sábado, 31 de octubre de 2009

Petite mort

El amor, ese acto demasiado grande para nosotros.

Tríptico


Amor -tus dados siempre están echados-, jugada a ciegas cuyo resultado sólo conocemos cuando ha acabado la partida.

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¿Es amor aquél ante el que no sentimos miedo? Temo el destino de quien es amado siempre por encima de sus posibilidades.

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Amor mío, llegó el tiempo en que el dolor es la única fidelidad que podemos ofrecernos.

Saturday night

Atravieso este trabajoso, infatigable sábado frente al ordenador. Al azar de páginas, músicas, vídeos y conversaciones, voy desgranando la tarde, la noche.

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Hablo con una vieja amiga (la expresión se va volviendo inquietantemente polisémica); está de baja maternal tras haber tenido a su segunda hija (la última vez que la vi, ni siquiera tenía marido). Me cuenta que no celebrará Halloween; pero sí el día de Todos los Santos. Irá a su parroquia a rezar y luego al cementerio. Me digo que no tengo disfraz, no tengo parroquia, ni siquiera sé dónde están enterrados mis muertos. Me digo que ya no tengo edad para Halloween; pero que quizá empiezo a tenerla para creer en ciertas mentiras salvadoras, como Dios o el matrimonio.

***

Desde Viena, mi "prima" me pregunta cómo me va en el nuevo instituto.

- ¿Estás más contento? ¿Tus alumnos han cambiado?

- Ellos nunca cambian. El que va cambiando soy yo. Los profesores somos como un río en el que sucesivas e idénticas generaciones se bañan (dejándonos agotados y hechos una ruina, por cierto).

- Qué raro... Aquí los hay que ganan concursos matemáticos internacionales: alumnos modelo, olímpicos.

- Me temo, prima, que mis alumnos son más bien modelo paralímpico.

***

Uno de esos estudiantes olímpicos resulta ser su jovencísimo amante, cuyas extremadas virtudes (intangibles y tangibles) me pondera. Consciente del furor competitivo masculino, acaba echándome un capote:

- Bueno, seguro que él y tú tenéis muchas cosas en común...

Intento rememorar mi pasado galante. Muy buena voluntad, teoría elaborada y propaganda persuasiva, pero catastróficos resultados.

- Prima, yo soy como el comunismo, pero en amante.

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Aquí una ventana emergente (y no de esas que acechan tras las páginas pornográficas -no está el horno para bollos-) que me conmina: ¿Le gustaría saber quién fue usted en sus otras vidas?

¿Cómo decirle a los publicistas que uno se conformaría con saber quién es en esta vida...?


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Interrumpo a una tercera amiga que anda viendo Abre los ojos, la película de Amenábar.

- Estoy confusa, Fran: no distingo si todo es real o es sólo un sueño...

Pienso en Calderón, pienso en el mundo de rocío de los poetas zen, pienso en la mariposa de Chuan Zu y en la flor de Coleridge, pienso en la sombra vacilante (nuestro pefil, tan parecido) del actor que durante un breve instante se pavonea en escena, en su cuento lleno de ruido y furia que no significa nada y cargo a mi amiga con una responsabilidad que, con seguridad y para su bien, no percibirá en las palabras con que le contesto:

- Termina de verla, anda. A ver si acabas distinguiendo la realidad de los sueños.

Y añado sin palabras, tan sólo con el pensamiento:

- Y luego nos lo cuentas a los demás seres humanos.

Halloween

No puedo disfrazarme de nada más pavoroso, de nada que violente más mi naturaleza, que de aquél que ha dejado de amarte y a quien tú ya no amas. Y, sin embargo, aquí la máscara sobre la risa desalojada, la capa amortajada cubriendo el pecho exangüe en la noche interminable y hueca de Todos los Santos.

lunes, 26 de octubre de 2009

Fénix

El vuelo del deseo no halla aire
en el espacio de la pena;
pero no acaban de perderse
sus batallas perdidas.
Tras las exequias del amor,
solamente la herida
permanece inmutable.
El desgarro es el fénix;
nosotros, su ceniza.

lunes, 19 de octubre de 2009

Alivio de luto

Para ti, que te gustará, canturreándola de día, de noche.

viernes, 16 de octubre de 2009

Rumbo

Oh huésped de la vida, fragilidad y obstinación a la deriva para quien todo llega y huye pronto o demasiado tarde: a las encrucijadas de la duda, opón el índice de la pasión y el timonel de la memoria; al emborronamiento de los truenos, ofrenda la caligrafía del rayo en la bitácora del universo. Hoy nunca es demasiado pronto. Vive.

martes, 13 de octubre de 2009

La costilla de Adán (16). La mujer maruja

Aspecto físico. En su tierna (lo es) infancia, su silueta tonelera, sus carrillos vivarachos y su hirsuto bigotillo les dan un aspecto de león marino que ya no superan nunca. En su madurez, conviértense en antología de varices y talones planos y juanetes. La escasez y rigidez de sus caderas se halla en proporción directa al tamaño y bamboleo de sus ubres. En su casa gastan bata de guatiné y vetustísimas pantuflas rosa fucsia. En la calle nunca olvidan sus camisas propagandísticas y talludas donde publicitan (para espanto y ruina de la empresa irresponsable) a Ferretería el Manco y a Talleres Lupesino. Sus monumentales michelines les suponen un severo inconveniente en la época de playa, pues propenden a pasear al sol hasta torrarse, quedando entre las lorzas errática porción de su azarosa traza (lo que, al desperezarse, otórgales aspecto entre marsupial y blanquinegro tigre de Bengala). A partir de los cincuenta, empiezan a adquirir las dimensiones de mesa-camilla y a tener estampa de lo que llevan años deseando ser: viudas.

Sexo y pareja
. Con coincidencia estadística cañí, sus mar¡dos llámanse Manolo, Paco y Pepe. En la cama, su temple es contrito y catatónico mientras Manolo, Paco y Pepe las trajinan en silencio; su fecundidad, empero, alcanza el opusino acierto de un ochenta por ciento (4 de 5, para los de letras -la sociología ignora si influencia han en esto las colonias Jack´s y Barón Dandy con que ellas asperjan al pariente-). Sufren, en cambio, taquicardias con Bertín Osborne. Antes de acudir a la consulta de su médico (al que llaman "don"), pasan por la peluquería para adoptar peinados fastuosos y múdanse de bragas (aunque sólo les duela la garganta). En la peluquería, abren las piernas y los deditos de los pies cuando les enjabonan y acarician la cabeza. En las piscinas públicas, pasan horas extáticas e interminables sobre los chorritos de la depuradora. Viven sus experiencias eróticas más tórridas en el verano, lamiendo y succionando ostentosa y estentóreamente cucuruchos de dos bolas.

Alimentación
. Asesinan lentamente a sus esposos con guisos de callos, de criadillas y de sangre encebollada. Ante un plato de fritangas, imposible es contener su gula de cuadrúpedos mugientes. Crían piaras de arrapiezos colosales y nefandos, a cuenta de bocadillos kilométricos de mortadela y de salchichas frankfurt. El ¡Come, niño, come! no hay quien se lo quite de la boca; y pasan, briosas, su pañuelo bien untado de saliva para limpiarles los churretes.

Costumbres y temperamento
. Compran toda suerte de centros de mesa y jarrones y guepardos porcelanosos. Sobre su tele campan el miura, la Virgen de las Noventa Llagas y la Nancy legionaria. Leen el Pronto y echan la Bonoloto. Se conocen al dedillo las proctófilas idiosincrasias del exnovio de Falete. En su discoteca nunca faltan los vetustos éxitos de Camela, el Fary, la Pantoja y Pimpinela (en cassettes adquiridos, casi al peso, en las gasolineras). Se mondan con los mariquitas travestidos y folclóricos. Hacen amarres, echan el mal de ojo y aprecian soberanamente a las latinas pitonisas del Canal 47 y de Telepisuerga. Les duele constantemente algo denominado rabadilla. Cuando van en grupo, lanzan risotadas acutísimas e hipíos y golpéanse los muslos augurando que "se mean". No reciben flores más que el día de su entierro.

Creen en la astrología.

Huellas

A J., que, cauteloso, se pierde a veces en Marienbad.

Nada nos queda, después de que la huella ardiente de la piel sea derogada en el dictamen de la escarcha, sino la huella tibia, improcesable, del recuerdo.

martes, 6 de octubre de 2009

Mitológica

¿Qué amamos en el otro en un principio, qué amaba yo de ti sino tu cuerpo trenzado a un porvenir insinuante, a una proyección prometedora? Fuimos más adelante el corazón que da pasos en falso, hacia arriba, y llega a su latido con retraso (y tempestad y calma, tempestad), la réplica precisa de la piel tras la interrogación de la caricia. Hay un vivir y un haber vivido (y calma y tempestad, y luego calma); y, en ese vértice que los separa, resguardo del olvido que seremos nuestra mitología temblorosa.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Era, fue

Hoy comprendes que sólo en la alambrada que te desgarra de un futuro ya imposible (cómo retrocede inabrogablemente hacia al pasado sin que vayas a abrazarlo más en el presente), cuelga el espejo que te refleja conformado por lo ya vivido, por aquello que, sólo una vez concluso, adquiere su perfil cerrado, su contorno al fin visible e intratable.

lunes, 21 de septiembre de 2009

La promesa (1)

He pasado las últimas semanas viajando en autobús por tres países. El último viaje, un trayecto de casi seis horas entre dos grandes ciudades cualesquiera, que yo presumía el más tranquilo, ha sido en cambio el más accidentado. No he padecido ningún choque, ninguna salida de la carretera, nada de gastroenteritis inciviles y ruidosas, ni mucho menos una declaración de amor intempestiva; pero he tenido un encuentro. Y no siempre buscábamos aquello que acabamos encontrando.

A mi derecha, se sentaba una chica escuálida y rubita, de ademanes depresivos. Delante, dos jóvenes con aspecto de baloncestistas travestidos, con pelos cardados e imposibles. A mi izquierda, una parejita: americano y liliputiense él, mas con cabeza egregia; española y algo más alta ella, con no mucha cabeza. A mi espalda, ocupando los cinco asientos de la última fila, una familia de tres miembros: padre, madre e hijo pequeño, distinguible su edad por la fisonomía, no por la conducta.

Mi compañera de asiento no daba tregua a su teléfono. Se sobresaltaba cada vez que oía la señal de texto entrante y consultaba ansiosa su aparato (aun cuando era claro que no era el suyo el que había sonado). Más inquieta parecía aun cuando escuchaba un tono de llamada: el gesto contrariado al comprobar que no era ella la destinataria, al que sucedían consultas renovadas al manoseado chisme. Finalmente, una melodía dulzona y pegajosa atajó su angustia: ¨¡Hola nene!". "Sí, yo en el bus, medio dormida. ¿Tú qué haces?". Silencio. "Pero, ¿por qué los viernes trabajas siempre hasta tan tarde?". Pregunta que llegó a mis oídos mucho más retórica, me temo, de lo que había salido de sus labios.

Mientras tanto, la pareja y el niñito rebrincaban en los últimos asientos: el papá asustaba al niño al cruzar los túneles, haciéndose pasar ora por el sacamantecas, ora por el coco, y luego recibía bofetadas y collejas de su vengativo infante; más tarde, se imitaban uno a otro las cabriolas, festejados siempre por las risotadas y los aspavientos de la madre, que ingería fritos y arroz inflado y hablaba al tiempo con su cuñada y con su suegra por el "manos libres" (pero sin perder jamás puntada de las cuchipandas de marido e hijo: carecía de límite su orgullo y regocijo). Tras no pocos minutos de familiar delirio, acabó llorando el niño a voces por alguna broma no bien encajada. La acutez de los chillidos molestaba ya hasta a los padres, quienes intentaban silenciarlo con rudas maneras y admoniciones turbias; pero entraban éstas por la oreja y salían por el oído opuesto del chiquillo. Mas quedaron finalmente todos calmos y dormidos sobre la postrera fila, en un pandemonium de bolsas de fritos, de patatas Matutano y de panchitos, así como de pies delcalzos con olores tan intensos y tan poco digestivos como el de las bolsas desventradas.

También la parejita de mi izquierda se afanaba en sus asuntos. Ella, que era todo mimos y arrumacos para con su novio, colocaba un auricular del Ipod en la oreja del americano y se colocaba el otro en una de las suyas, pues quería que escuchara aquél una canción de moda y movidita (esto último pude deducirlo de los comentarios y los movimientos de la chica quien, también descalza, colocábase sobre el asiento en posición fetal y de cúbito supino, y movía los piececitos al son del compás y del "subidón" que, aseguraba, producía la tonada). También el joven recibió llamada a su teléfono, a la que contestó con pavoneo y con maneras de gallito (o es que me confundió el acento del muchacho); sea como fuere, el chico hizo un comentario tras colgar el móvil, que yo no pude oír pero que a ella le sentó como patada contra el bajovientre, pues cambió su gesto de éxtasis melódico y éste se tornó mohíno y despechado. Volviendo el rostro contra la ventana y negándole la cara al compañero, le decía: "Eres gilipollas". "Tienes celos infundados", contestaba el chico. "¡Infundados los cojones! Siempre estás igual con esa tía". Y, al decirlo, cruzaba los brazos sobre el pecho, fruncía los labios y cabeceaba cual torito. Comenzó entonces la estrategia de conciliación del yanki: al principio se acercaba al oído de la chica para transmitir ternezas, pese a que ella había olvidado retirarse el chisme de la música; era la mejor opción, no obstante, pues su otra oreja reposaba firmemente en el asiento. Como ella no miraba y lo apartaba a topetones de su lado, él se retrepaba en el asiento y giraba sobre el lomo de su novia, buscándole el camino de la cara. Todo en vano. Con postura equilibrista y contorsiones tremebundas, alcanzó a mirarla de soslayo; pero ella le empujó de nuevo, desmontándole de la nariz las gafas al muchacho quien, buscando retenerlas, perdió el punto de apoyo y resbaló, de suerte que fue a dar de culo al suelo. Aquello fue castigo y penitencia suficiente para ella. Tras ayudarlo a acomodarse, volvió a su compulsión melosa: poniéndole morritos y achinando el gesto, interrogaba, redundante, a su pareja: "¿Me quieres? ¿A que sí me quieres?" Asentía el muchacho con profundos movimientos de cabeza. Y así siguió la cosa hasta que uno y otro fueron abducidos por la tele del vehículo: grititos guturales y abundante kleenex, ella; cabeceos y accesos pantagruélicos de apnea él, ante una peli de trama romántica y mediano presupuesto.

La promesa (2)

Sería injusto atribuir al tedio o al cinismo antropológico mi calmada disección de aquellas agitaciones. Inevitablemente, veía yo en cada uno de aquellos viajeros (y qué persona no es un ser en permanente viaje) un perfil tullido por sus limitaciones, ensombrecido por sus miserias. Tenía ante mí a la humanidad desnuda. Y, aunque uno deseó encontrarse siempre así con media especie, aprendió también que es preferible hallarse con ciertas verdades bajo sus ropajes.

No era, pues, ni menosprecio ni sarcasmo lo que yo sentía ante los demás viajeros; pero tampoco era curiosidad. Era más bien una desazonada compasión, un reconocimiento estremecido y, acaso, culpable. Al principio, bajo nuestra mirada intacta y aún no fatigada, miramos a los otros como a través de una ventana; un nuevo mundo (incierto, temido, deseado) nos solicita en cada ser humano. Pasado el tiempo, esas ventanas acaban degradándose en espejos; nos vemos en los otros y en ellos nos reconocemos. Yo no encontraba novedad alguna ni sorpresa en mis compañeros de viaje, tan sólo conseguía verme reflejado en ellos, como multiplicado en las esquirlas hirientes (tanto laceran al posar los ojos) de un espejo roto. Contempladas a la distancia exacta, todas las cosas nos revelan su secreta urdimbre, la cartografía exacta de su alma. También ocurre así con cada hombre. En cada uno de aquellos viajeros adivinaba yo la trayectoria de sus vidas. Era capaz de proyectar ante mis ojos el resto del camino que andaban recorriendo; podía completar el círculo (aún incompleto su dibujo) que iban trazando en el decurso de sus días. Y, al mismo tiempo, sentía que mi jornada no era menos previsible; sólo que no podía o no quería (probablemente no quería) aplicarme esa mirada despiadada.

Nadie salió jamás ni saldrá nunca de su deriva inexorable -meditaba entonces-, ni puede nadie desviar el rumbo al que nos arrojaron desde nuestro no elegido origen (el gesto más humano e instintivo: el de los ojos y el silencio solidarios con los que acompañamos a la estrella que, fugaz, se lanza en trayectoria inabrogable, atravesando el horizonte oscuro. El gesto en el que comprendemos que uno y lo mismo es el que mira y lo mirado). Nadie se dirigía hacia un idéntico destino en aquel viaje, aunque fuéramos todos a una ciudad que respondía al mismo nombre. Cada camino que emprendemos nos conduce a Roma, hacia una Roma que nos aguarda en solitario y que desaparece en nuestro fuego. A bordo de este bus -seguía meditando-, a bordo de lo que fatalmente soy, también yo me dirijo hacia aquella Roma que me espera en lontananza, que fue erigida sólo para mí (tibia como mi carne) y sabe a mi ceniza.

La promesa (3)

Ante las miserias de la especie, ante su fatalidad probada, Terencio dictamina: Hombre soy y nada humano estimo ajeno. Frase que instituye una seguridad jactanciosa sobre la previsibilidad de los caminos de la especie. En su dictum, Terencio condensa el escepticismo clásico: una cosmovisión -la grecolatina- que nos des-engaña, pero que nos des-ilusiona. Nihil novum sub sole. Ante él, ante los griegos congregados en Corinto, Pablo -espíritu profético- erige su apología del porvenir: Videmus nunc per speculum in aenigmate: tunc autem facie ad faciem. Nunc cognosco exparte: tunc autem cognoscam sicut et cognitus sum (I, Corintios, XIII, 12) Vemos ahora en un espejo, en la oscuridad; pero veremos luego cara a cara. Ahora conozco sólo en parte; pero conoceré luego como soy conocido. Si las palabras del griego son burlonamente aquiescentes con los hechos, las del judío -temple utópico- se rebelan contra la tiranía de lo dado. No es, sin embargo, una disconformidad rencorosa e impotente. Pablo impugna lo que el hombre es a la luz de lo que puede ser. La ironía se vuelve profecía. Como Borges, dice misterio donde otros sólo dicen costumbre.

Para Leon Bloy: La sentencia de San Pablo: Videmus nunc per speculum in aenigmate sería una claraboya para sumergirse en el Abismo verdadero, que es el alma del hombre.

El pensamiento platónico y parmenídeo teme el caos y el azar: es un notario de eternidades. Pero el momento de la absoluta seguridad es también el de la completa quietud o la completa inercia; la claridad fulminante, el germen de la ceguera ante lo imprevisible. Cuando olfateamos lo que sobreviene como un cadáver que huele a pasado, cada presente acaba confinado en el exilio de lo no vivido. Echamos la llave a las puertas del campo.

Sigue Bloy: No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es, con certidumbre. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero Nombre en el registro de la Luz… La historia es un inmenso texto litúrgico donde las iotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y de otros es indeterminable y está profundamente escondida.

Antes que un gestor racional de hechos y desechos consumados, el ser humano es una buena nueva que espera cumplimiento. Así lo entiende Hannah Arendt: Reconocer nuestra humanidad nos proporciona algo más que una carga -la necesidad de comprender nuestros actos-, nos proporciona también un legado. Qué tentador es renunciar a esa herencia promisoria. ¿Cómo ser fiel cuando la carga es tan pesada? ¿Cómo guardar lealtad cuando los alaridos ensordecen las promesas, cuando la tempestad y la marea oscura ahogan al espíritu que busca e interpela?

Se encuentra en la misma naturaleza de las cosas el que cada acto, una vez que aparece y queda registrado en la historia de la humanidad, permanezca en la raza humana como algo potencial mucho después de que se haya convertido en algo perteneciente al pasado... Una vez que un crimen especifico surge por primera vez, su reaparición es más probable de lo que podía haber sido su emergencia inicial.

La sangre es nuestro lenguaje. En el juicio del hombre contra el hombre, tenemos a la historia por testigo. ¿Somos algo más que un crimen latente, una recurrencia asesina? Basta mirar en torno. No todo porvenir está manoseado. Pero, ¿cómo se activa esa cuenta de posibles que es el hombre? Con el ejemplo. Igual que sucede con el crimen, también la reaparición del gesto noble es más probable después de que por vez primera haya comparecido. La esperanza de Pablo en la perfectibilidad de cada ser humano se sustenta en el impulso a la emulación de aquel al que admiramos.

Según Peter Sloterdijk: En el núcleo de una antropología noble, encontramos una disciplina filológica que, para el intelecto vulgar, es ipso facto inconcebible: la lingüística del entusiasmo. Partiendo de la tesis de que el hombre es el animal que se predice, esta lingüística trata de actos verbales con los que los hombres anuncian hombres venideros. (...) Los hombres anuncian a otros hombres en cuanto hablan -también en los más eminentes tonos- de las posibilidades humanas. Es la lengua como melos, mitos y logos en la que los hombres invitan a sus semejantes a convertirse en hombres. Quien corresponde a la invitación del discurso sobre las más eminentes posibilidades humanas va a parar al centro del proceso de humanización. Al penetrarse de la importancia de tales discursos, los individuos experimentan el impulso no sólo de ser oyentes de la palabra, sino también de convertirse en sus autores. Desde siempre fue la humanización un suceso en el que predicadores eminentes proponían a sus semejantes modelos de humanidad, historias ejemplares de los antepasados, los héroes, los santos, los artistas. A esa fuerza demiúrgica de la lengua la llamo la promesa. (...) El hombre tiene que ser prometido al hombre antes de someter a prueba, en sí mismo, lo que puede ser.

La emulación entusiasta nos proscribe abusar de la naturaleza humana como justificación de la tiniebla íntima: supone sentir, con Camus, que hay en el hombre más cosas admirables que merecedoras de desprecio. Gracias al ejemplo de la persona amada, accedemos a nuestras potencialidades más nobles (se equivocaba Wilde y acertaba Éluard: a cada uno nos construye lo que amamos; el amor es el hombre que se sabe inacabado). La mimesis admirada es la revuelta radical del ser humano, aquella que alzamos (Kundera): "contra la condición humana que no hemos elegido".

La promesa (y 4)

Pienso en El año pasado en Marienbad. Un grupo de hombres y mujeres sin nombre, satisfechos, sombríos, impotentes, languidecen en un hotel de lujo elegante y frío como una necrópolis. Condenados al eterno retorno de lo insípido, no tienen memoria; tampoco porvenir. Uno de ellos, sin embargo, ama a una mujer. Se promete algo: escapar de allí, con ella. A lo largo de los días (un mismo día repetido y vano como un lamento), con la delizadeza del que ama, teje y desteje para ella un tapiz pespunteado de pasión y de paciencia: recuerda para ella, inventa para ella, un pasado compartido, un amor logrado. Ella, al principio, sólo escucha. No recuerda. No imagina. Infatigablemente, el hombre devana su historia; le arrima su imaginación hasta que ella atrapa (urde) un recuerdo compartido (también imaginado). La imaginación consigue convertir lo que deseamos en venero de promesas, asemejándonos a un enamorado al que su amor lo persuadió de que podía esperarlo todo. Es un caudal con el que los pioneros del futuro formulan mundos habitables (por ellos, por quienes los escuchan). Nuestra imaginación contagia vida.

Decía Aristóteles que el alma es todo lo que ella conoce. Contagiada por la imaginación ajena, la mujer -recuerdo la promesa de Pablo- deja de ver su imagen confirmada eternamente en el espejo de los días; ahora abre una ventana al norte para verse con su amado, cara a cara; aprende ahora a conocerse como por él ha sido conocida, amada.

El parque del hotel era un jardín de estilo francés; sin árboles, sin flores, sin vegetación alguna. La grava, la piedra, el mármol, la línea recta creaban espacios precisos, superficies sin misterio. A primera vista, parecía imposible perderse. A primera vista… A lo largo de los paseos rectilíneos, entre las estatuas de ademanes congelados y las losas de granito, por los que usted, ahora, estaría ya perdiéndose para siempre, en la noche tranquila, sola, conmigo.

***

Pienso ahora en mis compañeros de viaje. La pareja de jóvenes descansa, el uno junto al otro, ya calmados. A mi lado, entre sueños, la chica aprieta el móvil, entre las manos. El silencio es absoluto. Todos duermen. Al frente, miro la carretera por la que avanzamos, entre tinieblas. La sombra no me pesa. Te recuerdo. Miro de nuevo hacia adelante, allá donde el camino se prolonga. Avanzo un poco más. A veces duele; pero salva. A lo lejos, la noche acontece. Silencio, viento, oscuridad. El mundo me hace señas y no las desatiendo. Estoy en paz con mis promesas. Cuando nuestro deseo sea un hambre, nuestra imaginación será alimento. No viajo solo. (Te recuerdo) Mientras seamos viajeros, habrá tierra prometida.

sábado, 19 de septiembre de 2009

De santos y calenturas

Manoseando por La casa del libro, veo acercarse a la caja a una pizpireta jovencita.

- Perdone... ¿tiene San Manuel Bueno, mártir?
- ¿De Cátedra? -pregunta el cajero.
- ¡No! -cabecea ella con pedagógica condescendencia- De Unamuno.

***

Hace un par de horas, me levanto de aquí para tomar un café con Rocío, una antigua novia.

-Fran: si no vas a usar el ordenador, apágalo, ¡que se calienta mucho!

Pienso en mis épocas de desuso y soltería. Sintiéndome solidario de la máquina, acaricio sus teclas y espero unos segundos, aguardando acaso una respuesta de su obstinación mimosa. Y luego lo apago.

***

En la cocina, meto una taza de leche en el microondas. Minuto y medio; me gusta que abrase. Abro la puerta y palpo la taza: como siempre, la parte superior ardiendo; mucho más fría la base. Me vuelvo hacia Rocío, que no me quita alarmado ojo mientras trajino con sus cosas:

-Niña, las exnovias sois como los microondas: nos calentáis la cabeza; pero nos dejáis fríos por abajo.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Getting into the swing

Para la artista que el lunes avanza en busca de su vocación perdida.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Miramientos

Quien deja de mirarnos bajo el prisma
de belleza, más tarde o más temprano
acaba apeándose de nuestros ojos.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

La importancia de leer Spiderman

A primera vista parecía imposible perderse. A primera vista...

(Para ti, claro.)


jueves, 20 de agosto de 2009

Mayo del 88

A través de los amplios ventanales de su despacho casi en sombra, el notario repasa los contornos consuetudinarios, la agitación balbuciente de su ciudad. Maquinalmente satisfecho consigo mismo, sabe que ha logrado domeñar un nuevo día, que nada ha perturbado (ni perturbará) su sereno imperio sobre el orden de las cosas. Apenas logra reparar en la tormenta que se anuncia en lontananza (tan tibio es el sillón en que se mece); en la disputa turbia de los manifestantes, allá abajo (qué lejana). Podría, sin embargo -bastaría con afilar la voluntad y dirigir la vista al lateral del edificio-, detenerse en la pintada de un rojo desvaído (Ne travaillez jamais), que el sol despierta y ensangrienta en su trayecto hacia el ocaso; en el compromiso que él mismo trazó (aquí abajo) hace hoy justamente veinte años.

Horizonte

El pecho tiene espacio suficiente
para albergar a todo lo que huye.
Y esta orfandad. Sol que se pone
sobre un oleaje de caricias,
cuando tu ardor se escapa entre mis dedos.

martes, 18 de agosto de 2009

Amor, eres la piel donde me hundo
y en la que puedo ser
acariciado por el mundo.

viernes, 14 de agosto de 2009

miércoles, 12 de agosto de 2009

Soy, somos

Ahora que vuelvo a mi ciudad, me preguntan por qué la prefiero a los pueblos. Con la pereza de la generalización, respondo: "En la ciudad, se conjugan los verbos en primera persona del singular; en los pueblos, lo hacen en primera persona del plural". Con eso queda dicho todo.

Te Deum

Génesis y Apocalipsis. Las obras completas de Dios. Otro autor que mejoró con la experiencia.

jueves, 23 de julio de 2009

martes, 21 de julio de 2009

Jamás encontrás una alegría
cuyo esplendor no sea, y su victoria,
de estrella errante y ave migratoria.
El himno se te quiebra en elegía,
criatura del exilio y la memoria.

El tercer hombre

Aquel que se te entrega herido y el que se te resiste intacto conviven con un sabio consejero ante quien permanecen sordos.

Volando a la región donde todo se olvida

sábado, 18 de julio de 2009

Albada

Anoche en nuestro lecho fuimos dos.
Echo de menos el ayer perdido,
entre los mutuos cuerpos confundidos,
en el que no acertaba a decir yo.