lunes, 16 de junio de 2008

Oleaje (tema)

Tú y yo entrelazados. La vida pone mares de por medio ante la muerte.

domingo, 15 de junio de 2008

También te irás

No conoce el dolor quien no anticipa una tumba ante la que negará las verdades de la aurora.

Cicatrices

Desnudo, contemplas tus cicatrices, las firmas falsificadas con las que rubricaron tu dolor. No te consientas el gesto de cubrirlas o acariciarlas.

Pathos

viernes, 13 de junio de 2008

Motivos

Las universidades desprecian a los sabios, las iglesias destruyen a los santos, las mujeres persiguen a los sementales. He ahí los motivos por los que soy un necio perverso e impotente.

Plata

Melancólico, orfebre de la pérdida, trenzas tu jaula con la plata incorruptible de la muerte.

Latido

El corazón del mundo late, soberano, en el pecho donde el lenguaje alborea.

jueves, 12 de junio de 2008

Muerte

La muerte es el único crimen que no prescribe.

Vida

La vida es el único crimen en el que no podemos reincidir.

Piedra

La vida es la única piedra en la que el mismo hombre no puede tropezar dos veces.

Dolor

El dolor es la medida de todas las distancias.

Piratería

Aforista, indolente pirata de experiencias.

Literatura

La literatura es la forma más ineficiente de ganarse la vida mintiendo.

Refranero

Dime con quién no te acuestas y te diré lo que no tienes.

Temperamento

Con su temperamento veleidoso, atraía a las desconocidas y ahuyentaba a las conocidas. Habitaba, sin saberlo, el paraíso.

miércoles, 11 de junio de 2008

Guerra y paz

Mirad a los amantes desnudos y agotados, frente a frente. Con las armas depuestas, se han dado por vencidos y por vencedores mutuamente.

Nomadismo

Hastiado nómada de los cuerpos, tus allanamientos nocturnos constituyen el único crimen en el que nunca reincides.

La seducción

Seducir es el arte de encarnar los deseos del otro, la infidelidad a lo que somos en favor de quienes somos.

Jano

A veces, el hombre que era rebajaba al artista. Otras, era el artista el que traicionaba al hombre. Consiguió, en un solo texto, que uno y otro se miraran frente a frente. Su epitafio.

Magritte


Mi epitafio dirá: Ceci n'est pas une tombe.

Olímpico

Intelecto inquieto, sexualidad apática; sexualidad inquieta, intelecto apático. He ahí las mutiladas sendas por las que os arrastráis los tullidos mortales.

Eva

En los tiempos oscuros, cuando el fuego no era más que un animal esquivo que mordía al rozarlo, ella alentaba la llama secreta en los cuerpos furtivos que acogía su abrazo. Tu antepasada.

martes, 10 de junio de 2008

Ruego

Conviven en mí dos hombres: el que está enfermo de los demás y el que tú abrazas. No me sueltes.

Beatus ille

Imposible amarse a uno mismo cuando se está rodeado de gente a la que se desprecia.

Chequeo

Diagnóstico: enamorado. Terapia: convivencia.

Excusa

Amar es la mejor excusa -acaso la única excusa- para malograr la vida.

(Concedámosle, al menos, ese mérito)

La costilla de Adán (11). La mujer intelectual

lunes, 9 de junio de 2008

Aliento

Tus manos ávidas de inmediatez ahogan el presente. Cada aliento robado te acerca a convertirte en huérfano del porvenir.

Oteadores

[Para Elena, la más conmovedora (y certera) definición de artista que he leído nunca. La escribió Félix de Azúa en su Diccionario de las artes.]

Para explicar (aproximadamente) lo que es un artista, debo recurrir a la fábula. Me avergüenza hacerlo porque es un método poco científico muy utilizado por ese enemigo de la democracia (según le califica Karl Popper) que era Platón cuando se veía obligado a explicar cosas que ni él mismo se explicaba. Me excuso, pues, de imitar a Platón, pero no todo el mundo puede ser Karl Popper.

En las muchas memorias y abundantes libros de recuerdos que han ido editando los judíos que sobrevivieron al Holocausto hay una figura que aparece con frecuencia y cuya actividad posee un interés muy especial. Cuentan los supervivientes que tras ser detenidos y agrupados por la policía política alemana y francesa, eran almacenados en trenes especiales cuyos vagones habían servido para transporte de ganado.

Hacinados como reses, sin espacio para sentarse, sin apenas aire para respirar, sin más agua que la lluvia que se filtraba por las grietas de la cubierta, millones de desdichados atravesaron Europa de Pau a Auschwitz, de Varsovia a Dachau, de Amsterdam a Büchenwald, durante semanas, camino del matadero. Antes de llegar, muchos murieron de sed, de hambre, de asfixia, de agotamiento, de enfermedad; los supervivientes acabaron el trayecto pegados a los cadáveres porque no había espacio para dejarlos reposar en el suelo.

Los vagones, que eran de puerta corredera, traían unos mínimos respiraderos en la parte superior, a un palmo del techo, y otros cuantos orificios en el suelo para evacuación de las heces. Por los respiraderos entraba la escasa luz que permitía a los infelices saber si era de día o de noche, y, aunque pueda parecer extraño, estos detalles cobraban para ellos una enorme importancia. Los respiraderos superiores estaban situados a unos dos metros y medio del suelo.

Muchos memorialistas coinciden en relatar cómo los presos de cada vagón elegían espontáneamente a una persona para alzarla hasta el respiradero con el fin de que fuera dando cuenta de lo que desde allí se divisaba. Solían escoger a alguien liviano, aunque despierto, de modo que pudiera ponerse de pie sobre algunos compañeros que con extraordinario esfuerzo le ofrecían sus riñones como tarima. El vagón entero se retorcía con dolorosa y agotadora contorsión para facilitar a los oteadores el acceso a la mirilla. Los presos necesitaban saber dónde estaban, adónde les conducían, qué tierras cruzaba el tren, qué gentes las habitaban. Para averiguarlo estaban dispuestos a los mayores sacrificios.

Pero no todos reaccionaban igual: cuentan también que unos pocos presos se mostraban escépticos y rehusaban colaborar. «¿Qué se me da a mí en dónde estemos, si me cabe la certeza de que voy camino del matadero?», decían crudamente. Ponían toda clase de inconvenientes en colaborar, y luego se negaban escuchar y aun hacían burla imitando a los oteadores. Pero incluso los más escépticos atendían disimuladamente cuando los oteadores sabían explicar lo que veían. Porque, como es natural, no todos los elegidos servían para la tarea y había que cambiarlos de vez en cuando. Incluso a menudo.

Las primeras veces que los oteadores se alzaban hasta la ventanilla, no tenían fuerzas para hablar. Llevaban quizás cuatro o cinco días a oscuras, asfixiados por el hedor, aplastados por sus compañeros, y de pronto se elevaban y veían la luz del sol, o de la luna, o un perro, o un río. Balbucían algunas palabras y luego se ahogaban en sollozos, o caían en un mutismo seco. Sus compañeros solían mostrarse comprensivos y les daban un tiempo para reponerse e intentarlo de nuevo. Algunos, con el aplomo que da la experiencia, iban adquiriendo cierto control sobre sí mismos. Otros no podían resistir la tensión y se negaban a seguir haciendo de oteadores pues, según decían, para soportar el horror es mejor no ver nada, y hacer como si sólo hubiera un mundo, el de los condenados a muerte.

También sucedía que ciertos vigías decepcionaban a los condenados porque sus relatos eran demasiado minuciosos, exactos y científicos. «Veo una estación de ferrocarril con dos puertas laterales y una central con trampilla de madera y herrajes de latón, seguramente atornillados; hay en el andén un hombre de uniforme de unos cincuenta y dos años de edad, con gafas de alambre y una pipa apagada. A la derecha hay un hangar de doce por quince...», decían estos malos vigías, y sus compañeros aceptaban la información pero los sustituían de inmediato por otros no tan rigurosos.

No decepcionaban menos los distraídos, aquellos que daban una visión dispersa, inconexa, improvisada, y sin orden ni concierto del panorama: ahora una nube en forma de Afrodita o una bandada de pájaros, luego una pareja de burgueses que parecen amarse, ¿o son dos soldados discutiendo?; también irritaban quienes lo interpretaban todo desde sus impresiones personales, como que a ellos les parecía demasiado verde una planta o muy sucio un leñador... Ni la ciencia ni la inocencia, ni la verdad objetiva ni la expresión subjetiva les eran de ninguna ayuda a los condenados.

Los oteadores más apreciados eran aquellos que referían con acierto la existencia de un mundo verdadero, libre de la tortura y del horror, un mundo luminoso pero atado al mundo de los condenados por signos indescifrables. «Algunas mujeres de este pueblo se han reunido a la estación, en el abrevadero público, y están allí apiñadas mirando nuestros vagones con disimulo. Veo que una de ellas, con un crío en los brazos, le señala nuestro vagón, justamente, así que voy a sacar la mano por la mirilla», decía, por ejemplo, uno de los oteadores más apreciado por los presos. Sus compañeros podían pensar entonces que aquella mujer con el niño vería la mano, o algunos dedos de la mano, agitándose desde la mirilla, y que quizás así la mujer se convencería de que había gente muriendo en los vagones. Gente con manos, indudablemente. Y guardaría memoria de ello y algún día lo contaría a sus nietos: «Yo vi a los judíos pasar por la estación del pueblo y uno de ellos me agitó la mano, como saludando, desde uno de los vagones». Así parecía redimirse una parte del dolor aunque sólo fuera de un modo muy ideal.

En los buenos relatos, los presos tenían la certeza de que algo circulaba de los unos a los otros, de los condenados a los libres, del mundo de la muerte al mundo de la vida. Un signo indescifrable, como el rayo que desciende del cielo ilumina la noche un instante, ponía en relación dos universos que se desconocían mutuamente. Y a los presos les era indiferente que de verdad el oteador hubiera sacado la mano o que la mujer la hubiera visto, pues lo esencial para ellos era sentirse partícipes del mundo de los vivos y pertenecientes al mismo, aunque sólo fuera por unos segundos.

El oteador de los vagones cargados de condenados era el único que tenía, no ya fe, sino constancia de la existencia de otro mundo en el que las leyes permitían vivir a la luz del sol. La vida de los condenados hacinados en el vagón era espantosa, pero si el mundo de los vivos era verosímil, entonces la vida del vagón se convertía en una ficción resultante del juego de otras leyes que condenaban a vivir en el horror, sin culpa alguna ni haber sido acusados de nada. Se mantenía ese modo la esperanza de que el horror tuviera un final.

Mientras el oteador era capaz de mantener la veracidad del relato, mientras lograba convencer a sus oyentes acerca de la realidad del mundo luminoso, entonces el mundo del horror permanecía como la otra ficción. La realidad del mundo luminoso y la realidad del mundo de la muerte se sostenían la una a la otra como ficciones mutuas, y nadie podía demostrar el triunfo de la una sobre la otra.

Sólo cuando las leyes del mundo de la muerte y las del mundo de la vida coinciden, sólo entonces la tarea del oteador carece de sentido y es inútil porque nadie le necesita. Pero cuando eso sucede, como en nuestros días posiblemente suceda, no sabemos si la indiferencia hacia oteadores, cronistas y vigías es el resultado de la victoria del mundo luminoso (es decir, del permanente desvelamiento de lo viviente) o el triunfo del escepticismo y la resignación de los condenados.

Debe prestarse atención al hecho de que ningún vigía consideró nunca su tarea como una opción personal y libre, movido por su genialidad. Sabían que su tarea no les pertenecía, sino que era el fruto de un pacto colectivo. El conjunto entero de presos, en el vagón, era la fuerza que soportaba al vigía, y el grupo entero era el que aceptaba o rechazaba sus observaciones. Las visiones y relatos no eran, por lo tanto, el fruto de su carácter o la expresión de su espíritu, sino una relación efímera e instantánea, un acuerdo compartido por unos cuantos, por muchos o por todos, sobre la verdad de lo que aparece en cada momento.

Blogs avant la lettre

Soy consciente de que hay muchos más; pero no quiero pecar de fatigoso. Me gustaría hablarles hoy de cuatro blogs avant la lettre. Los cuatro mezclan lo grave y lo ligero, los textos aforísticos con otros de más largo aliento. En todos hallarán secretos esplendores, que acaso fueron destinados a sus ojos. En ellos hallarán también la impronta personal, la voz intransferible sin la que sólo rara vez un libro (una persona) logra entusiasmarme.

· Aforismos de Lichtenberg.
· Libro del desasosiego de Fernando Pessoa.
· Juan de Mairena de Antonio Machado.
· Vendrán más años malos y nos harán más ciegos de Rafael Sánchez Ferlosio.
Estos cuatro autores han llenado de felicidad mis horas de lectura. Sus cuatro manos fueron guiadas por la intuición, la jubilosa estética de la pasión y del capricho. Confío en que sus ojos sean fieles a esas manos.