sábado, 22 de noviembre de 2008
viernes, 21 de noviembre de 2008
Leopardos
* (El pedabobo es, con los considerables recursos que proporciona la petulancia, la línea más corta entre la ignorancia y la estupidez.)
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Anoche
Haberlo amado todo antes de amarte,
qué perfección ahora tan inútil.
jueves, 13 de noviembre de 2008
La costilla de Adán (15). Ornitología
-(...) Después de todo, ¿qué razón hay para que un hombre inteligente se enamore de una mujer inteligente? Si se tratase de fundar una industria, un partido político o una escuela científica, se comprende que un espíritu claro intente sumarse otros claros espíritus; pero el menester amoroso -aun dejando de lado la dimensión sexual- no tiene nada que ver con eso; es precisamente lo opuesto a toda ocupación racional. (...) Los hombres se enamoran de las corzas, de lo que hay de corza en la mujer. Yo no diría esto delante de las damas, porque éstas fingirían un grande enojo, aunque en el fondo por nada se sentirían más halagadas.
-Entonces , para usted, el talento de la mujer, su capacidad de sacrificio, su nobleza, son cualidades sin importancia...
-No, no; tienen mucha importancia, son maravillosas, estimabilísimas -las buscamos y enaltecemos en la madre, la esposa, la hermana, la hija; pero ¿qué quiere usted?-; cuando se trata, estrictamente hablando, de enamorarse, se enamora uno de la corza emboscada que hay en la mujer.
-¡Diablo, qué me dice usted!
-El varón, cuanto más lo sea, más lleno está, hasta los bordes, de racionalidad. Todo lo que hace y obtiene lo hace y obtiene por razones, sobre todo por razones utilitarias. El amor de una mujer, esa divina entrega de su persona ultraíntima que ejecuta la mujer apasionada, es tal vez la única cosa que no se logra por razones. El centro del alma femenina, por muy inteligente que sea la mujer, está ocupado por un poder irracional. Si el varón es la persona racional, es la fémina la persona irracional. ¡Y ésta es la suprema delicia que en ella encontramos! El animal es también irracional, pero no es persona; es incapaz de darse cuenta de sí mismo y de respondernos, de darse cuenta de nosotros. No cabe trato, intimidad con él. La mujer ofrece al hombre la mágica ocasión de tratar a otro ser sin razones, de influir en él, de dominarlo, de entregarse a él, sin que ninguna razón intervenga. Créalo usted: si los pájaros tuviesen el mínimo de personalidad necesario para poder respondernos, nos enamoraríamos de los pájaros y no de la mujer. Y, viceversa, si el varón normal no se enamora de otro varón, es porque ve el alma de éste hecha toda de racionalidad, de lógica, de matemática, de poesía, de industria, de economía. Lo que desde el punto de vista varonil llamamos absurdo y capricho de la mujer es precisamente lo que nos atrae. (...)
-¡Es usted estupefaciente, amigo Olmedo!
-La idea, pues, de que el hombre valioso tiene que enamorarse de una mujer valiosa, en sentido racional, es pura geometría. El hombre inteligente siente un poco de repugnancia por la mujer talentuda, como no sea que en ella se compense el exceso de razón con un exceso de sinrazón. La mujer demasiado racional le huele a hombre, y, en vez de amor, siente hacia ella amistad y admiración. Tan falso es suponer que al varón egregio le atrae la mujer "muy lista" como la otra idea que las mujeres mismas insinceramente propagan, según la cual, ante todo, buscarían en el hombre la belleza. El hombre feo, pero inteligente, sabe muy bien que, a la postre, tiene que curar a las mujeres del aburrimiento contraído en sus "amores con hombres guapos". Las ve refluir, una tras otra, de arribada forzosa, infinitamente hastiadas de su excursión por el paisaje de la belleza masculina.
Amor mío,
"Hugo nos había unido"
-Señor obispo -dijo con una lentitud que acaso provenía de la dignidad del alma, más que del desfallecimiento de las fuerzas-, he pasado mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía sesenta años cuando mi país me llamó y me ordenó que me mezclara en sus asuntos. Obedecí. Había abusos, los combatí; había tiranías, las destruí; había derechos y principios, yo los proclamé y los confesé. El territorio estaba invadido, yo lo defendí; Francia estaba amenazada, le ofrecí mi pecho. No era rico, soy pobre. He sido uno de los dueños del Estado; las cajas del Banco estaban llenas de plata y oro, hasta tal punto que fue necesario apuntalar las paredes, casi próximas a hundirse con el peso de los metales preciosos; y, entretanto, yo comía en la calle del Árbol Seco, por veintidós sueldos. He socorrido a los oprimidos, he aliviado a los que padecían. He desgarrado la sábana del altar, pero ha sido para vendar las heridas de la patria. He sostenido siempre la marcha progresiva del género humano hacia la luz, y he resistido algunas veces los progresos crueles. En ocasiones, he protegido a mis adversarios, vuestros amigos. Hay en Peteghem, en Flandes, en el sitio mismo en que los reyes merovingios tenían su palacio de verano, un convento de urbanistas, la abadía de Santa Clara en Beaulieu, al cual salvé en 1793. He cumplido con mi deber, según mis fuerzas, y he hecho el bien que he podido. A pesar de esto, he sido llevado y traído, perseguido y calumniado,ridiculizado, escarnecido, maldito y proscrito. Ya, desde hace muchos años, con mis cabellos blancos, siento que muchas personas creen tener sobre mí el derecho de despreciarme; para la pobre turba ignorante, mi cara es la de un condenado, y acepto, sin por ello odiar a nadie, el aislamiento del odio. Ahora tengo ochenta años; voy a morir. ¿Qué venís a pedirme?
-Vuestra bendición -dijo el obispo.
Indómito y hermoso como los caballos, Hugo me blande como estandarte de su vértigo, su rabia, su profecía y de una mentira sobre el corazón del hombre en la que, sin embargo, creo.
viernes, 24 de octubre de 2008
¿Qué tiempo es éste
El hundimiento
miércoles, 15 de octubre de 2008
Dos líneas oblicuas hacia la misma cima
Lloras a Char bajo mi limonero. Tus lágrimas son un ofrecimiento; mi silencio, una gratitud.
En mi país, no se interroga a un hombre conmovido.
Hacia horizontes perpendiculares, nos perseguimos a través de lo que lees. Al cabo de la página, en nuestra encrucijada, nos encontramos, sonriendo.
Amor mío, poco importa que yo haya nacido, te vuelves visible en el lugar en el que yo desaparezco.
La savia enterrada en la página irriga las negras palabras cuando tu voz las desposa con la sangre que palpita en tu garganta. El pájaro que, sediento, se posa sobre la rama acude a beber de la voz que alza el vuelo desde la página.
Tus manos empuñan el libro. El árbol ofrece sus ramas. El libro empuña sus poemas. Las ramas ofrecen sus frutos. El poema empuña tu voz. Los frutos ofrecen su semilla. Tu voz empuña, roturados, tu corazón, mi corazón.
El poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo.
La sombra del árbol, la luz de la página, el claroscuro de mi memoria trazan un círculo cuyo abrazo te acoge.
lunes, 6 de octubre de 2008
Destierro
miércoles, 1 de octubre de 2008
Adiós ha muerto
Las ideas de que es capaz la mente humana son avaramente limitadas; los sentimientos que nos agitan caben incluso en el corazón más pequeño. No es, pues, extraño que el tiempo sea un carrusel en el que giran ajadas e incesantes criaturas que ora se esfuman y ora comparecen en un ciclo tras otro, y otro tras otro, haciendo aparecer de nuevo lo que no es ni fue ni será nunca nuevo.
El avatar del carrusel nos hace hoy vivir en el imperio de lo efímero. Las relaciones se han distendido en contactos, los caprichos dilapidan la herencia minuciosa del deseo, el amor eterno dejó de ser el alimento de la lírica para convertirse en pasto del cinismo, el chiste, la ironía. Ya ni siquiera existe esa figura cándida de los comprometidos (tan poca eternidad cobijan las promesas). Pero esto no conlleva que todo lo sintamos como perecedero. Hoy nada pasa nunca totalmente, ni por tanto nada deja de pasar del todo. Las cosas se resignan a su cotidiano acabamiento en el horizonte no de un fin, sino de un continuará en donde lo que ya ha cesado queda cautelosamente abierto. Hasta la muerte y el olvido parecen tener fecha de caducidad: hoy nadie dice ni a nada se le dice adiós, sino tan sólo un tímido hasta luego.
Este terror ante lo terminal, lo radical, lo imperativo se refleja, por supuesto, en el lenguaje. Palabras como compromiso, gloria, ley, destino; y tradición, deber, raíces; verdad, mentira; bien y mal y nunca y siempre y nada y todo afrontan su silenciosa desaparición. No extraña, pues, que lo directo, la expresión tajante y sin matices, también padezca su callado acabamiento. Entre la realidad y las palabras que la designan, la línea recta es hoy el único camino que nos ha sido vedado: navegamos los meandros del circunloquio, como si la luz demasiado violenta de determinadas palabras nos dañara los ojos: ya no hay gente malvada (tan sólo complicada o disruptiva) que deba recibir castigo y escarmiento (porque es que no hay castigo, sino a lo sumo pedagógica sanción); no hay tontos (que nunca son hoy tontos, sino especiales o tal vez idiosincrásicos) que esparzan su irritante e incansable estupidez en torno; ni hay -ni mucho menos- individuos nobles, ejemplares y modélicos (la virtud y la excelencia no son modelos, sino incómodos recordatorios de lo que podemos ser pero no somos). Ya no hay siquiera gordas (hoy son llamadas rellenitas) a las que uno anhele achuchar -no sin lujuria- sus lorzas cimbreantes o de las que tema -no sin sensatez- su precipitación grasienta y sicalíptica sobre nuestro escuálido esqueleto.
Es un desinflamiento semántico (que no dietético; otro fantasma recorre hoy Europa: los obesos) en el que se disuelven y confunden las ideas y los sueños de que estamos hechos. No se tolera ya lo desigual, lo distintivo, lo señero; no hay ya cenit ni hay nadir: todo se abisma en una sorda igualación de mediodía sin orillas. Cada concepto encuentra su fatiga antes que el pensamiento alcance a recorrerlo hasta su extremo. Porque es bien cierto que hoy no hay nada, ni nadie hay que sea malo o bueno; ni Pepe es ya mejor que Juan, ni es la Angustias peor que la Consuelo; tampoco hay especimen que sea macho o hembra. Todo se quiere medianito, ni fu ni fa y, en la alcoba, epiceno.
Así lo dicta el avatar de nuestro tiempo. Ya gira el carrusel y aquello que estaba aquí tan familiar, tan firme, tan a la mano, tan imperecedero -la eternidad, el alma, el ardor que no se apaga, la continuidad de los anhelos- desapareció sin remisión hasta que en otro giro vuelva (aunque ese giro acaso ya no lo veremos). Y sin embargo, aún quedan remanentes de naufragio: escucha a veces uno un jamás inapelable, un sí que resplandece, un para siempre que circula inexorable desde unos labios susurrantes hasta un oído atento: esas palabras que -como aquel miembro que quedó marchito y que sentimos que aún escuece aunque nos fue amputado ya- se arrastran en la noche cual fantasmas por el hogar de una generación que ya no cree en ellos. Porque ¿qué fue lo que decía amar aquél y cómo le correspondieron? ¿Dejaste alguna huella o fue tu paso sólo pasajero? ¿Qué fue lo que nos hizo arder y consumirnos? ¿Ha sido todo aquello realidad o sueño? ¿Qué diferencia hay? ¿Importa acaso? Pasemos página... ¿Qué hay de nuevo (aunque no es nunca nada nuevo)?
"Así vivimos, siempre despidiéndonos", escribió Rilke. Pero eso fue en un tiempo en el que aún era posible decirle a algo adiós y no en el nuestro, en el que no podemos despedirnos ya del todo, ni hay ya siempre, ni aun podríamos convencernos de que eso que una vez llamamos vida ha sido algo más que aquel lejano redoble de campanas que no sabemos si inventamos o si es que aconteció de cierto. La vida aconteció sin duda; pero eso fue en otro azar del carrusel del tiempo.
martes, 30 de septiembre de 2008
Trigales
miércoles, 24 de septiembre de 2008
martes, 23 de septiembre de 2008
Tractatus
domingo, 21 de septiembre de 2008
"¡El otoño ya!" (A. Rimbaud)
sábado, 20 de septiembre de 2008
Un rumor secreto
La supervivencia y la extinción de cada cosa exige una concatenación de azares cuyo rigor ignoramos y cuya fortuna no merecemos ni desmerecemos. El aleteo de una mariposa en Pekín despierta el huracán en Coral Gables. La temeridad de un anciano rescata de la tumba de una cueva las palabras que son la Palabra. Una confidencia susurrada en una alcoba perdida en un siglo remoto precipita tu muerte, en esta esquina íntima.
Nadie sabe qué se pierde en un paso equivocado, una mano que se cierra sobre treinta denarios, un perdón que no acontece, el adelgazamiento de una caricia que calmaba los rigores de la carne. Nadie sabe qué depende de un abrazo sostenido, de la herrumbre de una espada, el retorno de un vencejo, esta flor en la ventana, el valor de veintiún gramos, tu lectura de esta página.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Mercado
martes, 16 de septiembre de 2008
Consejos a un escritor novel (que no Nobel)
Ahora que los treinta años se acercan, amenazantes, he decidido conjurar mi más que probable crisis cultivando tendencias filantrópicas. Mi contribución a la felicidad humana no será, empero, de índole crematística -soy profesor y no me sobran los cuartos-, sino una paritaria redistribución de mi sabiduría.
Dispuesto a evitar que la hipertrofia de la publicación vuelva redundante la aparición de cualquier libro, dejaré aquí a los escritores noveles unos sensatos y contrastados consejos para que su futura novela (o colección de cuentos, que es como suelen estrenarse los novatos) sea todo un éxito:
1) Título (porque una novela, pasado el sarpullido del experimentalismo y la psicodelia setentera, debe tener un título). Amigos, olvidaos de títulos poéticos o rebuscados. Lo primero (Yo he de amar una piedra, Tu rostro mañana) sólo pueden permitírselo escritores de calidad certificada por organismos oficiales o monarcas de reinos imaginarios; lo segundo (Matando dinosaurios con tirachinas), se lo permitió Pedro Maestre, con el éxito esperable (si te has preguntado "¿Quién diablos es Pedro Maestre?", no haces sino confirmar mi hipótesis [1]).
Lo que hoy triunfa es el sintagma clásico: artículo, sustantivo y complemento preposicional. Eso sí, hay que procurar rellenar este juicioso patrón sintáctico con cierta extravagancia u onirismo: La oreja de Van Gogh, El sueño de Morfeo, La pistola de mi hermano..., o -en su versión cultureta- El río de Heráclito (ya veis que predico con el ejemplo).
[1] Justo es reconocer que mezclar un gerundio, un tirachinas y un dinosaurio en el título de una novela es una de las propuestas más audaces y arriesgadas de la historia de la literatura.
2) Contraportada. Aquí los tiros van por el mismo lado: debéis respetarme el patrón sintáctico y retórico. Supongamos una novela amorosa (esto es, sexual); ejemplo de contraportada al canto: "Dos destinos tejidos por el azar, dos náufragos cuya deriva los arrastra a encontrarse en su desencuentro, una última apuesta para burlar el hastío, una pasión que asfixia aquello que ama, una... etc." ¿Lo pilláis? Antítesis a gogó ("destino-azar", "encuentro-desencuentro", "matrimonio-sexo"...) y enumeraciones a espuertas (ojo con que no se os vaya la mano, que el texto tiene que caber en la contraportada). Como veis, la sintaxis lo es todo; el contenido ha de circunscribirse, eso sí, a un campo semántico new age o de místico tronío...
Tras la sinopsis, conviene rematar las reticencias del comprador con un contundente gancho comercial. Nuestro libro debe ser una propuesta arriesgada (porque si el autor no se arriesga: ¿con qué justificación hurtará el lector 20 euros al pago de su hipoteca? [2]). El golpe de gracia ha de ser un breve eslogan que pondere, comparativamente, las virtudes del autor: esto es -descartados negros literarios- vosotros. A modo de ejemplo: "El rompedor debut narrativo de una de las jóvenes novelistas más prometedoras de la cordillera Penibética" o "La opera prima del cuentista más talentoso del último lustro" (ojo: esta última propuesta puede alentar las más vitriólicas réplicas de exnovias malquistadas).
[2] Obsérvese que ya no hay artista contemporáneo -torero, actor, especulador inmobiliario, cocinero- que pueda sustraerse del discurso del riesgo: "Lo arriesgué todo en aquella corrida", dicen. "En aquel papel", dicen. "En aquella concejalía", dicen. "En aquella empanadilla", dicen. Y así sucesivamente. La retórica de la audacia es un irresistible entretenimiento para gentes sencillas como los niños, los televidentes y las folclóricas.
3. Foto. ¿Bigote y barba? A ver, yo no lo recomiendo; mayo del 69 [sic] está siendo recusado hasta por Sarkozy (en el caso de que seas mujer, esta opción es vertiginosamente desaconsejable). La perilla es otra cosa: nos convierte en individuos sofisticados e implacables, cualidades en modo alguno desdeñables en el mundillo literario (en el mundillo, a secas). Se recomienda la barbita de chivo si publicáis en editoriales alternativas. El bigote sólo es (irónicamente) admisible en el caso de que nuestros protagonistas sean guardias civiles (sobre la conveniencia de que comparezca el tricornio no nos pronunciaremos). La mirada ha de ser lánguida y perdida (hombres), o bien coqueta y acaparadora (mujeres). Procura parecer guapo y evita a toda costa ser gordo. El sobrepeso convertirá vuestro libro, inapelablemente, en una simpática novela de gordito. Hacedme caso; importa poco que en ella impugnéis el universo y sus primaveras; si la foto os muestra mórbidamente rollizos, vuestras páginas sólo serán leídas en el contexto de una simpática novela de gordito. En el embarazoso [3] caso de que seais incapaces de moderar la ingestión diaria de bollería industrial y cerveza, extrapolad vuestra gula al título del libro (como hizo, con magro éxito, el gordo Pablo Tusset en Lo mejor que le puede pasar a un cruasán) o incluso a vuestro propio nombre (como ha hecho, con éxito más que cuestionable, el gordo Joan Barril).
[3] Doble sentido.
4. Ambientacion. Es imprescindible que la acción no se desarrolle en España. Cierto es que los últimos éxitos deportivos han redimido parcialmente la catetez congénita del ADN hispánico; pero las cosas de palacio van despacio. Con el pan de los hijos no se juega. No obstante, si os embarga el furor ibérico, podéis ambientar la novela -bajo vuestra cuenta y riesgo- en Barcelona (está por determinar que pertenezca todavía a España) o Ibiza (cuya manifiesta inverosimilitud como lugar real y humanamente habitable la exime de connotaciones cañíes). Queda terminantemente desaconsejado ambientar vuestra obra en la España profunda, salvo que deseéis postularos como legatarios de Cela o Miguel Delibes (un comercial y telúrico suicidio). Pero conviene que escarmentéis con ejemplos. Imaginad el comienzo de una novela, tal que así: "Paseaba yo bajo el eléctrico atardecer de Manhattan..." o bien "Al fin había llegado a Tokio...". Permutad Tokio y Manhattan por Cuenca y Albacete y vuestra odisea cosmopolita se trocará en francachela digna de un electricista andariego y ocioso o de un Paco Martínez Soria redivivo.
5. Personajes. Ante todo, olvidaos de negros, inmigrantes o gitanos. Eso precipitaría vuestra obra en el abismo iconográfico de la novela social (una ruina). No es en absoluto inconveniente que la protagonista sea una jovencita de moral equívoca (lo que viene siendo ligerita de cascos); las infinitas variantes de la prostitución han cotizado siempre al alza. Eso sí: puta, pero letrada. La pava debe tener conocimiento (no carnal) de Nietzsche (¡incluso declararse nihilista!) y soñar con retirarse como empresaria o broker (no cabe duda de que lo conseguirá). Si pertenecéis a autonomías "históricas", amigos, tenéis una bicoca: vuestros personajes pueden (deben) ser -pongamos- andaluces o -pongamos- "ejercer" de vascos (la subvención o premio de vuestra consejería están garantizados). Pero, en el caso de que -ambiciosos o infortunadamente ahistóricos- persigáis un éxito literario no subvencionado, vuestros personajes habrán de ser arrogantemente sexuados, económicamente solventes y blancos (como mucho, mulatos o asiáticos con clase, tipo Obama o el Fary).
6. Estilo y argumento (last and least). Los diálogos serán dinámicos (esto es, breves); las descripciones (si es que os empeñáis en incluirlas), funcionales y/o líricas (esto es, breves); las reflexiones introspectivas y las digresiones, también breves. En suma: vuestra obra debe ser, ante todo, breve; entre las impacientes manos de hoy, el grosor de vuestros volúmenes sería tan operativo como la angostura bajo vuestros calzoncillos. Sólo las escenas sexuales pueden (deben) alargarse. Conviene incluir algún que otro taco, algún que otro anglicismo y algún que otro dato científico sensacionalistamente tergiversado (estos tres últimos extremos pueden mezclarse). Trufaremos aquí y acá nuestra narración con frases sentenciosas: aparentemente profundas y crípticas, mas sustancialmente redundantes ("La memoria es un músico que toca de oído". Traducción: "La memoria es un músico que toca de memoria". Y así sucesivamente.). Picotearemos citas de allá y acullá (llegado el caso de que seáis reconvenidos por ello, lo llamaréis "intertextualidad"; os daréis cierto tonillo de posmodernos y no os perseguirá la SGAE).
Y, ante todo -y esto es imprescindible-, vuestra novela debe transmitir la inequívoca sensación de que sois tediosamente infelices (lo típico: vacío, desorientación, ennui a tope; ¡pero on the rocks!). La obra debe dramatizar vuestra disconformidad y conflicto con la sociedad, con occidente, con el universo, con vuestra suegra. Imaginad que pilláis por banda al lector y le confesáis: "Oiga, mi salud es estupenda, follo mucho y mamá me lava la ropa los fines de semana y me prepara tupperweres". El lector, justificadamente escandalizado y envidioso, no querrá sino replicaros: "Entonces, mamón, ¿para qué coño escribes?"
Lo dejaré, de momento, aquí. Estos consejos son -creedme- el camino más corto hacia el éxito literario (y de los más placenteros para gozar de una jubilación decente).
Y, sin embargo, ¡oh sin embargo!, si todavía tenéis la ingenuidad, el tesón, la desvergüenza, el coraje para sortear en vuestras líneas los cantos de sirena de los pragmáticos y las trampas del cinismo, si aún creéis que una secuencia afortunada de palabras es un azar que merece los trabajos y los días de una vida humana, sumergíos -con la sola guía de vuestra esperanza y vuestra desesperación- en las verdades del corazón y la incandescencia del verbo. Por ese camino, amigos, no puedo ya guiaros.
Sea como fuere, manos a la obra. Os deseo suerte.
lunes, 15 de septiembre de 2008
Bondad
lunes, 8 de septiembre de 2008
Seda y látigo
jueves, 4 de septiembre de 2008
Es dulce mi mirada y de ceniza
Azogue azotado
lunes, 1 de septiembre de 2008
Trípode
domingo, 31 de agosto de 2008
El exilio y el reino
Si Sianes es la respuesta, ¿cuál es tu pregunta?
Alianza de civilizaciones (cuentos chinos)


sábado, 30 de agosto de 2008
Aria da capo
jueves, 28 de agosto de 2008
Traducción simultánea
Se dice él: No digas te quiero o lo sentirás.