lunes, 9 de junio de 2008

Operación modestia

Se propuso alcanzar
el grado cero de la egolatría:
comenzó a recordar
los grandes hitos de su biografía.

domingo, 8 de junio de 2008

Sal

Reivindico mis pírricas victorias en el mar de la tiniebla; haberme alimentado, en el naufragio, del corazón salado de la lágrima.

Misantropía

La mirada del misántropo se clava sobre el prójimo como la aguja de un lepidóptera que clasifica, irrevocable y asqueado, sus capturas.

Hoy has quedado atravesado en el espejo.

Profeta

Él ve en un gesto descortés, en un razonamiento negligente, en el desprecio de una lágrima preparativos del apocalipsis. Sus labios saben siempre a despedida. Su saliva es epitafio. Su mirada cenicienta, un puente derrumbado entre distancias.

Anónimos

Concurrían en su blog tantos anónimos, que empezó a sospechar -no sin alarma- que había perpetrado una vida apócrifa e imaginaria.

Sólo para sevillanos

Agustín García Calvo y su esposa, Isabel Escudero, leen sus poemas en La Carbonería, local con abolengo del centro de Sevilla. Asiste, entre un público unánime y vetusto, Francisco Sianes, quien -al fin de la velada- compra un libro de lecturas presocráticas e improvisa esta coplilla:

Recital poético
en La Carbonería:
los últimos pecios
de la progresía.

sábado, 7 de junio de 2008

Eco

Sólo resuena el mundo para mí cuando tu oído, ante mi pecho, convierte el corazón en caracola.

Depredadores

Desconfía de aquellos que utilizan el cementerio, sus cadáveres y sus adioses, para hacer literatura. Se apresurarán a convertirte en el alimento de sus letras.

Carta a una conocida


Todo pasa más tarde o más temprano, pero casi siempre es pronto. El hombre es esa sed de eternidad nunca saciada y, sin embargo, se encuentra cada vez más fatigado de lo eterno.

Anoche, en la presentación del libro de un amigo, volví a cruzarme con una antigua amante (pero no fue sólo una amante: ése es el nombre con que hoy la rebajo ante la pérdida). Siguiendo trayectorias divergentes que trazaban el pudor y acaso el miedo, apenas nos miramos a los ojos y, desde luego, procuramos no tenernos frente a frente. Yo, sin embargo, la observaba conversar con otros –y ella sin duda me observaba hablar a mí–, reconociendo cada uno de sus gestos, sus sonrisas, las brasas de su ser que constituyeron mi fiebre. Apenas avanzada la noche, ya no estaba: volvió pronto a su casa. Mi vanidad me hizo pensar que fue por mí. Una amiga común se me acercó para contarme que ella había venido. Le contesté que lo sabía. Me preguntó si nos habíamos saludado. Le respondí que no. Mi amiga me miró en silencio y no hizo más preguntas.

Y ahora estoy en casa y te recuerdo. Estuviste tan presente entre mis cosas (y entre mis cosas hay una que palpita a setenta pulsaciones por minuto) que hoy reconozco la distancia por las huellas de tu ausencia. De ti sólo me quedan esos rastros y el recuerdo (y tu recuerdo sólo perdura en mi memoria con trazas de irrealidad). Hoy veo de nuevo, sobre mi mesa, el hueco de tus fotografías (en las que ya no me sonríes aunque sigues sonriendo) y es incapaz el recuerdo de colmar ese vacío. Y siento una vez más que me he acostumbrado demasiado fácilmente a olvidarte, pese a que a veces -desde un cajón, entre las páginas de un libro- asome tu mirada (que antes era limpia y expectante y ahora es de desilusión y de reproche) y con ella también asoma el yo que fui a tu lado, que al tiempo me es cercano y pegajoso como las miasmas en que abrevan los heraldos implacables de la muerte.

Extraño no desear ya los antiguos deseos. Y me es también extraño que el deseo de tus entrañas se me haya vuelto ajeno. Qué difícil no recordar ayer, en tu presencia, el cuerpo ante cuyo tacto ardía; y, sin embargo, qué difícil también olvidar el rechazo, el desagrado que irrumpe ante la cercanía de lo que un día fue amado y hoy no amamos: nuestros cuerpos ya tan desgastados por el roce de lo cotidiano, las palabras ajadas que sabremos que diremos, los deseos parcheados que el viento y la tormenta de la sangre ya no azotan. Tan natural era mi nombre entre tus labios (acéchame la espalda, disuelve mis desdichas, amanéceme de noche), tan luminoso tu nombre entre los míos (y mírame de frente, avienta mis cenizas, aclárame quién soy) y hoy secan nuestra boca y se atraviesan en nuestras gargantas. Amurallados en lo que ya fuimos antes de encontrarnos, sólo quedó el sordo desconcierto o acaso sólo fue la indiferencia. Y traicionamos nuestro estatuto de seres únicos e irrevocables para el otro, por ser al fin no más que otra cosa entre las cosas. Pero cómo culparnos de elegir la derrota o el infierno.

Vivimos y al vivir vamos abriendo cientos de caminos que antes o después quedan cubiertos de maleza; pero avanzamos de tal forma que no sabemos si habremos de volver a la senda aciaga o si nos quedará vedada para siempre aquella que conduce al cuerpo amado, a nuestro hogar. Vivimos y al vivir tejemos y nos tejen en el tapiz que constituye nuestra historia, sin saber (o sin querer saberlo) que sólo es el relato de un idiota lleno de estruendo y furia y sin sentido. Vivimos y al vivir pasamos como el río de Heráclito; un río que persevera entre los claros días y las oscuras noches, jugando un ajedrez cada vez más intrincado y caudaloso, pero también más lento y fatigado, ya casi lago dulce o mar salado antes del fin de la partida. Y entonces todo pasa, nada vuelve, todo acaba, nada queda. O así nos engañamos. Porque en verdad sabemos, amor mío, que nada nunca acaba del todo, como nada está afianzado nunca. Nada de lo que pasó ha pasado enteramente y nada de lo que hoy está pasando pasará del todo. Pero a ese carácter virtual y provisorio no acabamos de adaptarnos. La noche de ayer es hoy la prueba. Sólo sentimos que todo es cada vez más tenue, más pálido y más leve -todo tan suelto aleteando en el espacio-, hasta que comprendemos que podemos dejarlo todo al fin al lado, incluso el propio nombre y el ajeno, como un juguete roto. Y también sabemos (y es un saber que hemos adquirido al precio de la vida) que todo es mudable y recusable y puede darse por mentira o por engaño; y aquello que quemaba en la garganta y que fue dicho con el corazón (que es algo que palpita a setenta pulsaciones por minuto): acéchame la espalda, disuelve mis desdichas, amanéceme de noche y mírame de frente, avienta mis cenizas, aclárame quién soy hoy sólo es letra muerta y entrañas profanadas, testamentos traicionados y discurso del polvo. Sabemos y sabemos. Qué poca eternidad cobijan las promesas.

jueves, 5 de junio de 2008

martes, 3 de junio de 2008

lunes, 2 de junio de 2008

Credo (para días difíciles)

Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro.

E.M. Cioran, Silogismos de la amargura.

domingo, 1 de junio de 2008

Una manta

Es casi de mañana y lo ha despertado el frío. Todavía en la duermevela, comprende que le bastaría levantarse de la cama un momento, coger una manta para atajar el frío y volver, protegido, al sueño. Demasiado esfuerzo. Se limita a ovillarse y, sin abrir los ojos, se ampara al calor que emana de su propio cuerpo. Casi llega a alcanzar los senderos del sueño; pero no lo logra. Todavía hostigado por un frío que no cesa, se revuelve en la cama procurando enredarse a tientas entre las tenues sábanas. Pero es también inútil. Después de adormilarse y despertarse varias veces, decide al fin -airado y desvelado- levantarse por su manta; pero al volver a la cama se encuentra ya sin ganas de dormir. Demasiado tiempo de batalla con el frío para conciliar el sueño.

Me cuentas, P., que te sientes desdichada, que llevas meses pensando en dejar tu trabajo y a tu novio; pero no te ves capaz de dar el paso. Es un círculo vicioso, me escribes. Y me pides consejo. Y yo sólo acierto, amiga, a contarte lo que he escrito arriba. No está en mis manos -ni en manos de nadie- procurarte esa manta. Sólo de ti depende contravenir los designios del frío.

viernes, 23 de mayo de 2008

Envidia de los dioses

Ante el fulgor de lo que nace y muere, oh mortales, ¿quién querría celebrar lo perdurable?

Raíces

Resguardaste tus vacilaciones del ladrón de la paciencia y no olvidaste mantener bien arriagado el ardor de sus cipreses. Firmes y erguidos perserveran en la maduración de tus incertidumbres, esperando la lluvia en que florecen las verdades.

Venero

Conviértete en el predador de tus epifanías, cuidándote de no agotar su fuente postrimera.

jueves, 22 de mayo de 2008

Humanidades e inhumanidad (Prólogo)

¿Bajo qué supuestos se fundaron las facultades de Literatura? Con esa pregunta comienza "La formación de nuestros caballeros", un artículo de George Steiner escrito en 1965 y publicado en Lenguaje y silencio . Pero subyace en el planteamiento de Steiner una pregunta más amplia: ¿En qué supuestos se sostiene la pertinencia de la enseñanza y el estudio de las disciplinas humanísticas? Al final del artículo encontramos otra, aun más apremiante: ¿Merece la pena la enseñanza y el estudio de la literatura y las humanidades?

Las respuestas de Steiner a estas preguntas son a un tiempo esclarecedoras y provisorias.

El primer supuesto que hace siquiera posible la filología es la familiaridad con la cultura clásica. Hablo de familiaridad en el sentido histórico de continuidad: somos los herederos encargados de su transmisión. Pero también en un sentido profundamente carnal; no somos albaceas casuales de ese legado: somos hijos de la cultura clásica. Nos vincula a ella una filiación y un compromiso de sangre. Sólo en este sentido se hace justicia a la etimología de la palabra filología: estamos ligados a la palabra de los clásicos por un vínculo de amor familiar.

No es así extraño que, para los grandes filólogos decimonónicos:

El estudio crítico, textual, histórico de la literatura griega y latina no sólo suministró antecedentes y justificaciones para un estudio similar de las lenguas vulgares: también proveyó de las bases para la implantación de esos estudios. (...) La idea de que un individuo pudiera estudiar o editar honradamente un texto sin tener una formación clásica habría parecido algo reprobable o inverosímil.

El segundo supuesto en que se sustenta la enseñanza y el estudio de las humanidades es su religación con el nacionalismo.

Como lo proclamaban francamente Herder, los hermanos Grimm y toda la dinastía de profesores y críticos alemanes, el estudio del propio pasado literario resultaba vital para afirmar la identidad nacional. Taine y los positivistas históricos añadieron a esta opinión la teoría de que el genio racial específico de un pueblo, de nuestro propio pueblo, se conoce mediante el estudio de su literatura.

De nuevo el concepto de familiaridad: la única forma de conocer nuestro yo personal (indisoluble de nuestro yo social) pasa por recuperar fielmente la herencia del pasado: sólo podemos acceder a las fuentes de nuestro yo remontando el curso de la sangre. Es el estudio de la historia de la literatura lo que hace inteligible nuestra identidad.

El tercer supuesto. En la trasmisión de las humanidades:

yace una especie de optimismo racional y moral. En sus métodos filológicos e históricos el estudio de la literatura refleja una enorme esperanza, un positivismo grande, un ideal de parecerse a la ciencia (...) Se suponía que el estudio de la literatura implicaba casi necesariamente una fuerza moral. Parecía evidente que no sólo habría de enriquecer el gusto o el estilo sino también la sensibilidad moral; que cultivaría la facultad de juicio y actuaría contra la barbarie. (...) Henry Sidgwick (...) ve en la literatura -creo que ésta es la frase clave- "el origen de una cultura verdaderamente humanizadora". Y esta gran ambición se prolonga desde la idea de Mathew Arnold de la poesía como sustitutivo del dogma religioso hasta la definición del doctor Leavis del estudio de la literatura (...) como "humanidad básica".

Se cierra el círculo de la familiaridad. El estudio de la literatura y las humanidades obra con el yo como un padre con su hijo: disciplina y reconduce nuestros instintos bajo los imperativos de la razón y la religación con los otros. La música, según el adagio tradicional, amansa a las fieras. El cultivo de las letras hará posible el mito utópico de la Edad de Oro, en el que las fieras trocarán rapacidad por fraternidad. El concepto de paternidad implica necesariamente el de hermandad. Las humanidades nos hermanan con todos aquellos que han sido educados por ellas: nos hacen humanos en cuanto reconocemos al otro como semejante y hermano.

Como he intentado demostrar, estos tres supuestos constituyen una poética de la familiaridad. Hijos de la cultura clásica, el cultivo de su tradición literaria (la religación con el ayer y el mañana) nos hace accesible nuestro yo más profundo, nos revela que ese yo está necesariamente vinculado con el pasado, que está firmemente hermanado en el presente y que, si somos fieles a nuestra herencia ancestral, dejará un legado de perfectibilidad progresiva para el futuro.

Sin embargo, Steiner se pregunta:

¿Son válidos aún estos supuestos -la formación clásica, la conciencia nacional, la esperanza racional moralizante?-, esas costumbres y tradiciones de la sensibilidad?

Sus respuestas a esta pregunta van demoliendo sistemáticamente los cimientos de la ciudad utópica que ha proyectado el humanismo clásico.

En lo que respecta a los clásicos nuestra situación ha cambiado radicalmente. (...) Las referencias clásicas [en la época del Renacimiento y el Neoclasicismo] le eran en gran parte conocidos a una gran parte de la audiencia (...) eran parte reconocible para cualquiera que hubiera tenido un poco de educación elemental (...) ¿Pero hoy? (...) El asunto no es trivial. A medida que aumentan las notas al pie, a medida que los glosarios se hacen más elementales (...) la poesía pierde su impacto directo. Se desplaza de un foco de visión inmediato a un territorio de conocimientos especializados. (...) El mundo de la mitología clásica, de la referencia histórica, de la alusión a las Escrituras, en que se basa lo esencial de la literatura (...), se aleja cada vez más de nuestro alcance natural.

Nos hemos convertido en el heredero necio e indolente que dilapida la cuantiosa herencia familiar. Somos traidores de nuestro legado, huérfanos voluntarios de la pasada grandeza. La cadena familiar, nuestro vínculo de sangre con los clásicos, se ha roto.

Tomemos el segundo supuesto, la visión de gloria y esperanza del genio nacional. De sueño decimonónico que fuera, el nacionalismo se ha convertido hoy en una pesadilla. Con dos guerras mundiales casi ha aniquilado la cultura de occidente. Es muy posible que acabe por llevarnos a nuestra destrucción, como ratas enloquecidas.

En este caso, se trata de una traición sincrónica, dialéctica, a la familiaridad. Los alemanes son hermanos de los franceses, los italianos, los españoles; pero sabemos que el mito de la hermandad –particularmente en la tradición judaica- es trágicamente agónico. El mito de la sangre deviene en mito sangriento. Así ha sido desde la fuente remota e inagotable del Antiguo Testamento. Siempre hay un hermano elegido: el verdadero continuador de la dinastía, cuya singularidad declara imperfecta la herencia de los hermanos, a los que con aterradora frecuencia hay que destruir.

Como las flores del mal que con su belleza disimulan su carga de veneno, como las serpientes que con su cascabeleo embrujan a la víctima que acechan, las políticas culturales nacionalistas han demostrado cumplidamente que el primer adjetivo es un engañoso adorno que hermosea la afilada hoja asesina del segundo. El humanismo tribal fue el delicado velo que ocultaba y embellecía el monstruoso rostro del nacionalismo caníbal y segregador. Aún lo es hoy.

¿Qué hacer?

No digo que debamos abandonar nuestra herencia clásica; no podemos hacerlo. Pero me pregunto si no debemos aceptar su supervivencia limitada y dificultosa en nuestra cultura, y si esa aceptación no debe llevarnos a preguntar si existen otras coordenadas culturales que afecten con más apremio el entorno actual de nuestra vida, la manera como pensamos y como sentimos y como tratamos de encontrar el camino. Esto es, muy sencillamente, una petición en favor de los estudios comparativos modernos.

Es el abandono de la cueva de la sangre, la diáspora -siguiendo el dictado del daimon judaico- en busca del espíritu.

Puede que Monsieur Etiemble, en París, tenga razón cuando dice que la familiaridad con una novela china o con un poema persa es casi indispensable para la cultura literaria contemporánea. Ignorar a Melville o a Rimbaud, a Dostoievski o a Kafka, no haber leído a Thomas Mann o El doctor Zivago de Pasternak es una descalificación tan grave dentro de la idea de cultura viva que debemos preguntar, ya que no contestar, la pregunta de si el estudio detenido de una sola literatura tiene algún sentido.

Nuestro espíritu, nuestro nuevo hogar deben ser políglotas.

Para la supervivencia actual de la sensibilidad, ¿no resulta tan importante conocer a fondo otro idioma vivo como lo era conocer a fondo los clásicos y las Escrituras? (...) El señor Etiemble alega que las sensibilidad de Europa occidental y de los países anglosajones, la manera como en occidente pensamos y sentimos e imaginamos el mundo actual, seguirá siendo en gran parte artificial y peligrosamente obsoleta si no nos esforzamos por aprender un idioma importante fuera de nuestro ámbito -por ejemplo, el ruso, el hindú o el chino.

Es el definitivo mentís a la idea del humanismo nacionalista. En la cultura, como en política, el chovinismo y el aislamiento son opciones suicidas. Y no sólo el aislamiento de otras culturas humanísticas, también de la cultura científica. Es imprescindible el retorno del uomo universale.

El estudiante de literatura puede acceder hoy, y puede ejercer en él su responsabilidad, a un terreno riquísimo, a mitad de camino entre las ciencias y las artes, un terreno que limita por igual con la poesía, la sociología, la psicología, la lógica e incluso las matemáticas. Me refiero al campo de la lingüística y de la teoría de la comunicación (...): cuestiones que van al corazón mismo de de nuestras preocupaciones poéticas y críticas.

Steiner parece confiar en que sólo el universalismo del saber calmará la tempestad de sangre a que nos aboca el enajenado aislamiento, hostil a las "contaminaciones", de las tradiciones culturales nacionalistas. Hoy, aunque nos empeñenos, nada humano puede sernos ajeno. Fatalmente, habitamos la aldea global. La tempestad, sin embargo, no ha arreciado. Hemos salido de la tribu; seguimos manchados de sangre.

He eludido responder a la última pregunta que plantea Steiner. Ha sido formulada retóricamente demasiadas veces. Hoy debemos atrevernos a formularla con toda seriedad. ¿Es posible seguir manteniendo la interesada ficción de que las humanidades “humanizan”? Se teme que la posibilidad de no hallar una respuesta enteramente positiva es, sencillamente, demasiado monstruosa. Sostengo que no es así. Ante estas preguntas, es cierto, las respuestas salen siempre derrotadas. Pero por provisionales, por precarias y frágiles que sean, necesitamos -hoy más que nunca- esas respuestas.

Humanidades e inhumanidad (Diálogo)

Si la relación de los estudios y la conciencia literarios con el conjunto de los conocimientos y medios expresivos de nuestra sociedad se ha alterado radicalmente, otro tanto, con seguridad, le ha acontecido al confiado vínculo que unía la literatura con los valores de la civilización. Este es, me parece, el punto clave. El hecho, sencillo pero desconsolador, es que tenemos muy pocas pruebas de que los estudios literarios hagan mayor cosa por enriquecer o estabilizar las cualidades morales, de que humanicen. No hay demostración alguna de que los estudios literarios hagan, efectivamente, más humano a un hombre. Y algo peor: ciertos indicios señalan todo lo contrario.

El ídolo ha sido definitivamente profanado. No hay ya fe en las virtudes "humanizadoras" del arte. No es, de hecho, difícil encontrar pruebas históricas y psicológicas que justifican el descreimiento.

Cuando la barbarie llegó a la Europa del siglo XX, en más de una universidad la Facultad de Filosofía y Letras opuso muy poca resistencia moral, y no se trató de un incidente trivial y aislado. En un número inquietante de casos la imaginación literaria dio una bienvenida servil o extática a la animalidad política. En ocasiones, esa animalidad fue apoyada y cultivada por individuos educados en la cultura del humanismo tradicional. El conocimiento de Goethe, el fervor por la poesía de Rilke no servían para contener la crueldad personal e institucionalizada. Los valores literarios y la inhumanidad más detestable pueden coexistir dentro de la misma comunidad, dentro de la misma sensibilidad individual, y no nos salgamos por la tangente diciendo: "el hombre que hizo esas cosas decía que leía a Rilke. Pero no lo leía bien". Me temo que se trata de una evasión. Podía leerlo perfectamente.


Fiel a sus fidelidades, Steiner tiende a considerar una singularidad histórica la cultura del Tercer Reich, que culminaría en la Shoah. Esa presunta singularidad es, sin embargo, lugar común. La incapacidad “civilizatoria” del gran arte es tanto más evidente cuanto que se ha manifestado una y otra vez a lo largo de toda la historia. Pensemos precisamente en el Renacimiento, época de apoteosis del arte y del hombre, época donde el arte supremo se consideró la manifestación más elevada de la divinidad del ser humano.

En Italia, durante 30 años de dominación de los Borgia, hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad y quinientos años de democracia y paz ¿Y qué nos ofrecieron? El reloj de cuco.


Las relaciones entre la democracia, entre los ideales de libertad, igualdad y fraternidad y la eminencia estética, como sugiere Welles en El tercer hombre -y el propio Steiner en casi todas sus obras- son, de hecho, incómodamente problemáticas. Pero es un tema que analizaré en otro artículo. Quiero centrarme ahora en esta pregunta. ¿Por qué la sensibilidad artística es con tanta frecuencia ensimismada, hermética, antisocial? Incluiré dos largas citas de Steiner, tomadas de varios artículos. La clarividencia, la terrible lucidez de la argumentación disculpan la extensión y hacen superfluo cualquier comentario:

A diferencia de Matthew Arnold y del doctor Leavis, me siento incapaz de afirmar con seguridad que las humanidades humanizan. De hecho, quisiera ir más allá: se puede pensar al menos que la concentración de la conciencia en un texto escrito que constituye la sustancia de nuestros conocimientos y de nuestros esfuerzos, pueda amortiguar la brusquedad y prontitud de nuestras reacciones morales efectivas. Como estamos preparados para dar credibilidad psicológica o moral a lo imaginario, al personaje de teatro o de novela, a la condición espiritual que nos produce un poema, es posible que nos resulte más difícil identificarnos con el mundo real, tomar a pecho el mundo de la experiencia fáctica; "a pecho" es una expresión interesante.

En cualquier ser humano la capacidad de reflejo imaginativo, de riesgos morales no es ilimitada; al contrario, puede ser absorbida por las ficciones, y así el grito del poema podrá resonar con más violencia, con más urgencia que el grito que nos llega de la calle. La muerte novelística nos podrá conmover más poderosamente que la muerte en el cuarto de al lado. Así, puede existir un vínculo oculto, traicionero, entre el cultivo de la reacción estética y el potencial de inhumanidad personal.

La influencia de lo imaginario, de las "ficciones supremas", como dice Wallace Stevens, sobre la conciencia humana es hipnótica. Lo imaginario, la abstracción conceptualizada puede invadir la morada de nuestra sensibilidad hasta el punto de obsesionarla.

Después de haber pasado horas, días, semanas leyendo, aprendiendo de memoria explicando, a nosotros mismos o a otros, una oda trascendente de Horacio, un canto del Inferno, los actos tercero y cuarto del Rey Lear, las páginas sobre la muerte de Bergotte en la novela de Proust, volvemos a nuestro estrecho universo doméstico. Pero seguimos poseídos. En la calle, un grito lejano. Apenas lo oímos. Atestigua un desorden, una realidad contingente, vulgarmente transitoria, sin ninguna relación con nuestra conciencia de poseídos. ¿Qué es ese grito en la calle en comparación con el grito de Lear por Cordelia, o el que lanza un Acab a su demonio blanco?

En un mundo de monotonía aseptizada, precondicionada, miles, centenares de miles de seres humanos mueren cada día en nuestras pantallas de televisión. La destrucción de unas remotas estatuas por fanáticos afganos enfurecidos, la mutilación de una obra maestra en un museo nos llegan a lo más hondo del alma.

El sabio, el verdadero lector, el que hace libros está saturado de la terrible intensidad de la ficción, está formado para responder al más alto grado de identificación con lo textual, con lo ficticio. Esta formación, esta manera de centrarse en las antenas nerviosas y en los órganos de la empatía -cuyo alcance nunca es ilimitado-, puede mutilarlo, aislarlo de lo que Freud llamaba el "principio de la realidad".

Es en este sentido paradójico como el culto y la práctica de las humanidades, del bibliófago y del sabio pueden perfectamente deshumanizar. Debido a ellas, nos es quizá más difícil responder activamente a las intensas realidades de las circunstancias políticas y sociales, comprometernos plenamente. ¿Qué estamos haciendo entonces al estudiar y enseñar literatura?


¿Debe edificar el intelectual en torno a sí una torre de marfil impermeable a la sangre? ¿Sería esterilizado su talento al confrontarse diariamente con las miserias del mundo, semejante al hierro que se oxida al contacto con el aire? O, hipótesis aun más perturbadora: ¿necesita el intelectual -presuntamente alejado del "corazón salvaje de la vida" (Joyce)- las heridas propias (y las ajenas) para edificar sus "ficciones supremas"? Ningún artista, ningún transmisor del legado artístico debería rehuir la pregunta: el arte ¿anestesia nuestra humanidad o la multiplica? Con esta pregunta comenzamos un camino hecho de riesgo y esperanza.

Antes de seguir enseñando debemos preguntarnos: ¿son humanas las humanidades? y si lo son ¿por qué se esfumaron al caer las tinieblas? (...) Creo que la gran literatura está llena de la gracia secular que el hombre ha obtenido en su experiencia y con gran parte de la verdad comprobada de que dispone. Pero más que nunca debo atender escrupulosamente a quienes refutan, a quienes ponen en duda la pertinencia de mis palabras. En suma, a cada instante debo estar listo para contestarles, y a contestarme a mí mismo, la pregunta: ¿Qué quiero hacer? ¿En qué se ha fracasado? ¿Existe siquiera la posibilidad de triunfo?

Si no hacemos que nuestros estudios humanistas sean responsables, si no distinguimos en nuestra distribución del tiempo y el interés entre lo que tiene primordialmente una significación histórica o particular y lo que no es sino influjo de la vida cotidiana, entonces las ciencias harán valer sus demandas. La ciencia puede ser neutral. En esto consiste tanto su esplendor como su limitación, y es una limitación que en última instancia convierte a la ciencia en algo casi "trivial". La ciencia no puede ponerse a decirnos cómo se implantó la barbarie en la moderna condición humana. No puede enseñarnos a salvar las cosas que nos importan por más que haya contribuido a ponerlas en peligro. Un gran descubrimiento en física o en bioquímica puede ser neutral. Un humanismo neutral es una pedantería o un preludio de lo inhumano.

Enseñar literatura como si se tratara de un oficio superficial, un programa profesional, es peor que enseñarla mal (...) Como dijo Kierkegaard: "No vale la pena recordar un pasado que no puede convertirse en presente".

Es un asunto de seriedad y de equilibrio emocional la convicción de que la enseñanza de la literatura, en el caso de que sea posible, es un oficio sumamente complejo y peligroso, puesto que se sabe que se tiene entre las manos lo que hay de más vivo en otro ser humano.

Leer la gran literatura como si ésta no fuera un apremio, ser capaz de contemplar impertérritos el discurrir del día tras haber leído el Canto LXXXI de Pound, equivale más o menos a hacer fichas para el catálogo de una biblioteca. A los veinte años, Kafka escribía en una carta: "Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos más felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero lo que debemos tener son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro".

(Dejemos ahora que Harold Bloom concluya, bellamente)

En definitiva leemos –algo en lo que concuerdan Bacon, Johnson y Emerson- para fortalecer nuestra personalidad y averiguar cuáles son sus auténticos intereses. Este proceso de maduración y aprendizaje nos hace sentir placer, y ello es la causa de que los moralistas sociales, de Platón a nuestros actuales puritanos de campus universitario, siempre hayan reprobado los valores estéticos. Sin duda, los placeres de la lectura son más egoístas que sociales. No se puede mejorar de forma directa la vida de nadie leyendo mejor o más profundamente. No puedo por menos que sentirme escéptico ante la tradicional esperanza de la sociedad, que da por sentado que el crecimiento de la imaginación individual ha de conllevar inevitablemente una mayor preocupación por los demás, y pongo en cuarentena toda argumentación que relacione los placeres de la lectura personal con el bien común. (...) Con frecuencia, aunque no siempre nos demos cuenta, leemos en busca de una mente más original que la nuestra. (...) Hago un llamamiento a que descubramos aquello que nos es realmente cercano y podemos utilizar para sopesar y reflexionar. A leer profundamente, ni para creer, ni para contradecir, sino para aprender a participar de esa naturaleza única que escribe y lee (...), la única trascendencia que nos es posible alcanzar en esta vida, si se exceptúa la trascendencia todavía más precaria de lo que llamamos «enamorarse».

Humanidades e inhumanidad (Epílogo)

El arte es un castillo de pureza cuyo acceso nunca nos ha sido vedado; tan sólo habíamos confundido los muros con sus puertas. Lo hemos hostigado con esperanzas que no puede cumplir. No nos hace más compasivos, más “humanos”: enriquece, afina nuestra sensibilidad, sea ésta dócil o depredadora, oscura o luminosa. Tampoco nos evade del mundo, nos hace vivirlo sin disociación, bajo la especie de la eternidad. Al amparo de su luz, aquello que es el mundo y lo que somos brilla. Los presuntamente bienintencionados apologistas del arte como motor del cambio histórico anulan su verdadera función, su único sentido: hacer de la mera supervivencia verdadera vida. Cuando nos sentimos más seguros ocurre algo, una puesta de sol, el final de un canto de Eurípides, y otra vez estamos perdidos. Repetir agredecidos un poema de René Char, un hexámetro de Virgilio; bailar con el cuerpo o con el pensamiento una suite de Bach, un lied de Schubert; conservar en la memoria de la mirada un bodegón de Caravaggio, una ventana de Vermeer y ver el mundo así, con los transfigurados ojos; o tal vez cerrarlos soberanamente, acompasándolos al ritmo del ya nunca fatigado mundo, sin dejar de sentir la presencia intolerable del Partenón -corona de la Acrópolis-, de la pirámide que impone el orden entre los desiertos, del esclavo huyendo de la piedra muda o el David que en ella encarna a resguardo del avaro tiempo.

Pienso ahora en un grabado de Picasso:


Ante el Minotauro: el terror del caballo; la cobardía del hombre; la piedad medrosa y la perversa complacencia de las mujeres, en su torre; la indiferencia, ante lo que acontece en tierra, del pájaro que habita el aire. Y sin embargo, la niña que no teme. Sus flores y su luminaria. La vela que iluminará la voluntad y los anhelos de los hombres y aventará lo oscuro a los rincones. No para mostrarnos o mostrar a otros un camino noble: tan sólo iluminando lo que somos. También el minotauro tiene miedo y palpa el aire. También somos el minotauro y el caballo. También somos el hombre y las mujeres y los pájaros. A la luz que proporciona el arte comprendemos -y todos los mortales cometemos el error de distinguir tajantemente- que somos uno con la oscuridad que nos acecha, y junto a ella fuimos conformados en un mismo polvo. Allí donde el peligro impera, crece lo que nos salva -o acaso no nos salva-. El arte nos provee de una luz y de un escudo y de una lanza. Escudo y lanza que pondremos al servicio de esa luz que solamente fue encendida por nosotros y que a nosotros solos corresponde defender y mantener ardiendo hasta que el Minotauro, que es la oscuridad y que es la muerte y que es también nosotros y que tiene miedo, acabe consumiéndola al palpar el aire y atraparla, haciendo al fin que nuestro tiempo muera entre sus manos.




CODA

Novena sinfonía de Beethoven (interpretada por Wilhelm Furtwängler para el cumpleaños del Führer Adolf Hitler)




***


Toda la cultura después de Auschwitz, junto con la imperiosa crítica a él, es basura. (...) Quien aboga por la conservación de la andrajosa y culpable cultura se convierte en cómplice, mientras que quien la rechaza promueve directamente la barbarie que demostró ser la cultura. (...) Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie. (Theodor W. Adorno)


***


FUGA DE LA MUERTE

(Paul Celan, después de Auschwitz)


Negra leche del alba la bebemos al atardecer

la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche bebemos y bebemos

cavamos una tumba en el aire no se yace allí estrecho

Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe

escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete

lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines

silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra

ordena tocad para la danza

Negra leche del alba te bebemos de noche

te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer bebemos y bebemos

Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe

escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete

tus cabellos de ceniza Sulamita cavamos una tumba en el aire no se yace allí estrecho

Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad

empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules

cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la danza

Negra leche del alba te bebemos de noche

te bebemos al mediodía y la mañana y al atardecer bebemos y bebemos

un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete

tus cabellos de ceniza Sulamita él juega con las serpientes

Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro de Alemania

grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como humo en el aire

y tendréis una tumba en las nubes no se yace allí estrecho

Negra leche del alba te bebemos de noche

te bebemos a mediodía la muerte es un maestro de Alemania

te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos

la muerte es un maestro de Alemania sus ojos son azules

te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere

un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete

azuza contra nosotros sus mastines nos sepulta en el aire

juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro de Alemania

tus cabellos de oro Margarete

tus cabellos de ceniza Sulamita.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Retórica (autorretrato)

Oxímoron de la pena. Epíteto de la dicha. Sinécdoque de la eternidad.

Felicidad

La felicidad es un garbanzo duro en la boca de un viejo hambriento y desdentado.

Experiencia

La mirada de la experiencia está velada por las turbias cataratas de la desilusión.

Lírica

Lo puramente lírico nos arroja a una soledad desconcertante y multitudinaria.

Pájaro

Los vientos te enseñaron a sortear la jaula de los policías del caos y del orden. Que el pájaro que alza el vuelo sea el valedor de tus insumisiones.

Circo

Para que el esclavo sea devorado por la fiera, para que los gladiadores saluden a la muerte por la espada, no basta la existencia del emperador. Mirad los fervorosos graderíos. Mirad la indiferencia ciudadana. Mirad la mansedumbre de la arena.

martes, 20 de mayo de 2008

Ancestro

Tuvo que esperar cientos de siglos a que desenterraran su paciente esqueleto, para sentirse por primera vez acariciado, admirado en su rareza. Encerrada en la vitrina de un museo, su truncada dentadura me sonríe con inquietante complicidad.

¿Quijotismo o darwinismo?

Habiendo constatado que su sedienta ambición no la calmaban las arduas conquistas en los campos de batalla ni las ardorosas victorias en el lecho de las vírgenes, desestimados por insípidos los laureles de la gloria y los fastos del poder, vino a alumbrar la más extraña aspiración que engendrara hombre alguno: las asombradas muchedumbres saludarían a su paso al primero de una estirpe sin ancestros, al patriarca inopinado de una vasta progenie: el primitivo hombre virtual.

lunes, 19 de mayo de 2008

Fruto

Vive y ama con el brío del relámpago de savia que hace madurar el fruto. Caerás tan sólo cuando el árbol -rúbrica del orden del mundo- no pueda sostener el esplendor del trueno.

Savia

Cobija el relámpago del agradecimiento y el trueno del dolor. En ellos hallarás la lágrima que resquebraja el corazón de escarcha del invierno.

domingo, 18 de mayo de 2008

Amigos

Ha muerto la mujer de mi mejor amigo. Lo acompaño al entierro y allí, en el crematorio, nos asalta un olor a despedida y a ceniza. En silencio, frente a frente, sin miradas de reproche, compartimos el último perfume de la mujer que amamos más que a nuestra propia vida.