Me ha conmovido, en esta reflexión deleuzeana sobre el deseo, cómo el discurso teórico desemboca en la comezón personal. Atiendan al cambio de tono en el tercer vídeo (de 2:55 a 5:40). Un maestro del concepto repentinamente inerme -casi desvalido- ante el acoso de la responsabilidad, ante la constatación inexorable de que no hay palabra inocua, de que no hay discurso que no instile y no envenene y no contagie a quien lo escucha. Y confraternizo con Deleuze mientras observo su mirada absorta y rememorativa, o acaso es sólo esquiva y triste en su rumia lenta ("A quién encandilaron mis palabras; hacia dónde encaminaron y con qué secuelas; qué actos incitaron, qué renuncias; qué oídos se quisieron herederos de mi lengua. A quiénes salvaron y de quiénes fueron la condena. Qué nudo en la garganta siento ahora y, sin embargo, qué imposible y qué inútil renunciar a ellas."). El deseo es una "construcción", la fundación de un "territorio"; pero es también un semillero: una inspiración. Y somos responsables de esa tierra con la que formamos mundos y de ese aliento con el que insuflamos vida. No todas las cosas tienen nombre -me recuerdo-; pero todos los nombres tienen cosas o acaban por tenerlas: es la ley inapelable que condena y salva a tantos otros (y es también la ley inapelable que nos salva y nos condena).
http://www.youtube.com/watch?v=eeMvkLo8ydI
http://www.youtube.com/watch?v=cQJlpAHIpiw&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=jdeO0qJVEJw&feature=related
