Como no renunciaba a la esperanza de volver alguna vez a la universidad, me dedidí a preparar mi tesis pese a la enorme pereza que me daba. Escogí como tema el pensamiento de Cioran, que yo conocía bastante bien y el resto de la academia española nada en absoluto. Además podía leerle en su idioma original (en aquel entonces Cioran no quería saber nada de sus libros en rumano) y la bibliografía a consultar era bastante corta, porque casi nadie le había estudiado todavía. De modo que podía ser exhaustivo sin quedarme eshausto. Como director de tesis opté por José Luis Pinillos, catedrático de Psicología con quien siempre me había llevado razonablemente bien. Pinillos fue un director de tesis nada entrometido, cooperativo y tolerante, pero creo que tuvo ocasión de maldecir más de una vez la hora en que se le ocurrió aceptar mi encargo. Y es que enseguida empezaron los problemas. No en vano yo tenía ya una fama bien asentada de perturbador levemente perturbado (mi último tropiezo fue verme expulsado de un curso de doctorado algo aburrido por haberme dedicado sin recato a meter mano a una exuberante compañera, tan aburrida o más que yo). La primera alarma fue el rumor, no menos disparatado que halagador, de que Cioran era un invento mío, un heterónimo para publicar mis chifladuras y que la pretendida tesis sobre tal fantasma no pretendía ser sino una sofisticada burla a la academia. Yo me lo tomé a broma, pero Pinillos pareció algo preocupado y me aconsejó que recabase del autor una carta respaldando mi trabajo, que serviría además como prueba de su existencia. De modo que le escribí: "Cioran, dicen que usted no existe". Me contestó a vuelta de correo: "Por favor, no les desmienta". Pero me envió una especie de carta-prólogo para la tesis, en la que aseguraba que él de ningún modo era un filósofo y que el único miembro de este gremio que conocía actualmente era un clochard parisino que solía pedirle de vez en cuando dinero mientras abominaba de los sinsabores de la vida. Francamente, no sé si la misiva contribuyó a mejorar las cosas: ya nadie dudó de que Cioran existiese, pero todos pensaron que éramos desdichadamente tal para cual.
lunes, 27 de abril de 2009
La biblioteca está en llamas (11)
El júbilo no puede ser excesivo, sino que es siempre bueno; la melancolía, en cambio, es siempre mala.
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Autobiografía,
La biblioteca está en llamas
lunes, 20 de abril de 2009
La biblioteca está en llamas (10)
Había en otros tiempos... ¿ha observado cómo aromatizan e invaden el cuarto las glicinas bañadas por el sol de esta pared? Lo hacen como si (liberadas por luz) se movieran con avance secreto, rozando y pasando de uno a otro átomo los mil ingredientes de esta penumbra. Ésa es la esencia del recuerdo: sensación, gusto, olfato. No se trata del entendimiento, del pensar. La memoria no existe; el cerebro recuerda lo que los músculos se esfuerzan por hablar, ni más ni menos, y la resultante es por lo general falsa, merecedora apenas del nombre de sueño... ¡Ah sí, el dolor se aleja, se desvanece, lo sabemos muy bien..., pero pregunte usted a los lagrimales que han olvidado llorar! Hubo en otros tiempos un estío de glicinas. Todo estaba impregnado de glicinas (y yo tenía catorce años entonces), como si todas las primaveras futuras se hubieran condensado en una sola en un verano: la primavera y el verano que pertenecen a toda mujer que ha respirado en este mundo, deudora de todas las primaveras traicionadas que, desde tiempos irrevocables, quedaron detenidas para volver un día a reflorecer. Era una vendimia de glicinas, pues el año de vendimia consiste en esa dulce conjunción de raíces, flores y ansias, horas y tiempo; yo (que tenía catorce años) no insistiré en la floración, puesto que ningún hombre podía mirarme aún (ni lo haría jamás) con algún detenimiento, no como a una niña, sino como a algo menos que una niña; no sólo más niña que mujer, sino menos que cualquier especie de carne femenina. Tampoco hablaré de hojas... yo, hoja amargamente pálida, raquítica y frustrada, temerosa de cualquier derecho al verde luminoso que podía haber iniciado los tiernos juegos infantiles de novios de un día, o detenido el vuelo de las voraces avispas masculinas de una pasión futura. Pero insisto y reclamo la raíz y las ansias, ¿no he heredado acaso de todas las Evas solitarias que han nacido después de la Serpiente? Sí, lo afirmo, yo crisálida frustrada de una ciega simiente perfecta: pues ¿quién podrá decir que una raíz nudosa y olvidada no florecerá un día en un capullo redondo y concentrado, más pleno y concentrado y embriagador porque esa misma raíz abandonada no estaba muerta sino dormida?
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La biblioteca está en llamas
lunes, 13 de abril de 2009
Yo, que tantos hombres he sido...
Como se colige del relato del topillo (insisto en que el topo es real, no una amenazadora forma de mi fiebre), atravieso una época de cambios, viajes, estrés laboral y trastornos de personalidad. Escribo mucho en mis cuadernos, pero poco aquí.
Para conjurar mis demonios, he decidido hacer un experimento: he creado un blog heterónimo. En él, seré fiel al hombre que yo sería (yo, que tantos hombres he sido) si fuera lo que mi hermano, mi señora esposa y muchos amigos, conocidos y saludados son: un progre melancólico. Este espécimen es una mezcla de nostalgia narcisista, compulsión viajera y fervor utópico (vertiginosamente inconcreto); en suma, un tipo que no está nunca en casa: en el presente. Un ejemplar que zascandilea con la gramática de la poesía, ignorando la poesía de la gramática (de ahí su afición a los juegos de palabras y las conversaciones etéreas, su culto a los payasos y los vagabundos, el vicio por los amores imposibles, los trucos de magia, las revoluciones -en otros países-, Montmartre en cinemascope, las letras minúsculas, un Rimbaud que es el Ché que es Jim Morrison, la improvisación, el jazz, los puntos suspensivos... los cigarrillos... el humo...). Espíritus superficiales, pero seductores. Niños grandes.
Así que actuaré como si me gustaran el Bolaño más etílico y el Cortázar más cronopio y "colgaré" (durantes unas semanas y de tanto en tanto, nomás) textos breves, fotos y vídeos musicales on the rocks. Y fiebre y lanza y baile y sueño. ¿Me convertiré en un seductor grunge, a mi pesar? Vosotros, hermano, señora esposa, amigos, conocidos y saludados diréis si gano con el cambio.
(El blog se subtitula: Memorias de un Adriano. Conviene aclarar que los Sianes somos los, así llamados desde antaño, Adrianos http://desmemoriasdeadriano.blogspot.com/)
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Homenajes y profanaciones,
Homo Sianecius
miércoles, 1 de abril de 2009
La luz de la mañana los disipa
Anoche volví a soñar que salía de la casa de mis abuelos paternos, que tiraba a correr hacia la casa de mis otros abuelos, allá arriba, en las afueras del pueblo. Un sueño recurrente que, desde hacía años, no tenía (¿Por qué tan a menudo corro en sueños?).
Al despertar esta mañana, pensaba que, tras la muerte de mi abuela materna, esas casas están al fin vacías y que sólo podría encontrarlas habitadas ya en mis reiterados sueños. Pensaba que debía sentirme melancólico: era ya irrecuperable mi lejana infancia, había perdido el referente vivo de mis antepasados, no volverían a repetirse las carreras solitarias por mi pueblo. Pensaba que vivir es, más que disfrutar de las conquistas, aprender a gestionar las pérdidas. Vivir es ir muriendo cada día. (Y es que lentamente engrosa el número de encuentros a los que sólo acudiremos en nuestros repetidos sueños y lentamente aumenta el número de aquellos que nos acompañan hoy tan sólo en la imaginación, en el deseo y el recuerdo -ya nunca más se posará su mano sobre nuestra mano, ni se aferrará su cuerpo vivo contra nuestro cuerpo-). Y allí, sobre la cama, miraba hacia el confín de aquella edad en que la muerte tiene aún el rostro de nuestros abuelos.
Al despertar esta mañana, pensaba que, tras la muerte de mi abuela materna, esas casas están al fin vacías y que sólo podría encontrarlas habitadas ya en mis reiterados sueños. Pensaba que debía sentirme melancólico: era ya irrecuperable mi lejana infancia, había perdido el referente vivo de mis antepasados, no volverían a repetirse las carreras solitarias por mi pueblo. Pensaba que vivir es, más que disfrutar de las conquistas, aprender a gestionar las pérdidas. Vivir es ir muriendo cada día. (Y es que lentamente engrosa el número de encuentros a los que sólo acudiremos en nuestros repetidos sueños y lentamente aumenta el número de aquellos que nos acompañan hoy tan sólo en la imaginación, en el deseo y el recuerdo -ya nunca más se posará su mano sobre nuestra mano, ni se aferrará su cuerpo vivo contra nuestro cuerpo-). Y allí, sobre la cama, miraba hacia el confín de aquella edad en que la muerte tiene aún el rostro de nuestros abuelos.
Pero amanece. Qué fácilmente damos preeminencia, me decía luego, al gesto de dolor sobre los ademanes del asombro y del agradecimiento. Con rutinaria capitulación edificamos nuestra casa sobre los arrabales del recuerdo (nuestra patria perdida es la infancia, nuestra fidelidad sólo será leal con lo que ha muerto) o en la prometida y promisoria ínsula del porvenir; raramente fundamos el hogar en el incandescente instante, en el presente manantial, bajo la luz de un sol que no se pone. Qué complacientes somos con la noche y qué sombríos bajo el mediodía. Con qué complicidad privilegiamos la despedida y el adiós sobre el hallazgo y el descubrimiento.
Porque hace años, siento ahora, cuando aún estaban habitadas esas casas que unían mis infantiles carreras, no podría haber soñado con Rocío, con los silencios de Char, con ese atardecer de Roma prolongado hasta el amanecer, ni con aquella noche levantina donde en cada palabra y cada hora ardía un mundo.
Los malos sueños son una marea negra y pegajosa que nos arroja contra la vigilia, temblando y empapados por su oscuridad impía. La luz de la mañana los disipa.
Esta mañana amanecí abrazado a la mujer que amo y que me ama. ¿Qué dice eso de la medianoche?
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Contra la nostalgia,
Frente a los instantes
Porque yo ya no soy yo...
(Para mis compañeros de APIA, que entienden.)
Llevo meses detrás de un topo que se ha colado en mi cocina. Lo he intentado todo: trampas para ratones, restos de pizza Quattro Formaggi, emboscadas armado con una vieja escoba. Todo en vano. El jodido es olímpicamente escurridizo. Mi casera me ha recomendado que le eche polvos envenenados por todos los rincones de la cocina (al topo, no a mi casera). Y yo, que en las zozobras de los polvos soy obediente, se los he echado. También en vano.
A menudo, en la alta noche, oigo el deambular infatigable de ese animal que se encona en mi cocina como un remordimiento. En ocasiones, me cuesta conciliar el sueño. ¿Quién podría convivir tranquilo con un topo que campa, soberano, por su propia casa? A la luz titubeante de las mañanas, encuentro sus caquitas ostentosas esparcidas por esa encimera que, cual Sísifo doméstico, me empeño en limpiar y relimpiar con los productos comprados en el Covirán de mi pueblo (empiezo a tener fama de lila entre mis vecinas).
En los últimos días, el trajín ha aumentado. Me alarma pensar que pueda tratarse una plaga. Y, sin embargo, el topo parece encontrarse tan a gusto en mi casa, tan amenazado cuando atisba mi presencia constante, mi resistencia a cederle el terreno, que he llegado a cuestionarme quién es el invasor y quién el invadido.
A la vuelta del trabajo, fatigado, encuentro mi llave cada día más pesada; mi cerradura, más resistente; mi casa, más ajena. A veces, ni siquiera sé de qué lado de la puerta estoy.
martes, 17 de marzo de 2009
La biblioteca está en llamas (9)
La habitación del suicida
Seguramente crees que la habitación estaba vacía.
Pues no. Había tres sillas bien firmes.
Una lámpara buena contra la oscuridad.
Un escritorio, en el escritorio una cartera, periódicos.
Un buda despreocupado. Un cristo pensativo.
Siete elefantes para la buena suerte y en el cajón una agenda.
¿Crees que no estaban en ella nuestras direcciones?
Seguramente crees que no había libros, cuadros ni discos.
Pues sí. Había una reanimante trompeta en unas manos negras.
Saskia con una flor cordial.
Alegría, divina chispa.
Odiseo sobre el estante durmiendo un sueño reparador
tras las fatigas del canto quinto.
Moralistas,
apellidos estampados con sílabas doradas
sobre lomos bellamente curtidos.
Los políticos justo al lado se mantenían erguidos.
No parecía que de esta habitación no hubiera salida,
al menos por la puerta,
o que no tuviera alguna perspectiva, al menos desde la ventana.
Las gafas para ver a lo lejos estaban en el alféizar.
Zumbaba una mosca, o sea que aún vivía.
Seguramente crees que cuando menos la carta algo aclaraba.
Y si yo te dijera que no había ninguna carta.
Tantos de nosotros, amigos, y todos cupimos
en un sobre vacío apoyado en un vaso.
Seguramente crees que la habitación estaba vacía.
Pues no. Había tres sillas bien firmes.
Una lámpara buena contra la oscuridad.
Un escritorio, en el escritorio una cartera, periódicos.
Un buda despreocupado. Un cristo pensativo.
Siete elefantes para la buena suerte y en el cajón una agenda.
¿Crees que no estaban en ella nuestras direcciones?
Seguramente crees que no había libros, cuadros ni discos.
Pues sí. Había una reanimante trompeta en unas manos negras.
Saskia con una flor cordial.
Alegría, divina chispa.
Odiseo sobre el estante durmiendo un sueño reparador
tras las fatigas del canto quinto.
Moralistas,
apellidos estampados con sílabas doradas
sobre lomos bellamente curtidos.
Los políticos justo al lado se mantenían erguidos.
No parecía que de esta habitación no hubiera salida,
al menos por la puerta,
o que no tuviera alguna perspectiva, al menos desde la ventana.
Las gafas para ver a lo lejos estaban en el alféizar.
Zumbaba una mosca, o sea que aún vivía.
Seguramente crees que cuando menos la carta algo aclaraba.
Y si yo te dijera que no había ninguna carta.
Tantos de nosotros, amigos, y todos cupimos
en un sobre vacío apoyado en un vaso.
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Autobiografía,
La biblioteca está en llamas
lunes, 16 de marzo de 2009
El pan nuestro de cada día (1)
Política.
¿Dónde encontrar hoy Ulises que arrostren ese ogro filantrópico? No en las aulas de los institutos. Cuando, incidentalmente, aparece este asunto en mis clases de bachillerato, la respuesta de mis alumnos es, aunque esperada, desalentadora: los jóvenes, dicen, pasan de la política. Es difícil hacerles comprender que no se trata de una opción viable. Lo sabía Aristóteles: el hombre socializado es, constitutivamente, político; y pasar de la política es, por supuesto, una opción política.
¿Dónde encontrar hoy Ulises que arrostren ese ogro filantrópico? No en las aulas de los institutos. Cuando, incidentalmente, aparece este asunto en mis clases de bachillerato, la respuesta de mis alumnos es, aunque esperada, desalentadora: los jóvenes, dicen, pasan de la política. Es difícil hacerles comprender que no se trata de una opción viable. Lo sabía Aristóteles: el hombre socializado es, constitutivamente, político; y pasar de la política es, por supuesto, una opción política.
Pero, ¿qué es la política?. ¿Ese dinamismo de los crímenes? ¿El arte de hacer felices a los pueblos? ¿Esa pesadilla de la que nunca despertamos? ¿El arte de enriquecerse a costa del contribuyente? Definiciones de grandilocuencia romántica o coqueto cinismo que condicen mal con nuestro amodorrado tiempo.
Atendiendo a lo que vemos en la tele, podríamos sostener, sin injusticia, que la política (como los cómics de superhéroes, como los videojuegos, como la vida marital, como las películas porno) se ha convertido en una sucesión de insípidos tiempos muertos que el cliente padece con impaciente desinterés, hasta que sus protagonistas (profesionales estereotipados, infatigables, monomaníacos) deciden (nunca tardan) darse caña.
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Clases particulares,
educación,
Res publicae
jueves, 12 de marzo de 2009
La biblioteca está en llamas (8)
En la Apertura, el trovador. Villon no anda lejos; Dante, sensual señor feudal, empareja al ciprés con la carne del arce; D'Aubigné es el más devastado; Petrarca dibuja con Giotto el doble crisantemo; Shakespeare es la posteridad de Shakespeare; Louise Labé ganó sus espuelas en la tregua de lis, ella es amante; Scéve vitrifica; aunque cuadrada, la vela de Ronsard tiene rizos de serpentina; Teresa de Ávila y Sade, los más audaces, son los más expuestos; Racine nos incendia en claroscuro; Chénier tiene la entereza del desastre; el capitán de loberos Pushkin; el regüeldo profético de Blake; Keats, semejante a Endimión, no ha cumplido su tiempo, no ha tocado muro alguno, luminoso nudo corredizo; Leopardi poetiza su miedo adivino en la noche de la naturaleza; la mano de Hugo venda el pecho de Ruth, un canto perfecto se alza; Chateaubriand llena con sus voluntades la urna de la palabra; la inspiración de Vigny perdura en un ángulo insigne; Nerval posee la gracia que provoca hambre; Baudelaire funde las heridas de la inteligencia en un dolor que rivaliza con el alma; las alas de Hölderlin son espaciosas, sabe tanto como los mudos; Mallarmé es a la vez único y condicional; Nietzsche destruye la galera cósmica antes de que cobre forma; Melville es digno de confianza; Poe, de frente o de espaldas, sirve de testigo; en la extenuación Emily Brontë alienta; Rimbaud no humilla al País que revela; en la obscenidad Verlaine se desenvuelve con la máxima elegancia; Lautréamont, blasfemo, hombre de bien, pone fin; el timbre de la bicicleta de Jarry no provoca aluciones más que en la periferia de París capital; Apollinaire empalma el canto hondo con la facundia; Claudel es irresponsable; Sygne nos sonríe desde su verde otero; Kafka es nuestra pirámide; Rilke nos tiende el trébol de cuatro hojas de la muerte; Proust de repente es Píndaro; Reverdy se hunde y desdeña el beneficio; veo de nuevo a Éluard; aquel a quien olvido fue feliz.
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La biblioteca está en llamas
lunes, 2 de marzo de 2009
Caballo que camina a nuestro paso
1898. Un oscuro párroco andaluz seduce a una joven feligresa. El sacrilegio enciende las lenguas, pero está al servicio de una causa humana. El apellido Sianes prevalece.
Setenta y cinco años después, bajo la lluvia, escoltada por las gotas que percuten contra su paraguas, Adela acoge el olor a cigarrillo que precede al hombre, aún desconocido, cuyo primogénito se llamará, como él, Francisco.
No llovía la tarde en la que Eduardo conoció a la antigua amiga de su hermano; unas asignaturas aprobadas abren la puerta del verano y de Mariele.
Setenta y cinco años después, bajo la lluvia, escoltada por las gotas que percuten contra su paraguas, Adela acoge el olor a cigarrillo que precede al hombre, aún desconocido, cuyo primogénito se llamará, como él, Francisco.
No llovía la tarde en la que Eduardo conoció a la antigua amiga de su hermano; unas asignaturas aprobadas abren la puerta del verano y de Mariele.
Un cuarto de siglo antes, en una Viena cercada por las aguas de la historia, Frederike Sylvie espera a Gonzalo, el médico sevillano que viaja a su encuentro (Ambos lo ignoran). En los atardeceres guineanos, durante siete largos años, Luis desteje una pasión que minuciosamente teje en el papel la jovencita Elena. Destinos de Penélope, hoy sólo quedan dos ancianas que se apagan lentamente. Nadie sabe de las cartas.
(Allá, en el horizonte, Adán y Eva.)
Hace apenas seis meses, tormenta de verano en Halstatt (es preciso extraviarse por las sendas de Oku para regresar a Austria). En el balcón (bajo la misma lluvia), geranios que se mecen ante el lago y los relámpagos. Más adentro, sobre el lago tibio y encrespado de las sábanas, dos cuerpos que se mecen en el lecho de los rayos, cuyo trueno son. La improbabilidad juega con cartas marcadas; pero el azar reposa y vela junto a ellos.
Mañana. Un 19 de marzo cualquiera. Nuestro amor sobrevive en un ángulo acosado cuyo vértice es inexpugnable.
(Allá, en el horizonte, Adán y Eva.)
Hace apenas seis meses, tormenta de verano en Halstatt (es preciso extraviarse por las sendas de Oku para regresar a Austria). En el balcón (bajo la misma lluvia), geranios que se mecen ante el lago y los relámpagos. Más adentro, sobre el lago tibio y encrespado de las sábanas, dos cuerpos que se mecen en el lecho de los rayos, cuyo trueno son. La improbabilidad juega con cartas marcadas; pero el azar reposa y vela junto a ellos.
Mañana. Un 19 de marzo cualquiera. Nuestro amor sobrevive en un ángulo acosado cuyo vértice es inexpugnable.
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Marginalia
lunes, 23 de febrero de 2009
La biblioteca está en llamas (7)
Observé a la niña y encontré al fin a mi madre. La claridad de su rostro, la ingenua posición de sus manos, el sitio que había tomado dócilmente, sin mostrarse ni esconderse y, por último, su expresión, que la diferenciaba como el Bien del Mal de la niña histérica, de la muñeca melindrosa que juega a papás y mamás; todo esto conformaba la imagen de una inocencia soberana (si se quiere tomar esta palabra, según su etimología, que es "no sé hacer daño"), todo esto había convertido la pose fotográfica en aquella paradoja insostenible que toda su vida había sostenido: la afirmación de una dulzura.
(...)
Me importa poco saber si Dios existe o no; pero lo que sí sé y sabré hasta el final es que no debería haber inventado al mismo tiempo el amor y la muerte.
(...)
Me importa poco saber si Dios existe o no; pero lo que sí sé y sabré hasta el final es que no debería haber inventado al mismo tiempo el amor y la muerte.
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La biblioteca está en llamas
La biblioteca está en llamas (6)
El hombre está sometido a dos debilidades que forman parte de su existencia, que la caracterizan. Es preciso que ruegue por todas partes, es preciso que ame por todas partes; y ésa es la base de todas las novelas. Las hizo para pintar a los seres que imploraba, las hizo para celebrar a los seres que amaba.
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La biblioteca está en llamas
martes, 17 de febrero de 2009
La biblioteca está en llamas (5)
Algunos cuadros de la guardia, inmóviles en el torrente de la derrota, como rocas en un curso de agua, se mantuvieron hasta la noche. Llegada la noche, acompañada de la muerte, esperaron esta soble sombra e, impertérritos, se dejaron envolver por ella. Cada regimiento, aislado de los demás, y no teniendo lazo alguno con el ejército deshecho por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado posiciones para llevar a cabo esta última acción, unos sobre las alturas de Rossomme, otros en la llanura de Mont-Saint-Jean. Allí, abandonados, vencidos, terribles, estos cuadros sombríos agonizaban formidablemente. Ulm, Wagram, Iena, Friedland, morían en ellos.
A la hora del crepúsculo, hacia las nueve de la noche, sólo quedaba uno en la parte baja de la meseta de Mont-Saint-Jean. En este valle funesto, al pie de aquella pendiente que habían subido los coraceros, inundada ahora por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes de proyectiles, este cuadro seguía luchando. Estaba mandado por un oscuro oficial, llamado Cambronne. A cada descarga, el cuadro disminuía, y respondía. Repicaba a la metralleta con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro muros. A lo lejos, los fugitivos, al detenerse para tomar aliento, escuchaban en las tinieblas aquel trueno sombrío que iba decreciendo por instantes.
A la hora del crepúsculo, hacia las nueve de la noche, sólo quedaba uno en la parte baja de la meseta de Mont-Saint-Jean. En este valle funesto, al pie de aquella pendiente que habían subido los coraceros, inundada ahora por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes de proyectiles, este cuadro seguía luchando. Estaba mandado por un oscuro oficial, llamado Cambronne. A cada descarga, el cuadro disminuía, y respondía. Repicaba a la metralleta con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro muros. A lo lejos, los fugitivos, al detenerse para tomar aliento, escuchaban en las tinieblas aquel trueno sombrío que iba decreciendo por instantes.
Cuando esta legión no era ya más que un puñado de hombres, cuando su bandera no era más que un harapo, cuando sus fusiles agotados de balas no fueron más que bastones, cuando el montón de cadáveres fue mayor que el grupo vivo, hubo entre los vencedores una especie de terror sagrado en derredor de aquellos sublimes moribundos, y la artillería inglesa, tomando aliento, guardó silencio. Fue una especie de tregua. Aquellos combatientes tenían a su alrededor, como un hormiguero de espectros, siluetas de hombres a caballo, el perfil negro de los cañones, el cielo blanco, visto a través de las ruedas y de las cureñas; la colosal calavera que los héroes entreven siempre entre el humo en el fondo de la batalla, avanzaba hacia ellos y los miraba. Pudieron oír, en la sombra crepuscular, que se cargaban las piezas; las mechas encendidas, semejantes a ojos de tigre en la oscuridad, formaron un círculo en torno a sus cabezas; todos los botafuegos de las baterías inglesas se acercaron a los cañones, y entonces, conmovido, teniendo el instante supremo suspendido encima de aquellos hombres, un general inglés, Colville según unos, Maitland según otros, les gritó:
- ¡Rendíos, valerosos franceses!
Cambronne respondió:
-Merde!
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La biblioteca está en llamas
sábado, 14 de febrero de 2009
La biblioteca está en llamas (4)
De igual manera que los niños alargan a tientas las manos hacia las cosas cuando desde el interior de sus ojos la luz se vuelve hacia fuera, así buscaba yo palabras e imágenes capaces de aprehender aquel brillo nuevo de las cosas, que me cegaba. Nunca antes había sospechado yo que hablar pudiera causar tales tormentos; y, sin embargo, no deseaba volver a la vida de antes, más despreocupada. Si nos hacemos la ilusión de que un día podremos llegar a volar, a partir de ese instante preferimos el torpe salto a la seguridad del andar por caminos ya recorridos. Eso es sin duda lo que explica la sensación de vértigo que con frecuencia me sobrecogía en tales actos.
Fácilmente ocurre que la mesura nos abandona cuando recorremos caminos desconocidos. Fue una suerte que en ellos me acompañase mi hermano Otón y que adelantase con prudencia el pie a mi lado. Muchas veces, cuando yo había llegado al fondo de una palabra, corría con la pluma en la mano al piso de abajo para comunicarle mi hallazgo, y otras veces era él, a la inversa, quien subía al herbario portando igual mensaje. Nos gustaba realizar construcciones que llamábamos "módulos". En una papeletita escribíamos en versos sencillos tres o cuatro frases, en las cuales tratábamos de engastar un pequeño fragmento del mosaico del mundo, a la manera como se engastan piedras en metales. También al construir aquellos módulos empezamos por las plantas, y siguiendo aquel camino llegamos cada vez más lejos. Describíamos de ese modo las cosas y sus metamorfosis, desde el grano de arena hasta los acantilados de mármol y desde el segundo fugaz hasta las estaciones del año. Al atardecer nos pasábamos el uno al otro las papeletas y,una vez leídas, las arrojábamos al fuego que ardía en la chimenea.
Pronto notamos que la vida nos era propicia y que una seguridad nueva iba apoderándose de nosotros. Reina y maga es al mismo tiempo la palabra. Nosotros partíamos del excelso ejemplo dado por Linneo, quien penetró en el caos del reino animal y vegetal llevando en su mano el bastón de mariscal que es la palabra. El dominio de Linneo, un dominio más duradero y maravilloso que todos los imperios conquistados con la espada, perdura sobre los prados de flores y sobre las legiones de gusanos.
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La biblioteca está en llamas
miércoles, 4 de febrero de 2009
La biblioteca está en llamas (3)
Veintidós concubinas reconocidas y una biblioteca de 62.000 volúmenes daban fe de la diversidad de sus inclinaciones; y, por los frutos que dejó tras él, se diría que tanto las primeras como la segunda estaban destinadas al uso y no a la mera ostentación.
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La biblioteca está en llamas
La biblioteca está en llamas (2)
Porvenir,
recuerdo matices
tan leves.
En el fuego de lo que fue
arde lo que será.
recuerdo matices
tan leves.
En el fuego de lo que fue
arde lo que será.
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Autobiografía,
La biblioteca está en llamas
La biblioteca está en llamas (1)
Hay un misterioso placer en la destrucción; las llamaradas crepitaron resplandecientes y los hombres nos agolpamos contra los muros o en las habitaciones. Noche, ceniza y olor a quemado quedaron en el patio. Me acuerdo de unas hojas perdidas que se salvaron, blancas sobre la tierra. Nora Erfjord, que profesaba por don Alejandro ese amor que las mujeres jóvenes suelen profesar por los hombres viejos, dijo sin entender:
- Don Alejandro sabe lo que hace.
Irala, fiel a la literatura, intentó una frase:
- Cada tantos siglos hay que quemar la biblioteca de Alejandría.
- Don Alejandro sabe lo que hace.
Irala, fiel a la literatura, intentó una frase:
- Cada tantos siglos hay que quemar la biblioteca de Alejandría.
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Autobiografía,
La biblioteca está en llamas
La biblioteca está en llamas
A los treinta años, Albert Camus aseguraba que había conocido suficientes cosas como para poder renunciar a casi todas. Se trata de una prematura sabiduría que no envidio; supuesta su sinceridad, el desengaño sentencioso se gana siempre al precio de la alegría.
Es paradójico: nadie se siente ridículo confesando un rencor, una afrenta, un desengaño; pero todos nos sentimos vulnerables confesando un candor, una entrega, un entusiasmo. A lo largo de estos años, la pasión más firme y más fácilmente confesable que he conservado es la literatura. Desde hoy hasta que alcance los treinta, quiero compartir con vosotros, día a día, mis lecturas; unos y otras sois y habéis sido -quiero permitirme la cursilería- una salvaguarda contra el aprendizaje de la decepción.
Sabio o necio, a los treinta años uno comienza a ser merecedor de su autobiografía. Además de una encrucijada de cicatrices, somos todo lo que hemos amado y lo que aún amamos. Ofrezco estos recuerdos para vuestra memoria. Rescato estas palabras para el viento.
Es paradójico: nadie se siente ridículo confesando un rencor, una afrenta, un desengaño; pero todos nos sentimos vulnerables confesando un candor, una entrega, un entusiasmo. A lo largo de estos años, la pasión más firme y más fácilmente confesable que he conservado es la literatura. Desde hoy hasta que alcance los treinta, quiero compartir con vosotros, día a día, mis lecturas; unos y otras sois y habéis sido -quiero permitirme la cursilería- una salvaguarda contra el aprendizaje de la decepción.
Sabio o necio, a los treinta años uno comienza a ser merecedor de su autobiografía. Además de una encrucijada de cicatrices, somos todo lo que hemos amado y lo que aún amamos. Ofrezco estos recuerdos para vuestra memoria. Rescato estas palabras para el viento.
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Autobiografía,
La biblioteca está en llamas
martes, 27 de enero de 2009
In memoriam David Foster Wallace
Buscamos el hogar,
aunque el hogar sólo es querer estar
donde se está.
Estamos siempre en casa,
amigo Wallace;
pero de qué nos sirve una verdad
que no ha acudido a tiempo.
Alimentamos nuestra soledad
para saciar el hambre de la angustia,
monstruos que tienen nuestro rostro
y se devoran por nuestras esquinas.
El día es largo
y, sin embargo, ya es de noche.
La noche es una nitidez del tiempo.
El tiempo es esta oscuridad
que ahoga nuestra lucidez inútil.
(Un joven, una soga,
la gravedad, la lámpara encendida:
Teseo, el hilo, el minotauro cruento
arden sólo un momento
en una misma llama temblorosa
que es la vida)
donde se está.
Estamos siempre en casa,
amigo Wallace;
pero de qué nos sirve una verdad
que no ha acudido a tiempo.
Alimentamos nuestra soledad
para saciar el hambre de la angustia,
monstruos que tienen nuestro rostro
y se devoran por nuestras esquinas.
El día es largo
y, sin embargo, ya es de noche.
La noche es una nitidez del tiempo.
El tiempo es esta oscuridad
que ahoga nuestra lucidez inútil.
(Un joven, una soga,
la gravedad, la lámpara encendida:
Teseo, el hilo, el minotauro cruento
arden sólo un momento
en una misma llama temblorosa
que es la vida)
La lucidez apenas es
un estertor entre tinieblas.
Tú has encontrado al fin tu hogar,
hermano Wallace,
entre la tierra ahora inhabitable
y el siempre inaccesible cielo.
Cincuenta
Leo en un libro de Auden que una de las hazañas de Hércules consistió en hacer el amor a cincuenta vírgenes en una sola noche. Quedo estupefacto. ¡Hubo alguna vez cincuenta vírgenes!
viernes, 23 de enero de 2009
Querer saber si llueve (y 2)
No quiero ser apocalíptico. Leo a Ortega:
Mentimos porque hemos aprendido que es más fácil engañarnos que arrostrar los hechos. Si logramos convencer y convencernos de que somos como deseamos ser, de que deben ser las cosas como son, nos exoneramos de la ingrata y ardua tarea de cambiar el mundo y de cambiarnos. Un mundo feliz, perfecto, no precisa que lo transformemos. El emperador, todos, vamos desnudos; pero hemos alcanzado un pacto tácito para disimulárnoslo. Aquel que nos obliga a reparar en nuestra desnudez es declarado loco o convertido en mártir.
Pero ¿qué sucede cuando el oxígeno de la caverna se ha agotado, cuando los presos nos vemos obligados a salir a la despiadada y heridora luz de lo real? Somos cegados por la intensidad de la desilusión. En Norteamérica, profecía encarnada de Europa, los ciudadanos pasan el 90% de su tiempo libre frente a una pantalla; el 30% es dependiente de los antidepresivos. ¿No escuchamos exigir a nuestras almas más Prozac y menos Platón? En el laberinto de los días enmascarados, para los ciegos voluntarios, el hilo de la verdad acaba conduciendo fatalmente a la morada de Asterión.
¿Dónde está la verdad? Antaño se disimulaba, retorcida, en la profecía y en el oráculo. Se ocultaba bajo siete sellos esperando su apocalipsis, su revelación. Hoy se guarece en los archivos de nuestros ordenadores, en el vientre hinchado de los celulares, en las susurradas confidencias telefónicas, en desnudos a la luz forense de nuestras webcam.
Parece absurdo y, sin embargo, es la pura verdad que, puesto que todo lo real es una nada, la única realidad y la única sustancia del mundo consiste en las ilusiones. (Leopardi) ¿Hay una realidad al norte de la desilusión? La hay. Aquella que desvela el arte, esa cosa trémula y precisa. Así nos la describe Samuel Beckett:
Pienso en la figura de Marichalar, disimulada en su cerúlea fiesta taurina. Y la imagino contemplando, a través de los vacíos e interminables pasillos del museo, las sombras de la familia real de la que fue arrancada (por qué el adiós; quizá tan sólo fue mi sombra la que acompañó a sus cotidianas sombras); contemplando más allá, a través de los inalcanzables ventanales, fugitivos pájaros al otro lado de todas las distancias; contemplando la lluvia inútil que azota los cristales y que cae interminablemente sobre el mundo (de qué manera cobijarme, de qué manera deshacerme bajo su invisible manto) con sus abiertos ojos ciegos.
Lo de menos es que el lenguaje sirva también para mentir. La mentira sería imposible si el hablar primario y normal no fuese sincero. La moneda falsa circula sostenida por la moneda sana. A la postre, el engaño resulta ser un humilde parásito de la ingenuidad.No quiero ser ingenuo. Contemplo el mundo: el mentiroso es aquel que pretende obtener el mayor beneficio con la menor inversión de sinceridad. Esta dinámica, convertida en valor de cambio, extrapolada a todos los órdenes, sostenida por todos los individuos, genera una economía social especulativa e inflacionaria que, inexorablemente, acaba colapsando el sistema. La vida se ha convertido, como los créditos hipotecarios y el matrimonio, en un fraude institucionalizado.
Mentimos porque hemos aprendido que es más fácil engañarnos que arrostrar los hechos. Si logramos convencer y convencernos de que somos como deseamos ser, de que deben ser las cosas como son, nos exoneramos de la ingrata y ardua tarea de cambiar el mundo y de cambiarnos. Un mundo feliz, perfecto, no precisa que lo transformemos. El emperador, todos, vamos desnudos; pero hemos alcanzado un pacto tácito para disimulárnoslo. Aquel que nos obliga a reparar en nuestra desnudez es declarado loco o convertido en mártir.
Pero ¿qué sucede cuando el oxígeno de la caverna se ha agotado, cuando los presos nos vemos obligados a salir a la despiadada y heridora luz de lo real? Somos cegados por la intensidad de la desilusión. En Norteamérica, profecía encarnada de Europa, los ciudadanos pasan el 90% de su tiempo libre frente a una pantalla; el 30% es dependiente de los antidepresivos. ¿No escuchamos exigir a nuestras almas más Prozac y menos Platón? En el laberinto de los días enmascarados, para los ciegos voluntarios, el hilo de la verdad acaba conduciendo fatalmente a la morada de Asterión.
¿Dónde está la verdad? Antaño se disimulaba, retorcida, en la profecía y en el oráculo. Se ocultaba bajo siete sellos esperando su apocalipsis, su revelación. Hoy se guarece en los archivos de nuestros ordenadores, en el vientre hinchado de los celulares, en las susurradas confidencias telefónicas, en desnudos a la luz forense de nuestras webcam.
Parece absurdo y, sin embargo, es la pura verdad que, puesto que todo lo real es una nada, la única realidad y la única sustancia del mundo consiste en las ilusiones. (Leopardi) ¿Hay una realidad al norte de la desilusión? La hay. Aquella que desvela el arte, esa cosa trémula y precisa. Así nos la describe Samuel Beckett:
Pero he terminado por comprender su lenguaje. Lo he comprendido, lo comprendo, quizás erróneamente. No es ése el problema. ¿Es decir, que ahora soy más libre? No lo sé. Ya aprenderé. Entonces entré en casa y escribí Es medianoche. La lluvia azota los cristales. No era medianoche. No llovía.En su capacidad para decir lo que no es se cifra la miseria y la grandeza del verbo: sus laberintos enmarañados y su claro abierto al cielo; engaño y epifanía. La mentira y la poesía son hermanas que, como Caín y Abel, están emparentadas por el sacrificio y por la sangre: no pueden habitar la misma tierra; pero han de hacerlo. La mentira es el pecado original porque enturbia la limpieza y la claridad del mundo: tergiversa el pasado y engatusa al futuro. La poesía es un relámpago que resquebraja la más densa niebla: ilumina lo real, es presente continuo. La poesía nos libra del mandamiento único del engaño: haz de la verdad, que no existe, una mentira mejor que ella. El poeta (y quién puede serlo siempre; y quién no lo es alguna vez) está comprometido con la lluvia. Pero, para desear que llueva, es preciso saber (querer saber) que no llueve.
Pienso en la figura de Marichalar, disimulada en su cerúlea fiesta taurina. Y la imagino contemplando, a través de los vacíos e interminables pasillos del museo, las sombras de la familia real de la que fue arrancada (por qué el adiós; quizá tan sólo fue mi sombra la que acompañó a sus cotidianas sombras); contemplando más allá, a través de los inalcanzables ventanales, fugitivos pájaros al otro lado de todas las distancias; contemplando la lluvia inútil que azota los cristales y que cae interminablemente sobre el mundo (de qué manera cobijarme, de qué manera deshacerme bajo su invisible manto) con sus abiertos ojos ciegos.
Querer saber si llueve (1)
Unos pilotos y sus azafatas se han desnudado (aunque sorprenda, no recíproca sino reflexivamente) para aparecer posando en un aéreo calendario; a unos policías talluditos les han regalado su peso en botellines de cerveza (es de esperar que no para consumo propio); un ciudadano chino transpira sudor azul (su gesto, asegura, carece de connotaciones ideológicas); un pastor alemán, entrenado por un pastor español, ha resultado vencedor en las Olimpíadas caninas. Me enteré de todas estas noticias hace unas semanas, mientras almorzaba viendo el telediario.
La que más llamó mi atención, sin embargo, fue ésta: en el museo de cera de Madrid, han retirado la figura de Jaime de Marichalar del grupo integrado por la familia real. Tras su separación de la infanta Elena, la presencia de don Jaime resultaba soberanamente extemporánea y embarazosa. La directiva del museo se aprestó a tomar medidas: consultó al departamento artístico y decidió ocultar discretamente su figura entre los aficionados de una cerúlea corrida. Haberla destruido sin más o haberla colocado ante el cornudo toro habría resultado, parece, incivil.
Una noticia es un acontecimiento que se engalla y nos interpela. El mundo, a tenor de lo visto en el noticiero, se encuentra pavorosamente amilanado. O es más bien que las hazañas y los cataclismos que agitan el inagotable discurrir del tiempo han visto erosionados su perfil anfractuoso por obra de su mera recurrencia entre nosotros. Los indesmayables gritos de victoria, los innumerables alaridos de dolor conforman un espectro sonoro tan denso que resulta ya inaudible. Ensordecidos por acontecimientos tan aullantes como monótonos, ya no nos conmueve la intensidad de los hechos sino, a lo sumo, su extravagancia. El fin de la historia no lo ha precipitado el agotamiento de la ideología, sino la saturación neurológica. Lo sabía Borges: basta con que lo milagroso se repita para que se nos antoje baladí. Basta con que lo infernal se propague para que nuestra resignación lo acepte: lo sabemos todos.
Paralelamente, la verdad ha desaparecido como marco de interpretación del mundo, de los otros, de nosotros mismos. Sabedores de nuestra miseria, de nuestra inanidad y nuestra nada, temerosos de que el prójimo descubra nuestra indefensión y nuestro miedo, nos precipitamos a representar nuestro papel en el teatro de la vida. Si creemos a Leopardi:
Quién no ha emborronado el cristalino mundo y avanzó como miope voluntario entre tinieblas. Quién no ha desgastado el nombre de su Dios en vano, ni sembró la duda y la cizaña en la fertilidad de un oferente oído, ni solicitó secreta absolución para pecados clandestinos. Quién no juró sobre la Biblia que no ocurrió lo que afrentó el curso del tiempo, ni convocó a lo más sagrado a declarar que fue lo que jamás aconteció bajo la luz del cielo. Quién no se convirtió en el héroe de aventuras ajenas, ni adoptó el papel de víctima en la obra en la que fue el verdugo. Cuántas veces dijimos sí a lo que era no, cuántas se impuso el parecer al ser e hicimos que lo negro pareciera blanco y vimos claro lo que era oscuro. Tantas como flaqueamos y murió ahogada la verdad en la saliva de la temerosa boca, una furtiva lágrima bajo el rostro enmascarado y la sonrisa bajo el corazón helado y duro.
La que más llamó mi atención, sin embargo, fue ésta: en el museo de cera de Madrid, han retirado la figura de Jaime de Marichalar del grupo integrado por la familia real. Tras su separación de la infanta Elena, la presencia de don Jaime resultaba soberanamente extemporánea y embarazosa. La directiva del museo se aprestó a tomar medidas: consultó al departamento artístico y decidió ocultar discretamente su figura entre los aficionados de una cerúlea corrida. Haberla destruido sin más o haberla colocado ante el cornudo toro habría resultado, parece, incivil.
Una noticia es un acontecimiento que se engalla y nos interpela. El mundo, a tenor de lo visto en el noticiero, se encuentra pavorosamente amilanado. O es más bien que las hazañas y los cataclismos que agitan el inagotable discurrir del tiempo han visto erosionados su perfil anfractuoso por obra de su mera recurrencia entre nosotros. Los indesmayables gritos de victoria, los innumerables alaridos de dolor conforman un espectro sonoro tan denso que resulta ya inaudible. Ensordecidos por acontecimientos tan aullantes como monótonos, ya no nos conmueve la intensidad de los hechos sino, a lo sumo, su extravagancia. El fin de la historia no lo ha precipitado el agotamiento de la ideología, sino la saturación neurológica. Lo sabía Borges: basta con que lo milagroso se repita para que se nos antoje baladí. Basta con que lo infernal se propague para que nuestra resignación lo acepte: lo sabemos todos.
Paralelamente, la verdad ha desaparecido como marco de interpretación del mundo, de los otros, de nosotros mismos. Sabedores de nuestra miseria, de nuestra inanidad y nuestra nada, temerosos de que el prójimo descubra nuestra indefensión y nuestro miedo, nos precipitamos a representar nuestro papel en el teatro de la vida. Si creemos a Leopardi:
La impostura vale y surte efecto incluso sin lo genuino; mientras que lo genuino, sin ella, nada vale. Y esto no viene dado, creo yo, por mala inclinación de nuestra especie, sino porque siendo lo genuino siempre demasiado pobre y defectuoso, para deleitarse y estimularse el hombre necesita que todas las cosas tengan algo de ilusión y de prestigio, y que prometan ser mayores y mejores de lo que en realidad son. La propia naturaleza es impostora con el hombre, y no le hace la vida amable o llevadera sino por medio principalmente de imaginación y de engaño.No somos malvados; somos menesterosos. La verdad no nos basta. Sin edulcorantes y sin condimentos, la vida nos resulta tan insípida (tan inquietante) como el agua destilada, las hamburguesas de un McDonald, un amor de discoteca. Todas las personas sinceras se parecen; pero cada uno es mentiroso a su manera: la prestidigitación es el único camino hacia la magia (y un mago sincero es un oxímoron intolerable). ¿Cómo habría de dolernos habitar entre espejismos, errar por un desierto donde no podemos aferrar esas verdades que arden tan sólo un instante al viento? Nuestra humilde condición es el engaño. Vivimos tejiendo y destejiendo la mentira de que estamos hechos.
Quién no ha emborronado el cristalino mundo y avanzó como miope voluntario entre tinieblas. Quién no ha desgastado el nombre de su Dios en vano, ni sembró la duda y la cizaña en la fertilidad de un oferente oído, ni solicitó secreta absolución para pecados clandestinos. Quién no juró sobre la Biblia que no ocurrió lo que afrentó el curso del tiempo, ni convocó a lo más sagrado a declarar que fue lo que jamás aconteció bajo la luz del cielo. Quién no se convirtió en el héroe de aventuras ajenas, ni adoptó el papel de víctima en la obra en la que fue el verdugo. Cuántas veces dijimos sí a lo que era no, cuántas se impuso el parecer al ser e hicimos que lo negro pareciera blanco y vimos claro lo que era oscuro. Tantas como flaqueamos y murió ahogada la verdad en la saliva de la temerosa boca, una furtiva lágrima bajo el rostro enmascarado y la sonrisa bajo el corazón helado y duro.
miércoles, 21 de enero de 2009
Diluvio
(A Elena)
Palabra, amada,
corazones de águila
con alas de paloma,
seguid latiendo allá
donde mi aliento cesa.
Traedme en vuestro pico
una rama de olivo
a través del diluvio
de campanas que doblan;
preciso el mundo para amaros
y os necesito para amarme.
Poesía, amor,
ojos que sólo pueden contener
ceguera y sol.
sábado, 17 de enero de 2009
viernes, 16 de enero de 2009
La huella de tus manos en mi carne
se engasta en una senda
ahora impracticable.
La soledad tiene la forma de mi corazón.
Lágrima, brasa de la lejanía,
con qué inclemencia brillas
en el meridiano del dolor.
ahora impracticable.
La soledad tiene la forma de mi corazón.
Lágrima, brasa de la lejanía,
con qué inclemencia brillas
en el meridiano del dolor.
martes, 13 de enero de 2009
martes, 6 de enero de 2009
jueves, 1 de enero de 2009
Estrella polar (deseo)
Quisieron tentarte con invulnerabilidad. Tú has preferido un lecho de hojas secas, tiempo no segmentable, un despertar sin arneses. Y, mientras se preparan aras para la adoración de la adoración, para la servidumbre, tú sigues mojando el pan en humo.
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