lunes, 2 de marzo de 2009

Caballo que camina a nuestro paso

1898. Un oscuro párroco andaluz seduce a una joven feligresa. El sacrilegio enciende las lenguas, pero está al servicio de una causa humana. El apellido Sianes prevalece.

Setenta y cinco años después, bajo la lluvia, escoltada por las gotas que percuten contra su paraguas, Adela acoge el olor a cigarrillo que precede al hombre, aún desconocido, cuyo primogénito se llamará, como él, Francisco.

No llovía la tarde en la que Eduardo conoció a la antigua amiga de su hermano; unas asignaturas aprobadas abren la puerta del verano y de Mariele.

Un cuarto de siglo antes, en una Viena cercada por las aguas de la historia, Frederike Sylvie espera a Gonzalo, el médico sevillano que viaja a su encuentro (Ambos lo ignoran). En los atardeceres guineanos, durante siete largos años, Luis desteje una pasión que minuciosamente teje en el papel la jovencita Elena. Destinos de Penélope, hoy sólo quedan dos ancianas que se apagan lentamente. Nadie sabe de las cartas.

(Allá, en el horizonte, Adán y Eva.)

Hace apenas seis meses, tormenta de verano en Halstatt (es preciso extraviarse por las sendas de Oku para regresar a Austria). En el balcón (bajo la misma lluvia), geranios que se mecen ante el lago y los relámpagos. Más adentro, sobre el lago tibio y encrespado de las sábanas, dos cuerpos que se mecen en el lecho de los rayos, cuyo trueno son. La improbabilidad juega con cartas marcadas; pero el azar reposa y vela junto a ellos.

Mañana. Un 19 de marzo cualquiera. Nuestro amor sobrevive en un ángulo acosado cuyo vértice es inexpugnable.

lunes, 23 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (7)

Observé a la niña y encontré al fin a mi madre. La claridad de su rostro, la ingenua posición de sus manos, el sitio que había tomado dócilmente, sin mostrarse ni esconderse y, por último, su expresión, que la diferenciaba como el Bien del Mal de la niña histérica, de la muñeca melindrosa que juega a papás y mamás; todo esto conformaba la imagen de una inocencia soberana (si se quiere tomar esta palabra, según su etimología, que es "no sé hacer daño"), todo esto había convertido la pose fotográfica en aquella paradoja insostenible que toda su vida había sostenido: la afirmación de una dulzura.
(...)
Me importa poco saber si Dios existe o no; pero lo que sí sé y sabré hasta el final es que no debería haber inventado al mismo tiempo el amor y la muerte.

La biblioteca está en llamas (6)

El hombre está sometido a dos debilidades que forman parte de su existencia, que la caracterizan. Es preciso que ruegue por todas partes, es preciso que ame por todas partes; y ésa es la base de todas las novelas. Las hizo para pintar a los seres que imploraba, las hizo para celebrar a los seres que amaba.

martes, 17 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (5)

Algunos cuadros de la guardia, inmóviles en el torrente de la derrota, como rocas en un curso de agua, se mantuvieron hasta la noche. Llegada la noche, acompañada de la muerte, esperaron esta soble sombra e, impertérritos, se dejaron envolver por ella. Cada regimiento, aislado de los demás, y no teniendo lazo alguno con el ejército deshecho por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado posiciones para llevar a cabo esta última acción, unos sobre las alturas de Rossomme, otros en la llanura de Mont-Saint-Jean. Allí, abandonados, vencidos, terribles, estos cuadros sombríos agonizaban formidablemente. Ulm, Wagram, Iena, Friedland, morían en ellos.

A la hora del crepúsculo, hacia las nueve de la noche, sólo quedaba uno en la parte baja de la meseta de Mont-Saint-Jean. En este valle funesto, al pie de aquella pendiente que habían subido los coraceros, inundada ahora por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes de proyectiles, este cuadro seguía luchando. Estaba mandado por un oscuro oficial, llamado Cambronne. A cada descarga, el cuadro disminuía, y respondía. Repicaba a la metralleta con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro muros. A lo lejos, los fugitivos, al detenerse para tomar aliento, escuchaban en las tinieblas aquel trueno sombrío que iba decreciendo por instantes.

Cuando esta legión no era ya más que un puñado de hombres, cuando su bandera no era más que un harapo, cuando sus fusiles agotados de balas no fueron más que bastones, cuando el montón de cadáveres fue mayor que el grupo vivo, hubo entre los vencedores una especie de terror sagrado en derredor de aquellos sublimes moribundos, y la artillería inglesa, tomando aliento, guardó silencio. Fue una especie de tregua. Aquellos combatientes tenían a su alrededor, como un hormiguero de espectros, siluetas de hombres a caballo, el perfil negro de los cañones, el cielo blanco, visto a través de las ruedas y de las cureñas; la colosal calavera que los héroes entreven siempre entre el humo en el fondo de la batalla, avanzaba hacia ellos y los miraba. Pudieron oír, en la sombra crepuscular, que se cargaban las piezas; las mechas encendidas, semejantes a ojos de tigre en la oscuridad, formaron un círculo en torno a sus cabezas; todos los botafuegos de las baterías inglesas se acercaron a los cañones, y entonces, conmovido, teniendo el instante supremo suspendido encima de aquellos hombres, un general inglés, Colville según unos, Maitland según otros, les gritó:

- ¡Rendíos, valerosos franceses!

Cambronne respondió:

-Merde!

sábado, 14 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (4)

De igual manera que los niños alargan a tientas las manos hacia las cosas cuando desde el interior de sus ojos la luz se vuelve hacia fuera, así buscaba yo palabras e imágenes capaces de aprehender aquel brillo nuevo de las cosas, que me cegaba. Nunca antes había sospechado yo que hablar pudiera causar tales tormentos; y, sin embargo, no deseaba volver a la vida de antes, más despreocupada. Si nos hacemos la ilusión de que un día podremos llegar a volar, a partir de ese instante preferimos el torpe salto a la seguridad del andar por caminos ya recorridos. Eso es sin duda lo que explica la sensación de vértigo que con frecuencia me sobrecogía en tales actos.

Fácilmente ocurre que la mesura nos abandona cuando recorremos caminos desconocidos. Fue una suerte que en ellos me acompañase mi hermano Otón y que adelantase con prudencia el pie a mi lado. Muchas veces, cuando yo había llegado al fondo de una palabra, corría con la pluma en la mano al piso de abajo para comunicarle mi hallazgo, y otras veces era él, a la inversa, quien subía al herbario portando igual mensaje. Nos gustaba realizar construcciones que llamábamos "módulos". En una papeletita escribíamos en versos sencillos tres o cuatro frases, en las cuales tratábamos de engastar un pequeño fragmento del mosaico del mundo, a la manera como se engastan piedras en metales. También al construir aquellos módulos empezamos por las plantas, y siguiendo aquel camino llegamos cada vez más lejos. Describíamos de ese modo las cosas y sus metamorfosis, desde el grano de arena hasta los acantilados de mármol y desde el segundo fugaz hasta las estaciones del año. Al atardecer nos pasábamos el uno al otro las papeletas y,una vez leídas, las arrojábamos al fuego que ardía en la chimenea.

Pronto notamos que la vida nos era propicia y que una seguridad nueva iba apoderándose de nosotros. Reina y maga es al mismo tiempo la palabra. Nosotros partíamos del excelso ejemplo dado por Linneo, quien penetró en el caos del reino animal y vegetal llevando en su mano el bastón de mariscal que es la palabra. El dominio de Linneo, un dominio más duradero y maravilloso que todos los imperios conquistados con la espada, perdura sobre los prados de flores y sobre las legiones de gusanos.

miércoles, 4 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (3)

Veintidós concubinas reconocidas y una biblioteca de 62.000 volúmenes daban fe de la diversidad de sus inclinaciones; y, por los frutos que dejó tras él, se diría que tanto las primeras como la segunda estaban destinadas al uso y no a la mera ostentación.

La biblioteca está en llamas (2)

Porvenir,
recuerdo matices
tan leves.
En el fuego de lo que fue
arde lo que será.

La biblioteca está en llamas (1)

Hay un misterioso placer en la destrucción; las llamaradas crepitaron resplandecientes y los hombres nos agolpamos contra los muros o en las habitaciones. Noche, ceniza y olor a quemado quedaron en el patio. Me acuerdo de unas hojas perdidas que se salvaron, blancas sobre la tierra. Nora Erfjord, que profesaba por don Alejandro ese amor que las mujeres jóvenes suelen profesar por los hombres viejos, dijo sin entender:

- Don Alejandro sabe lo que hace.

Irala, fiel a la literatura, intentó una frase:

- Cada tantos siglos hay que quemar la biblioteca de Alejandría.

La biblioteca está en llamas

A los treinta años, Albert Camus aseguraba que había conocido suficientes cosas como para poder renunciar a casi todas. Se trata de una prematura sabiduría que no envidio; supuesta su sinceridad, el desengaño sentencioso se gana siempre al precio de la alegría.

Es paradójico: nadie se siente ridículo confesando un rencor, una afrenta, un desengaño; pero todos nos sentimos vulnerables confesando un candor, una entrega, un entusiasmo. A lo largo de estos años, la pasión más firme y más fácilmente confesable que he conservado es la literatura. Desde hoy hasta que alcance los treinta, quiero compartir con vosotros, día a día, mis lecturas; unos y otras sois y habéis sido -quiero permitirme la cursilería- una salvaguarda contra el aprendizaje de la decepción.

Sabio o necio, a los treinta años uno comienza a ser merecedor de su autobiografía. Además de una encrucijada de cicatrices, somos todo lo que hemos amado y lo que aún amamos. Ofrezco estos recuerdos para vuestra memoria. Rescato estas palabras para el viento.

martes, 27 de enero de 2009

In memoriam David Foster Wallace


Buscamos el hogar,
aunque el hogar sólo es querer estar
donde se está.
Estamos siempre en casa,
amigo Wallace;
pero de qué nos sirve una verdad
que no ha acudido a tiempo.

Alimentamos nuestra soledad
para saciar el hambre de la angustia,
monstruos que tienen nuestro rostro
y se devoran por nuestras esquinas.

El día es largo
y, sin embargo, ya es de noche.
La noche es una nitidez del tiempo.
El tiempo es esta oscuridad
que ahoga nuestra lucidez inútil.

(Un joven, una soga,
la gravedad, la lámpara encendida:
Teseo, el hilo, el minotauro cruento
arden sólo un momento
en una misma llama temblorosa
que es la vida)

La lucidez apenas es
un estertor entre tinieblas.

Tú has encontrado al fin tu hogar,
hermano Wallace,
entre la tierra ahora inhabitable
y el siempre inaccesible cielo.

Cincuenta

Leo en un libro de Auden que una de las hazañas de Hércules consistió en hacer el amor a cincuenta vírgenes en una sola noche. Quedo estupefacto. ¡Hubo alguna vez cincuenta vírgenes!

viernes, 23 de enero de 2009

Querer saber si llueve (y 2)

No quiero ser apocalíptico. Leo a Ortega:
Lo de menos es que el lenguaje sirva también para mentir. La mentira sería imposible si el hablar primario y normal no fuese sincero. La moneda falsa circula sostenida por la moneda sana. A la postre, el engaño resulta ser un humilde parásito de la ingenuidad.
No quiero ser ingenuo. Contemplo el mundo: el mentiroso es aquel que pretende obtener el mayor beneficio con la menor inversión de sinceridad. Esta dinámica, convertida en valor de cambio, extrapolada a todos los órdenes, sostenida por todos los individuos, genera una economía social especulativa e inflacionaria que, inexorablemente, acaba colapsando el sistema. La vida se ha convertido, como los créditos hipotecarios y el matrimonio, en un fraude institucionalizado.

Mentimos porque hemos aprendido que es más fácil engañarnos que arrostrar los hechos. Si logramos convencer y convencernos de que somos como deseamos ser, de que deben ser las cosas como son, nos exoneramos de la ingrata y ardua tarea de cambiar el mundo y de cambiarnos. Un mundo feliz, perfecto, no precisa que lo transformemos. El emperador, todos, vamos desnudos; pero hemos alcanzado un pacto tácito para disimulárnoslo. Aquel que nos obliga a reparar en nuestra desnudez es declarado loco o convertido en mártir.

Pero ¿qué sucede cuando el oxígeno de la caverna se ha agotado, cuando los presos nos vemos obligados a salir a la despiadada y heridora luz de lo real? Somos cegados por la intensidad de la desilusión. En Norteamérica, profecía encarnada de Europa, los ciudadanos pasan el 90% de su tiempo libre frente a una pantalla; el 30% es dependiente de los antidepresivos. ¿No escuchamos exigir a nuestras almas más Prozac y menos Platón? En el laberinto de los días enmascarados, para los ciegos voluntarios, el hilo de la verdad acaba conduciendo fatalmente a la morada de Asterión.

¿Dónde está la verdad? Antaño se disimulaba, retorcida, en la profecía y en el oráculo. Se ocultaba bajo siete sellos esperando su apocalipsis, su revelación. Hoy se guarece en los archivos de nuestros ordenadores, en el vientre hinchado de los celulares, en las susurradas confidencias telefónicas, en desnudos a la luz forense de nuestras webcam.

Parece absurdo y, sin embargo, es la pura verdad que, puesto que todo lo real es una nada, la única realidad y la única sustancia del mundo consiste en las ilusiones. (Leopardi) ¿Hay una realidad al norte de la desilusión? La hay. Aquella que desvela el arte, esa cosa trémula y precisa. Así nos la describe Samuel Beckett:
Pero he terminado por comprender su lenguaje. Lo he comprendido, lo comprendo, quizás erróneamente. No es ése el problema. ¿Es decir, que ahora soy más libre? No lo sé. Ya aprenderé. Entonces entré en casa y escribí Es medianoche. La lluvia azota los cristales. No era medianoche. No llovía.
En su capacidad para decir lo que no es se cifra la miseria y la grandeza del verbo: sus laberintos enmarañados y su claro abierto al cielo; engaño y epifanía. La mentira y la poesía son hermanas que, como Caín y Abel, están emparentadas por el sacrificio y por la sangre: no pueden habitar la misma tierra; pero han de hacerlo. La mentira es el pecado original porque enturbia la limpieza y la claridad del mundo: tergiversa el pasado y engatusa al futuro. La poesía es un relámpago que resquebraja la más densa niebla: ilumina lo real, es presente continuo. La poesía nos libra del mandamiento único del engaño: haz de la verdad, que no existe, una mentira mejor que ella. El poeta (y quién puede serlo siempre; y quién no lo es alguna vez) está comprometido con la lluvia. Pero, para desear que llueva, es preciso saber (querer saber) que no llueve.

Pienso en la figura de Marichalar, disimulada en su cerúlea fiesta taurina. Y la imagino contemplando, a través de los vacíos e interminables pasillos del museo, las sombras de la familia real de la que fue arrancada (por qué el adiós; quizá tan sólo fue mi sombra la que acompañó a sus cotidianas sombras); contemplando más allá, a través de los inalcanzables ventanales, fugitivos pájaros al otro lado de todas las distancias; contemplando la lluvia inútil que azota los cristales y que cae interminablemente sobre el mundo (de qué manera cobijarme, de qué manera deshacerme bajo su invisible manto) con sus abiertos ojos ciegos.

Querer saber si llueve (1)

Unos pilotos y sus azafatas se han desnudado (aunque sorprenda, no recíproca sino reflexivamente) para aparecer posando en un aéreo calendario; a unos policías talluditos les han regalado su peso en botellines de cerveza (es de esperar que no para consumo propio); un ciudadano chino transpira sudor azul (su gesto, asegura, carece de connotaciones ideológicas); un pastor alemán, entrenado por un pastor español, ha resultado vencedor en las Olimpíadas caninas. Me enteré de todas estas noticias hace unas semanas, mientras almorzaba viendo el telediario.

La que más llamó mi atención, sin embargo, fue ésta: en el museo de cera de Madrid, han retirado la figura de Jaime de Marichalar del grupo integrado por la familia real. Tras su separación de la infanta Elena, la presencia de don Jaime resultaba soberanamente extemporánea y embarazosa. La directiva del museo se aprestó a tomar medidas: consultó al departamento artístico y decidió ocultar discretamente su figura entre los aficionados de una cerúlea corrida. Haberla destruido sin más o haberla colocado ante el cornudo toro habría resultado, parece, incivil.

Una noticia es un acontecimiento que se engalla y nos interpela. El mundo, a tenor de lo visto en el noticiero, se encuentra pavorosamente amilanado. O es más bien que las hazañas y los cataclismos que agitan el inagotable discurrir del tiempo han visto erosionados su perfil anfractuoso por obra de su mera recurrencia entre nosotros. Los indesmayables gritos de victoria, los innumerables alaridos de dolor conforman un espectro sonoro tan denso que resulta ya inaudible. Ensordecidos por acontecimientos tan aullantes como monótonos, ya no nos conmueve la intensidad de los hechos sino, a lo sumo, su extravagancia. El fin de la historia no lo ha precipitado el agotamiento de la ideología, sino la saturación neurológica. Lo sabía Borges: basta con que lo milagroso se repita para que se nos antoje baladí. Basta con que lo infernal se propague para que nuestra resignación lo acepte: lo sabemos todos.

Paralelamente, la verdad ha desaparecido como marco de interpretación del mundo, de los otros, de nosotros mismos. Sabedores de nuestra miseria, de nuestra inanidad y nuestra nada, temerosos de que el prójimo descubra nuestra indefensión y nuestro miedo, nos precipitamos a representar nuestro papel en el teatro de la vida. Si creemos a Leopardi:
La impostura vale y surte efecto incluso sin lo genuino; mientras que lo genuino, sin ella, nada vale. Y esto no viene dado, creo yo, por mala inclinación de nuestra especie, sino porque siendo lo genuino siempre demasiado pobre y defectuoso, para deleitarse y estimularse el hombre necesita que todas las cosas tengan algo de ilusión y de prestigio, y que prometan ser mayores y mejores de lo que en realidad son. La propia naturaleza es impostora con el hombre, y no le hace la vida amable o llevadera sino por medio principalmente de imaginación y de engaño.
No somos malvados; somos menesterosos. La verdad no nos basta. Sin edulcorantes y sin condimentos, la vida nos resulta tan insípida (tan inquietante) como el agua destilada, las hamburguesas de un McDonald, un amor de discoteca. Todas las personas sinceras se parecen; pero cada uno es mentiroso a su manera: la prestidigitación es el único camino hacia la magia (y un mago sincero es un oxímoron intolerable). ¿Cómo habría de dolernos habitar entre espejismos, errar por un desierto donde no podemos aferrar esas verdades que arden tan sólo un instante al viento? Nuestra humilde condición es el engaño. Vivimos tejiendo y destejiendo la mentira de que estamos hechos.

Quién no ha emborronado el cristalino mundo y avanzó como miope voluntario entre tinieblas. Quién no ha desgastado el nombre de su Dios en vano, ni sembró la duda y la cizaña en la fertilidad de un oferente oído, ni solicitó secreta absolución para pecados clandestinos. Quién no juró sobre la Biblia que no ocurrió lo que afrentó el curso del tiempo, ni convocó a lo más sagrado a declarar que fue lo que jamás aconteció bajo la luz del cielo. Quién no se convirtió en el héroe de aventuras ajenas, ni adoptó el papel de víctima en la obra en la que fue el verdugo. Cuántas veces dijimos sí a lo que era no, cuántas se impuso el parecer al ser e hicimos que lo negro pareciera blanco y vimos claro lo que era oscuro. Tantas como flaqueamos y murió ahogada la verdad en la saliva de la temerosa boca, una furtiva lágrima bajo el rostro enmascarado y la sonrisa bajo el corazón helado y duro.

miércoles, 21 de enero de 2009

Diluvio

(A Elena)

Palabra, amada,
corazones de águila
con alas de paloma,
seguid latiendo allá
donde mi aliento cesa.
Traedme en vuestro pico
una rama de olivo
a través del diluvio
de campanas que doblan;
preciso el mundo para amaros
y os necesito para amarme.
Poesía, amor,
ojos que sólo pueden contener
ceguera y sol.

sábado, 17 de enero de 2009

Fatum

Murió de su morbosa inclinación a contraer suegras.

Negocio

Antaño, el desheredado
era siempre el culpable de su estado.
Hoy no hay negocio más rentable
que declararse víctima
y encontrar un culpable.

viernes, 16 de enero de 2009

La huella de tus manos en mi carne

se engasta en una senda
ahora impracticable.
La soledad tiene la forma de mi corazón.
Lágrima, brasa de la lejanía,
con qué inclemencia brillas
en el meridiano del dolor.

martes, 13 de enero de 2009

martes, 6 de enero de 2009

Noche de Reyes

Nada nuevo bajo el sol.
Pero estamos bajo el sol.

jueves, 1 de enero de 2009

Estrella polar (deseo)


Quisieron tentarte con invulnerabilidad. Tú has preferido un lecho de hojas secas, tiempo no segmentable, un despertar sin arneses. Y, mientras se preparan aras para la adoración de la adoración, para la servidumbre, tú sigues mojando el pan en humo.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

En mi fin está mi principio


Dos ademanes del alma que no conozco:
el gesto que acoge sin miedo,
el gesto que despide sin herida.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Fin de año


¿Mereceremos algo más del instante que el privilegio amputado de cortejarlo en el momento en que nos despide?

sábado, 22 de noviembre de 2008

Engendras el futuro al desearlo.

Promesa, fiebre, poesía,
espigas sois del corazón valiente.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Leopardos

A los filántropos por cuenta ajena*, que normalizan el delito y la barbarie en virtud de su mera recurrencia, les dedico esta parábola de Kafka. Lúcida. Terrible.

En el templo irrumpen leopardos y se beben el vino de los cálices; esto acontece repetidamente; al cabo se prevé que acontecerá y se incorpora a la ceremonia del templo.

* (El pedabobo es, con los considerables recursos que proporciona la petulancia, la línea más corta entre la ignorancia y la estupidez.)

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Anoche

No moriré, amor mío, de fiebre calculada.
Haberlo amado todo antes de amarte,
qué perfección ahora tan inútil.

jueves, 13 de noviembre de 2008

La tierra bajo la que yaceré

es un latido más pequeña
que aquella sobre la que me arrodillo.

Elena,

Troya fue. Tú eres.

La costilla de Adán (15). Ornitología

Una absorbente voracidad lectora (espoleada por la astenia otoñal), no sé qué ternuras íntimas y, last but not least, mi penúltima trifulca con la inefable compañía Telefónica, me tienen alejado de estas páginas (nunca de ustedes, amigos lectores). Mientras persevero -con una languidez que no desalienta pero refrena a la perseverancia- en unos indecisos borradores que no se resuelven a convertirse en artículos, les dejo unas reflexiones orteguianas sobre el enamoramiento, "ese candoroso despilfarro de entrañas desconcertantes, desconcertadas" ;). Un abrazo muy cariñoso a cada uno de ustedes.

-(...) Después de todo, ¿qué razón hay para que un hombre inteligente se enamore de una mujer inteligente? Si se tratase de fundar una industria, un partido político o una escuela científica, se comprende que un espíritu claro intente sumarse otros claros espíritus; pero el menester amoroso -aun dejando de lado la dimensión sexual- no tiene nada que ver con eso; es precisamente lo opuesto a toda ocupación racional. (...) Los hombres se enamoran de las corzas, de lo que hay de corza en la mujer. Yo no diría esto delante de las damas, porque éstas fingirían un grande enojo, aunque en el fondo por nada se sentirían más halagadas.

-Entonces , para usted, el talento de la mujer, su capacidad de sacrificio, su nobleza, son cualidades sin importancia...

-No, no; tienen mucha importancia, son maravillosas, estimabilísimas -las buscamos y enaltecemos en la madre, la esposa, la hermana, la hija; pero ¿qué quiere usted?-; cuando se trata, estrictamente hablando, de enamorarse, se enamora uno de la corza emboscada que hay en la mujer.

-¡Diablo, qué me dice usted!

-El varón, cuanto más lo sea, más lleno está, hasta los bordes, de racionalidad. Todo lo que hace y obtiene lo hace y obtiene por razones, sobre todo por razones utilitarias. El amor de una mujer, esa divina entrega de su persona ultraíntima que ejecuta la mujer apasionada, es tal vez la única cosa que no se logra por razones. El centro del alma femenina, por muy inteligente que sea la mujer, está ocupado por un poder irracional. Si el varón es la persona racional, es la fémina la persona irracional. ¡Y ésta es la suprema delicia que en ella encontramos! El animal es también irracional, pero no es persona; es incapaz de darse cuenta de sí mismo y de respondernos, de darse cuenta de nosotros. No cabe trato, intimidad con él. La mujer ofrece al hombre la mágica ocasión de tratar a otro ser sin razones, de influir en él, de dominarlo, de entregarse a él, sin que ninguna razón intervenga. Créalo usted: si los pájaros tuviesen el mínimo de personalidad necesario para poder respondernos, nos enamoraríamos de los pájaros y no de la mujer. Y, viceversa, si el varón normal no se enamora de otro varón, es porque ve el alma de éste hecha toda de racionalidad, de lógica, de matemática, de poesía, de industria, de economía. Lo que desde el punto de vista varonil llamamos absurdo y capricho de la mujer es precisamente lo que nos atrae. (...)

-¡Es usted estupefaciente, amigo Olmedo!

-La idea, pues, de que el hombre valioso tiene que enamorarse de una mujer valiosa, en sentido racional, es pura geometría. El hombre inteligente siente un poco de repugnancia por la mujer talentuda, como no sea que en ella se compense el exceso de razón con un exceso de sinrazón. La mujer demasiado racional le huele a hombre, y, en vez de amor, siente hacia ella amistad y admiración. Tan falso es suponer que al varón egregio le atrae la mujer "muy lista" como la otra idea que las mujeres mismas insinceramente propagan, según la cual, ante todo, buscarían en el hombre la belleza. El hombre feo, pero inteligente, sabe muy bien que, a la postre, tiene que curar a las mujeres del aburrimiento contraído en sus "amores con hombres guapos". Las ve refluir, una tras otra, de arribada forzosa, infinitamente hastiadas de su excursión por el paisaje de la belleza masculina.

("Paisaje con una corza al fondo", Teoría de Andalucía y otros ensayos. José Ortega y Gasset)

Amor mío,

el verano no traiciona su temperatura cuando sonríes más adentro que mi adentro. Tu lágrima -oferente y candoroso despilfarro de tu entraña- resquebraja el corazón de escarcha de mi invierno.

"Hugo nos había unido"

(Jorge Luis Borges. El otro)

-Señor obispo -dijo con una lentitud que acaso provenía de la dignidad del alma, más que del desfallecimiento de las fuerzas-, he pasado mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía sesenta años cuando mi país me llamó y me ordenó que me mezclara en sus asuntos. Obedecí. Había abusos, los combatí; había tiranías, las destruí; había derechos y principios, yo los proclamé y los confesé. El territorio estaba invadido, yo lo defendí;
Francia estaba amenazada, le ofrecí mi pecho. No era rico, soy pobre. He sido uno de los dueños del Estado; las cajas del Banco estaban llenas de plata y oro, hasta tal punto que fue necesario apuntalar las paredes, casi próximas a hundirse con el peso de los metales preciosos; y, entretanto, yo comía en la calle del Árbol Seco, por veintidós sueldos. He socorrido a los oprimidos, he aliviado a los que padecían. He desgarrado la sábana del altar, pero ha sido para vendar las heridas de la patria. He sostenido siempre la marcha progresiva del género humano hacia la luz, y he resistido algunas veces los progresos crueles. En ocasiones, he protegido a mis adversarios, vuestros amigos. Hay en Peteghem, en Flandes, en el sitio mismo en que los reyes merovingios tenían su palacio de verano, un convento de urbanistas, la abadía de Santa Clara en Beaulieu, al cual salvé en 1793. He cumplido con mi deber, según mis fuerzas, y he hecho el bien que he podido. A pesar de esto, he sido llevado y traído, perseguido y calumniado,ridiculizado, escarnecido, maldito y proscrito. Ya, desde hace muchos años, con mis cabellos blancos, siento que muchas personas creen tener sobre mí el derecho de despreciarme; para la pobre turba ignorante, mi cara es la de un condenado, y acepto, sin por ello odiar a nadie, el aislamiento del odio. Ahora tengo ochenta años; voy a morir. ¿Qué venís a pedirme?

-Vuestra bendición -dijo el obispo.

(Victor Hugo. Los miserables)

Indómito y hermoso como los caballos, Hugo me blande como estandarte de su vértigo, su rabia, su profecía y de una mentira sobre el corazón del hombre en la que, sin embargo, creo.