17 de junio de 2010

Maquiavelo era italiano

Axioma

El fútbol es la guerra por otros medios.

Teoremas

Con la selección italiana, el fin justifica los medios.

Con la selección española, el fin justifica los miedos.

miércoles, 16 de junio de 2010

La "Roja" ¡sonroja!

(Glosa: España 0 - Suiza 1)

El verano

Ya no quedan desiertos, ya no quedan islas y, sin embargo, se siente su deseo... (Albert Camus)

Nuestro deseo le quitaba al mar su cálido vestido antes de nadar sobre su corazón. (René Char)

Baila mi corasón

Vitalidad del Amor: es una gran injusticia denigrar un sentimiento que ha sobrevivido al romanticismo y al bidé. (E.M. Cioran)

viernes, 11 de junio de 2010

Sic transit gloria mundi

El logro y el deseo
celebran su distancia.
Vivimos en un tiempo
que no suscitará nostalgia.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Tales of mere existence

http://www.youtube.com/watch?v=iueb7lFqEwc

http://www.youtube.com/watch?v=BAzBU1S3-uo

viernes, 16 de abril de 2010

Blanco

Amarnos es trazar la trayectoria
entre la flecha y la diana.

jueves, 8 de abril de 2010

Amarnos es hacernos

merecedores de una claridad
que no precisa ser verificada.

miércoles, 7 de abril de 2010

Díptico

I

La palabra primera del hombre, Quiero, es un retraso ontológico. Su condena: no haber podido preceder a la primera palabra de Dios: Hágase.
II

Toda carencia anuncia
su imposiblidad de ser saciada.
El mundo es la respuesta
a una petición informulable.

jueves, 25 de marzo de 2010

La arquitectura del ocaso (1)

Hace unos días, una compañera me pidió que escribiera un artículo para animar a la huelga del 14 de abril. Reelaboré un par de artículos antiguos y añadí una brevísima explicación de los motivos que nos impulsan a la huelga. Por si fuera de alguna utilidad, lo publico también aquí*.

* [Originalmente, será publicado en el periódico de mi centro. De ahí al New York Times...]

La arquitectura del ocaso (2)

Estamos en derrota, nunca en doma. Claudio Rodríguez


¿CÓMO Y POR QUÉ HEMOS LLEGADO A ESTA SITUACIÓN?

Durante los últimos veinte años (desde la fecha de promulgación de la LOGSE hasta hoy), nuestro sistema de enseñanza ha sufrido un deterioro rápido e imparable, dificultando que los alumnos puedan recibir una formación adecuada y que los docentes puedan realizar su trabajo en condiciones dignas. Es la historia de una decadencia imparable. Quizá estemos a tiempo de que no sea la crónica de una muerte anunciada.

Aunque sólo desde hace poco tiempo se ha empezado a prestar atención mediática (y frívola) a este diagnóstico, las críticas a nuestro sistema educativo no son recientes. Aun antes de su aplicación, muchos docentes advirtieron que, si no se financiaba con más generosidad, la LOGSE supondría un empeoramiento del sistema educativo: el proyecto era bueno -aseguraban-; pero podía fracasar por una desacertada aplicación. Algunos docentes (pocos) eran incluso más críticos; no se trataba de un problema de financiación: la LOGSE era perniciosa por sí misma. Estaba basada en una filosofía errada que, de ser llevada a la práctica, conduciría inevitablemente a la decadencia del sistema de enseñanza.

Los creadores y los entusiastas de la LOGSE desatendieron las tímidas advertencias de los primeros y anatemizaron las críticas de los segundos. Éstas últimas -fue su argumento- provenían de docentes anclados en un paradigma educativo obsoleto: defensores de un modelo de profesor autoritario, conservador, elitista... No habían sabido o querido adaptarse a un nuevo rol que les restaba parte del poder abusivo que habían ido acumulando durante el franquismo.

Pese a que muchos de estos profesores críticos provenían de movimientos de izquierda, casi todos acabaron atemperando o silenciando sus reservas, temerosos de ser acusados de reaccionarios y amedrentados por la presión de una mayoría social que veía en la LOGSE un modelo revolucionario que finiquitaría los últimos residuos culturales del franquismo. Si la Constitución de 1978 había supuesto el fin del anterior sistema político, la LOGSE supondría un cambio análogo: la democratización del antiguo, clasista y autoritario sistema educativo.

Sin embargo, los primeros síntomas empezaron advertirse pronto: hasta los profesores más devotos se veían obligados a reconocer que los primeros alumnos educados en el modelo LOGSE estaban peor preparados, a la misma edad, que los alumnos educados en el sistema anterior. Ante estas críticas, en principio discretas y tímidas, las administraciones encontraron varias disculpas: la primera (tópica) fue negar la realidad; el nivel no era inferior: en el nuevo sistema se valoraban otros aspectos inapreciados en el modelo antiguo. El nuevo alumno debía desarrollar un espíritu creativo y actitudes constructivas y democráticas: no ser un reproductor acrítico de conceptos aprendidos de memoria. Los profesores que defendían valores como la disciplina y el respeto, el esfuerzo por aprender, el gusto por la cultura y la excelencia intelectual fueron condenados como reaccionarios (incluso como nostálgicos del franquismo).

Convencidos o no, muchos docentes cerraron los ojos ante la realidad. Pero sólo por un tiempo. Los hechos se obstinaron en negar la verdad oficial: los nuevos alumnos no sólo demostraban adquirir menos "conceptos" que los antiguos; manifestaban, también, una actitud más pasiva hacia su formación y un comportamiento nada democrático: el ambiente en las aulas era cada vez más crispado. Los profesores, para poder realizar su trabajo en unas condiciones mínimas de orden, respeto y silencio, se vieron obligados a expulsar a alumnos de sus clases con alarmante frecuencia.

Las administraciones educativas, temerosas de que esta nueva situación se hiciera pública, abrieron un doble frente: una política de normalización y control dentro de los institutos y otra, propagandística e ideológica, orientada a convencer a los padres de que el modelo funcionaba.

Internamente, se encargó al equipo de inspectores, psicopedagos y directivas afines (con un perfecto reparto de papeles: de perfil duro y blando) la tarea de persuadir a los docentes para que asumieran que el fracaso escolar y los conflictos en el aula no eran responsabilidad de los alumnos, sino de los propios profesores: eran culpables de no motivar a sus pupilos, de no saber enseñar. Los (pocos) docentes rebeldes fueron acallados: unas veces mediante presiones “oficiosas” (críticas durante las sesiones de evaluación por exceso de suspensos, acoso psicológico para minar la autoestima profesional...); otras, mediante presiones oficiales (seguimiento de inspección, apertura de expedientes...). El temor cundió entre los profesores. La ley del silencio se impuso en los centros.

Externamente, ante las familias, los políticos presentaban la LOGSE como un avance social incuestionable: los jóvenes españoles, escolarizados obligatoriamente hasta los dieciséis años, recibían dos años más de formación académica; las nuevas conductas en clase, de hecho, no eran producto de actitudes pasivas, irrespetuosas o indisciplinadas: nacían del espíritu crítico e inconformista que la LOGSE estaba inculcando en los antiguamente enajenados estudiantes.

Mientras se socavaba la autoridad de los profesores, se otorgó a las asociaciones de padres (tradicionalmente mal avenidas con los docentes) un poder sin precedentes en la historia del sistema educativo español. Pese a que muchos padres se percataban de que el nivel de conocimientos de sus hijos descendía año tras año, la promoción obligada (apenas se podía repetir curso) y la expedición casi indiscriminada de títulos silenciaban la evidencia; de hecho, la mayoría de los padres había asumido, desde el principio, la política de la Administración educativa: lo importante era obtener un título. Que ese título certificara o no la adquisición de conocimientos era secundario.

Sin embargo, la política de ocultación comenzaba a mostrar sus fallas. El punto de inflexión lo marcaron indicadores imposibles de ocultar. Externamente, los Informes PISA situaban el nivel educativo de España en la cola de los países económicamente desarrollados. Internamente, pese a las facilidades para la obtención del título de Secundaria, el llamado fracaso escolar se hacía endémico: el número de alumnos de bachillerato disminuía al tiempo que aumentaba el número de alumnos que abandonaban, inconclusa, la Enseñanza Obligatoria. La demolición de la Formación Profesional dejaba a estos alumnos desarmados. Desconocedores de un oficio y en un estado de semianalfabetismo, debían integrarse en un mercado laboral altamente competitivo: el sistema los había convertido en mano de obra barata, sin cualificar y fácilmente manipulable.

Por otra parte, la indisciplina en las aulas había dado paso a episodios de violencia cada vez menos anecdóticos. Empezaban a ser frecuentes las agresiones a profesores por parte de alumnos y padres. Aun en esta situación, muchos profesores siguieron asumiendo (convencidos o resignados) la política de culpabilización de los delegados administrativos: inspectores, psicopedagogos y directivas fieles.

Ante la indiferencia o incluso la suspicacia social, las bajas por depresión entre el profesorado aumentaron hasta niveles inauditos. Sólo cuando los episodios de violencia salpicaron al propio alumnado, empezaron los padres a ser conscientes del problema. Los alumnos violentos no sólo impedían que los demás recibieran sus clases con normalidad: habían instaurado una auténtica oligarquía matona en infinidad de centros. Más que la preocupación por la salud del sistema educativo, la alarma de los padres y el sensacionalismo periodístico convirtieron el "acoso escolar" en un fenómeno mediático que alcanzó su culminación en la cobertura del caso Yokin, el suicidio de un chico vasco hostigado por sus compañeros.

En un desesperado intento por eximirse de su responsabilidad, algunos sectores sociales y políticos intentaron una vez más, sutil y taimadamente, convertir a los profesores (el sector minoritario y más desprotegido de la comunidad escolar) en el chivo expiatorio. En principio, culpables de autoritarismo, se les desposeyó de toda autoridad; más tarde, culpables de indiferencia, se les acusó de no ejercerla. Pero era ya una situación insostenible.

Las administraciones educativas reconocieron, si bien con matices atenuantes, la realidad que algunos profesores valientes habían venido denunciando durante años. Los cambios en la sociedad, el acceso masivo de las madres al mundo laboral, la impericia para reconducir a los estudiantes pasivos escolarizados hasta los dieciséis años, la influencia de los medios de comunicación, la inmigración... cualquier excusa era válida para no asumir el fracaso del sistema. Un sistema educativo con un nivel de gasto sin precedentes y una indigencia de resultados que, por primera vez en la historia de la democracia, había formado a promociones peor preparadas que las precedentes.

Mientras tanto, la educación concertada y privada (marginal hasta los años noventa) había crecido a la sombra del sistema logsiano. Las familias con recursos económicos, ante el deterioro de la enseñanza pública, matriculaban a sus hijos en colegios concertados y privados donde los alumnos problemáticos o de familias humildes no tenían cabida. Paradójicamente, un sistema de enseñanza “progresista” y (presuntamente) establecido para disminuir las diferencias sociales había agrandado el escalón social entre los estudiantes de clases desfavorecidas y de clases pudientes.

Ante esta realidad, muchos profesores se atrevieron a denunciar al fin los males del sistema. Y muchas familias, alarmadas, empezaron a atender a las denuncias. Esa caída de la venda social podía suponer una importante pérdida de votos. El pánico cundió entre los políticos responsables del desastre.

Hace dos años, en un desesperado intento por silenciar a los docentes, la administración formuló una nueva propuesta: el “Programa de Calidad y Mejora de los Rendimientos”. En contra de lo que indica su nombre, no se trataba de un plan para enmendar los errores y establecer una enseñanza pública donde realmente se favoreciera el aprendizaje. La propuesta consistía en pagar a los profesores por eliminar el fracaso estadístico, no el verdadero fracaso escolar. El programa no controlaba que los alumnos efectivamente aprendieran y que, por ello, obtuvieran su título: lo importante es que aprobaran y titularan, fuera como fuese. Dicho crudamente: si el porcentaje de aprobados y titulados aumentaba en un centro, los docentes cobrarían más.

La mayoría de los profesores consideró este plan como un vergonzoso intento de soborno. Pese a que en muchos centros se realizaron varias votaciones en los claustros, el 80% de los institutos rechazó el plan. Por primera vez en muchos años, los profesores secundaron masivamente una huelga contra la administración educativa. Por primera vez en veinte años, la administración educativa reconocía su fracaso.

Hasta aquí, el pasado.

La arquitectura del ocaso (3)

¿QUÉ ES EL ROC Y POR QUÉ ES TAN PELIGROSO?

Conscientes del desastre educativo, pero incapaces de reconocer sus errores, nuestros responsables políticos han dado un paso definitivo en su huida hacia adelante.

Debido a que los claustros se negaron mayoritariamente a apoyar el “Programa de Calidad”, la administración educativa ha cambiado la táctica de la seducción por la del castigo. Gracias al nuevo ROC (Reglamento Orgánico de Centros), los profesores pagarán cara la rebeldía de no haber aceptado cobrar más dinero a cambio de más aprobados. El ROC supone una tentativa desesperada por silenciar a los claustros y limitar (aun más) sus competencias.

El método para lograrlo es sencillo: la administración pretende conceder a los Directores de los centros plenos poderes y competencias, sin establecer, además, ningún criterio claro para ejercerlas.

El Director no será ya un profesor más que asume la dirección de un instituto durante un tiempo. Pasará a regir, con poder casi ilimitado, todas las esferas del centro: pedagógica, didáctica, administrativa y, por supuesto, disciplinaria.

Con el nuevo ROC, el Director tendrá –entre otras- estas atribuciones:

- Decidirá qué bajas se cubren y cuáles no.
- Determinará qué puestos de su centro son vacantes y diseñará los perfiles para cubrir esas plazas.
- Nombrará y cesará a los jefes de departamento y a los jefes de áreas de competencias.
- Detentará la dirección pedagógica del instituto; es decir, tendrá la potestad de enjuiciar si un profesor imparte correctamente sus clases.
- Se encargará de apercibir al profesorado por cualquier “incumplimiento de deberes y obligaciones” que no han sido especificados.

Para todo ello, no tendrá que rendir cuentas ante el claustro, degradado en mero órgano consultivo. Los profesores que han padecido el poder de un director despótico apreciarán el peligro de un nuevo Reglamento que los convierte en meros “operarios de aula” al arbitrio de los designios de su director.

Con el nuevo ROC, la organización de los centros sufrirá otros cambios relevantes:

- Los actuales departamentos didácticos (Lengua, Matemáticas…) se integrarán en cuatro grandes áreas de competencias.
- De ellos, las áreas más importantes serán las que responden del control ideológico y pedagógico del centro: el de Orientación y el de Formación, Evaluación e Innovación educativa.
- Este último departamento decidirá cuáles son las “buenas prácticas docentes” y tendrá la potestad de prescribirlas al profesorado.
- Los coordinadores de estas áreas, al igual que los jefes de departamento, serán elegidos por el director, sin criterio público y por cuatro años.

Este reglamento supondrá la mordaza definitiva para los docentes críticos, cuya situación laboral dependerá de un director cuasi omnipotente. Para los más dóciles, para los que renuncien de forma más servil a su criterio profesional, la administración (a través del director, su delegado en los centros) podrá retribuirle con gratificaciones: puestos de responsabilidad, autoridad delegada, cargos jerárquicos, reducciones horarias. No se escatimarán esfuerzos para premiar la servidumbre voluntaria.

Con la libertad de cátedra eliminada, los institutos dejarán de ser definitivamente lugares de profundización en el conocimiento para convertirse en una suerte de centros sociales especializados en desmeduladas “competencias básicas”. Como es obvio, los alumnos serán también seriamente perjudicados por esta situación. La diferencia entre los institutos privados y concertados y los institutos públicos se ahondará aun más. Las familias que deseen una formación rigurosa para sus hijos, imprescindible para su futuro laboral y su enriquecimiento personal, tendrán que pagársela.

El ROC, lejos de ser una terapia para curar a un paciente moribundo (nuestro sistema educativo) supone, al mismo tiempo, la eutanasia forzada y el maquillaje de su cadáver.

Hasta aquí el presente.

[Agradezco a la asociación de profesores PIENSA su útil síntesis del ROC, de la que he tomado, con ligeras modificaciones, algunos pasajes.]

La arquitectura del ocaso (4)

¿QUÉ PODEMOS HACER PARA SALVAR LA ENSEÑANZA PÚBLICA?

Hoy, pese al agónico e inexorable naufragio del sistema, ningún partido político parece dispuesto a reconocer el error y rectificar; ni siquiera los partidos más críticos apuestan por una reforma radical del sistema de enseñanza.

Muchos padres, desorientados, se reconocen sin tiempo ni capacidad (ni ganas) para reconducir la conducta de sus hijos. No menos profesores, desalentados por años de desprotección y desprestigio y entregados a un fatalismo no exento de irresponsabilidad, confían en que las cosas se arreglen por sí mismas. La mayoría de los sindicalistas, sesteando en sus despachos y liberados de dar clases, proponen planes superficiales y demagógicos para salvar la cara ante a sus electores. Las administraciones educativas, inmutables, insisten en invertir más dinero en políticas que han demostrado cumplidamente su inoperancia y en aumentar el control político e ideológico.

La sociedad española está sufriendo ya los frutos de un sistema educativo que ha malogrado a una generación deteriorándola cívica e intelectualmente, educándola en un modelo que entronizó lo lúdico y la libertad sin normas, mientras desprestigiaba los valores de la autoridad intelectual, la disciplina, el esfuerzo, el conocimiento y la excelencia. Llevamos ya demasiado tiempo sufriendo las consecuencias y, si no ponemos pronto remedio, se acentuarán en los próximos años.

¿Qué hacer, entonces? Lo primero: no engañarnos. Nadie solucionará el problema por nosotros.

En el pasado, el claustro perdió muchas de sus competencias. Los docentes no nos pusimos en huelga. Se multiplicó la burocratización inútil (valga el pleonasmo) en los centros, restándonos tiempo para preparar nuestras clases. Los docentes no nos pusimos en huelga. Aumentaron vertiginosamente los conflictos, las faltas de respeto y los episodios violentos en las aulas. Los docentes no nos pusimos en huelga. Las leyes educativas provocaron una bajada sin precedentes del nivel educativo de nuestros alumnos. Los docentes no nos pusimos en huelga.

Ayer, se nos propuso un plan: más dinero a cambio de más aprobados. Los docentes nos pusimos en huelga. El plan resultó un fracaso. Hoy, el nuevo ROC amenaza con eliminar los últimos restos de nuestra dignidad profesional. ¿Qué vamos a hacer?

En el futuro, se nos hará responsables de las decisiones que, cada uno de nosotros (alumnos, padres, profesores, directivos, sindicalistas, políticos, votantes), adoptemos frente al problema educativo de nuestro país. "Ésa es", en palabras de George Steiner, "la democracia de la gracia y de la condenación".

La arquitectura del ocaso (y 5)

UNAS PALABRAS DE ESPERANZA

Siempre que pienso en el sistema educativo español, recuerdo estos versos de Jaime Gil de Biedma:

De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal.

Los profesores hemos aprendido a conjugar los verbos del desaliento; pero nuestra profesión supone siempre una apuesta por la esperanza. Al comienzo de este artículo sugerí que la historia de nuestro sistema educativo es la historia de una decadencia. Sin embargo, el final de la historia no está escrito: la escribimos nosotros día a día, con cada uno de nuestros actos. Hasta ahora, los profesores nos hemos limitado a lamentar el deterioro de nuestras condiciones laborales. Nos corresponde ahora luchar para cambiarlas. Los verdaderos profesores, profesionales de la esperanza, sabemos que es una batalla que merece la pena librar. Una batalla que merece la pena ganar. Que incluso merece la pena perder.


Francisco Sianes, profesor de Lengua y literatura del IES Delgado Brackenbury.

miércoles, 24 de marzo de 2010

lunes, 15 de marzo de 2010

Una vez más, el mundo no ha acabado.

Lo restituimos cuando nos hallamos
de nuevo frente a frente.
No hay más mundo que éste,
contigo lo comparto
y éste es suficiente.

Animal agradecido, animal ingrato

El sujeto se encuentra en la situación donde se presenta el trance definitivo para la pasión del encuentro así como para el sufrimiento de la separación: una vez que el estar presente [el sujeto] despacha su obsesión por el segundo [el amado] como el gran otro, pronuncia su decisión sobre si el sujeto se convierte en el animal agradecido o en el animal ingrato.

Gracias es un enamorado adiós
al que le fue amputado su dolor.

Cuando el amor se ha ido,

sólo persisten tras sus esplendores
la inútil compañía del universo,
una dolencia convertida en verso,
dos desconocedores
y dos desconocidos.

Pérdidas

Lo peor del desamor es perder la imagen del amado (y con esa pérdida perder también el yo que éramos con él).

jueves, 11 de marzo de 2010

La pirámide

Miro tus fotografías y releo nuestras cartas como órdenes de amarte que ya no quiero obedecer. Inquebrantable, nuestro amor se yergue como la pirámide, ya que desde el comienzo, sobre nuestro cadáver, lo erigimos de acuerdo con la forma que habría de asumir tras su derrumbe.

lunes, 15 de febrero de 2010

Averías

Recuerdo que, cuando vivía en la sierra de Cádiz, mi casera insistió en que me quedara con un viejo televisor que, en un principio, había rechazado. Por no resultar incivil ni despertar excesivas sospechas entre el vecindario (¿Qué va a hacer un muchachito como tú sin tele ¡y solo!?, se alarmaba ella), acabé cargando con el cacharro. Mi televisor no disponía de mando a distancia por lo que, para cambiar de canal, usaba el palo de una escoba (la misma con la que ahuyentaba, como un basilisco en pijama, a las culebras que entraban desde el patio hasta mi pasillo, en el crepúsculo). Tenía además otro problema: cada diez minutos, como máximo, la señal de las cadenas desaparecía para dejar paso a esa ensaladilla de nódulos grises y alborotados donde -dicen- aún resuena el origen del universo. El único método plausible para hacer retornar la señal consistía en descargar un golpe seco en el flanco derecho del aparato, con el inconveniente de que la cadena que volvía nunca era la misma que había desaparecido. Todo ello, unido a mi desapego televisivo, hacía que le prestara poca atención a mi vieja tele. Una tarde, sin embargo, viendo un programa de ligue al por mayor que me tenía fascinado, la señal se fundió tras un fuerte ruido y no hubo palo de escoba ni golpe recio que enmendase el tuerto.

Misteriosamente enterada de mi contratiempo doméstico, mi casera se empeñó en mandarme a un electricista de confianza para que arreglase la avería. Como me sentía culpable por la somanta de palos y las azotainas a las que había sometido al cacharro, recibí al electricista quien, contemplándome de hito en hito tras revisarlo, me preguntó:

- Pero a ver, muchacho... ¿qué es lo que ha pasado?
- Pues nada: que un día la tele hizo un ruido y desapareció la señal.
- ¿Un ruido? -impacientábase ante mi electrónica impericia léxica- Pero ¡cómo un ruido!
- Sí. Un ruido... no sé... fuerte.
- Pero a ver, muchacho -me alentaba, pedagógico- ¿en verdad que ha sido: un traquío, un zumbío o un explotío?

Terminológicamente desconcertado, consideré el asunto y acabé concediendo:

- Sí... Yo diría que fue un traquío...

Su cara se relajó, iluminada:

- ¡Ah, entonces te lo apaño! Es que si hubiera sido zumbío o explotío no te lo arregla ni la virgen.

Y, en efecto, el electricista acabó arreglando la avería. Pude volver al programa de ligues al por mayor, a sus amores y desamores apresurados que cabían (siempre cabían) en los diez minutos (nunca más de diez minutos) durante los que sobrevivía la señal antes de fundirse (y con ella canal, amores, desamores) en la ensaladilla de nódulos grises y alborotados donde -dicen- aún resuena la musica auroral del universo.

***

Hoy te contemplo, oh inútil, abatido corazón. También tú has recibido tu azotaina y tu somanta. Hace tiempo que he perdido tu señal. Y está lejos (está muy lejos) nuestra electricista de confianza. Confío, sin embargo, en que sólo fuera un traquío el desgarro que precedió a nuestro fundido.

***

(Mi antigua casa no es ya mi casa; pero, por lo que sé, mi vieja tele, intermitentemente, sobrevive.)

jueves, 11 de febrero de 2010

Abstenerse y escuchar a Bach:

nueve de cada diez depresivos lo recomiendan.

(El otro está demasiado ocupado suicidándose)

lunes, 18 de enero de 2010

Summertime Clothes

Para mis amigos modernillos (Meri, especialmente va por ti), la mejor canción del mejor disco del año, según las modernillas revistas que están en el ajo. [Y el caso es que la canción está chula; pero el vídeo es de esos que nos hacen sospechar que músicos, técnicos de sonido, director y cámaras sufrieron un ataque de locura rampante al mismo tiempo.]

sábado, 16 de enero de 2010

Maratón

La visión clásica del hombre es la de alguien subyugado por las necesidades que busca la libertad. Lo que ocurre hoy, sin embargo, es que los hombres viven en libertad, incluso con ciertos lujos, y se imponen simular unos padecimientos que no tienen. Esta comedia de la necesidad es la gran ideología de nuestro tiempo. Así que ese hombre rico y feliz sólo tiene dos opciones: suicidarse o dedicarse a correr maratones. La pasión por el deporte es uno de los síntomas más elocuentes de nuestra actual sociedad. Y los españoles podrían preguntarse por qué antes tuvieron tantos santos y hoy tienen tan buenos corredores de maratón.

(Peter Sloterdijk)

Corolario

[El contraste entre imágenes y musiquilla hace que todo resulte aun más aterrador y espeluznante.]

lunes, 11 de enero de 2010

Un jirón (1)

A ti, que fuiste real por ser imaginaria.

Levanto la vista del libro y la encuentro ante mí. Tiene el pelo castaño, levemente ondulado; cuerpo menudo, atlético. Sus ojos son dos almendras redondas. Los labios dibujan su hambre. Sus manos y pies, tan pequeños. Sobre su rostro, una constelación de pecas. Qué dolorosa juventud. ¿Peruana? Tiene la luz y la penumbra en las que al fin me siento deseando.

No es infrecuente que, cruzando la ciudad en metro, atravesando el campo en tren, el cielo en un avión, se nos acerque una mujer desconocida a la que, tras un cruce de miradas (a veces ni siquiera llegan a cruzarse), desearemos mientras permanecemos junto a ella (y a veces esa permanencia se prolonga el curso entero de una vida, tan sólo en el recuerdo). Sólo mirándola, adivinándola con detenimiento, uno podría conjeturar (y conjetura) cómo será su olor, cómo su abrazo y sus ansiosos besos, cómo su espalda contra nuestro pecho, su mano entre las nuestras, cómo su despertar, cómo su sueño. No es fácil olvidar a esas mujeres (a veces es un rostro, un ademán; otras, tan sólo la palpitación; con eso basta), aun cuando se acercaron a nosotros sólo un breve instante, como emergiendo del azar en sombra, para volver a oscurecerse luego; mujeres a quienes rescatamos tenuemente del cerco de la inexistencia, sin acogerlas en el ámbito de lo tangible, hasta que al fin nos despedimos de ellas agradeciéndoles la vida conjetural y deseable que no compartiremos.

Sucede, pues, que renunciamos casi siempre a hacer real lo que prefiguramos; renuncia uno así a las palabras, a los gestos y silencios crueles y tenaces con los que dañará y será dañado (así acontece siempre, no se engaña). Y así sucede porque a uno ya no lo deslumbran los principios y teme los finales; teme el revés en sombra del deseo, su corolario (y el tránsito al dolor también lo teme).

Pero no es sólo miedo al sufrimiento lo que nos previene contra el curso de la realidad. También nos mueve el desengaño. Aquello que emprendemos está contaminado siempre por la insuficiencia. Hacer es elegir y elegir descartar. Cada elección es una garra que, cuando atrapa, obtura el hontanar de lo posible. ¿Qué hay que merezca ser salvado a costa de sacrificarlo todo? También sabemos que hay un poso de tristeza en todo lo que de verdad sucede, que nunca se hace nada a fondo, a corazón abierto, sin coraza. Incluso allí donde prevalecimos, algo susurra que nos nos ofrecimos por entero, que nuestra acción, por honda y luminosa que se precie, nunca deja de ser parcial y es siempre injusta, que no hay caricia sin dolor ni entrega sin herida. Tenemos nuestra historia por testigo.

Atravesando la ciudad en metro, miro a la chica que se ha sentado frente a mí y cierro el libro donde tal vez leía: No es el amor, sino sus alrededores, lo que vale la pena... La represión del amor ilumina sus propios fenómenos con mucha más claridad que la experiencia misma. Hay virginidades con un alto grado de conocimiento.

¿Qué resistencia, qué miedo, qué sordo rencor contra la vida impide que mis manos acompañen a mis ojos y mi pensamiento y que te busquen hasta darle alcance? ¿Qué me encadena a la constante y lenta rumia de lo que nunca ha sucedido ni sucederá jamás? ¿Qué instinto me previene contra descorrer el velo que te oculta en la penumbra de lo no vivido? Miro a la chica, que también me mira. Bastaría un gesto para descorrer el velo y alcanzarla. Bastaría; pero no lo hago.

Bellamente, me sonríe y vuelve al libro en el que acaso lee: Te lo he comunicado por carta no enviada. Has tenido tiempo para no llegar a la hora prevista. El tren entra por la vía tres. Se apea mucha gente. La ausencia de mi persona sigue a la multitud hacia la salida. De prisa entre tanta prisa varias mujeres ocupan mi vacío.

Un jirón (y 2)

Y, sin embargo, la renuncia no siempre es una capitulación; es también una táctica. Necesitamos descansar de lo efectivo, salir de la trayectoria donde el deseo fue convertido en una inercia y donde el corazón es una roca. A medida que avanzamos en el tiempo, se va agotando el remanente de experiencias no vividas. Buscarlas con precipitación es quemarlas y quemarse en ellas. La renuncia es una calma, un alto desde el que inventamos qué vivir de nuevo, la escuela del deseo y su oportunidad. Allí podemos vislumbrar, en la penumbra del deseo apagado, la luz de lo que desearemos ser. Para aprender a desear (y a desear también se aprende), necesitamos esa calma.

Igual que en el verano descubrimos la piel que se ha ocultado en el invierno, liberamos en la imaginación y damos curso a los deseos que en lo efectivo se resguardan. Del mismo modo, hay notas sostenidas (hay susurros) que sólo podemos atacar (y desnudar), anticipándolas en el silencio. ¿O es que podemos besar a corazón abierto sin cerrar los ojos?

Nuestra imaginación es la hermana de la noche: en su ámbito, todo brilla tenuemente pero sin aristas. Necesitamos esa noche de recogimiento para cobijar nuestra desilusión y nuestro hastío. En ella, no justificaremos nuestro desapego, no cultivaremos la inacción; bajo su manto de penumbra, en su calma redentora, ofreceremos aliento a los renovados deseos, despejaremos el camino que conduce a la región de las promesas del porvenir. La soledad es una gran maestra. También la pérdida. En la renuncia, reaprenderemos el arte de comenzar de nuevo.

Bellamente, la chica me sonríe anulando las distancias; y yo tenuemente le sonrío sintiendo el desgarrón de mis deseos, sintiendo que deseo su tibieza presentida, sus leves manos que no me alcanzarán, los labios que dibujan esa hambre que nunca saciaré, esa constelación de pecas que no descifraré (y nuestro permanecer -aquí mi mano, allá mi hombro, mi regazo- y nuestra fiebre fiel y nuestro cómplice memorizarnos).

Hay quienes lamentan sus amores imposibles. Sólo el desalojado por el hábito de la conquista y su epílogo de sombras alaba los amores truncados; sabe que sólo en ellos es aún, siempre será, todo posible. Necesitamos lo que pudo ser pero no fue para que un día sea.

La chica sigue junto a mí hasta que, sabedora de que ha llegado a su destino o fatigada de esperarlo en vano, me dirige una mirada última y cierra el libro que hace tiempo yo cerré y en el que quizá leíamos: cuando nada quede de ti y de mí habrá agua y sol y un día que abra las puertas más secretas más oscuras más tristes y ventanas vivas como grandes ojos despiertos sobre la dicha y no habrá sido en vano que tú y yo sólo hayamos pensado lo que otros hacen porque alguien tiene que pensar la vida. Y yo sigo mirándola cuando se levanta al fin y al fin se aleja (relámpago fugaz que vuelve a la avaricia de la inexistencia), llevándose con ella la vida que ya no compartiremos. Pero, en el momento último, me tienta traicionarme, alzar la mano en ademán que ya no es una despedida, sino que busca retenerla. Bastaría ese gesto para descorrer el velo y alcanzarla. Bastaría; pero no lo hago.

Sé que mi imaginación hoy rompe contra una costa que nunca habitaremos. La vida no vivida y la vivida discurren sin cesar en paralelo; y no podemos renunciar a ellas. A ninguna. Y, misteriosamente, nada nos pertenece tanto como lo no vivido.

Adiós, amada imaginaria. Se han perdido en el mundo demasiadas cosas valiosas. La memoria las conserva más hermosas, más edificantes. No es imposible que tú y yo nos ganemos perdiéndonos. Aferrándome a la renuncia necesaria para avanzar, mantengo mi lugar entre los que aguardan. Huérfana de nosotros, mi mano vuelve junto a mi otra mano y yo preservo este jirón de vida no vivida entre mis dedos.